El éxito de Hamnet(
Maggie O’Farrell, 2021), con 200.000 ejemplares vendidos en España, y la repercusión de su reciente adaptación cinematográfica (Hamnet, 2025) parecen haber consolidado una tendencia que ya se venía observando en la novela histórica: ficciones que narran el pasado desde la perspectiva de personajes reales secundarios, olvidados o marginales, a menudo vinculados a grandes acontecimientos o figuras históricas.La propia O’Farrell repitió la estrategia en su siguiente novela, El retrato de casada (2023), donde reconstruye la vida de
Lucrecia de Medici, una figura apenas conocida de la Italia renacentista (tercera hija del gran duque
Cosme I de Medici), atrapada en una corte dominada por intrigas políticas y relaciones de poder. De nuevo, la autora desplaza el foco desde los grandes protagonistas hacia una voz periférica, explorando la intimidad de los personajes y recreando una etapa histórica como si se observara a través de la rendija de una habitación.Aún es pronto para saber si se trata de una moda pasajera o si acabará consolidándose como un subgénero más de la novela histórica, como ya ocurrió con el thriller histórico tras el éxito de El nombre de la rosa (
Umberto Eco, 1980) o con la biografía novelada a raíz de la enorme popularidad de Yo, Claudio (
Robert Graves, 1934) y Memorias de Adriano (
Marguerite Yourcenar, 1951).Sea como fuere, lo cierto es que en los próximos meses las librerías prometen llenarse de ficciones históricas protagonizadas por personajes reales olvidados o desconocidos: La hija (
Sergio del Molino), centrada en la pintora
Rosario Weiss Zorrilla, ahijada y discípula de
Goya, con quien compartió los últimos años de su vida; La hija del Fénix (
Fernando Bonete), protagonizada por la religiosa y escritora
Marcela de San Félix, hija de
Lope de Vega; El nombre en el muro (Hervé Le Tellier), que ofrece una visión de la Resistencia francesa a través de André Chaix, un joven militante que murió en 1944 durante un ataque alemán; o Con nadie (Lorenzo Silva), centrada en el militar africanista Miguel Campins, ejecutado al comienzo de la Guerra Civil por orden del general Queipo de Llano.Antecedentes de una mirada lateralLos orígenes de esta tendencia hay que buscarlos en dos antecedentes principales. El más evidente es la tradición de la novela biográfica. Estas nuevas narraciones no dejan de ser esquejes de un tipo de obra que se popularizó a partir de los éxitos de Graves y Yourcenar, y que tuvo en un autor hoy algo pasado de moda, pero muy popular en su época, el norteamericano Irving Stone, a uno de sus grandes referentes, especialmente, por sus biografías adaptadas por Hollywood: El loco del pelo rojo (1956) y El tormento y el éxtasis (1965).Kirk Douglas protagonizó 'El loco del pelo rojo'TercerosEl otro antecedente es de carácter más conceptual. La idea de dar voz a personajes secundarios o marginales entronca con el concepto de “historia desde abajo”, impulsado por E. P. Thompson desde los años sesenta, así como con la microhistoria, desarrollada con fuerza a partir de los años setenta y ochenta como reacción frente a las grandes narrativas estructurales y totalizadoras de la historiografía precedente. Ambas corrientes comparten la voluntad de desplazar la mirada desde los grandes protagonistas y acontecimientos históricos hacia sujetos anónimos y experiencias cotidianas.A ello se suma la influencia de los estudios culturales, en particular, de la historiografía feminista, que ha desempeñado un papel decisivo en la recuperación de voces tradicionalmente marginadas. Al cuestionar los relatos centrados en figuras masculinas vinculadas a las esferas de poder y protagonistas de grandes gestas, ha puesto el foco en otro tipo de narrativas que exploran los márgenes, lo doméstico y lo íntimo como espacios tradicionalmente femeninos e históricamente relevantes.Estas corrientes historiográficas se filtraron en la literatura y cristalizaron en obras tan populares e influyentes como La joven de la perla (Tracy Chevalier, 1999), que reconstruye el universo de Vermeer a través de la mirada de una supuesta criada y modelo, o, más recientemente, Múnich (Robert Harris, 2018), que narra la conferencia de 1938 desde el punto de vista de personajes secundarios que orbitan en torno a las grandes figuras políticas.En esta misma línea cabría añadir otros ejemplos recientes que han contribuido a consolidar y diversificar esta “mirada lateral”, ya a partir de personajes reales. En Putzi. El confidente de Hitler (Thomas Snégaroff, 2020), el ascenso del nazismo se filtra a través de la figura ambigua y periférica de Ernst Hanfstaengl; en La diagonal Alekhine(Arthur Larrue, 2021), los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial se narran desde la mirada del genio del ajedrez Alexander Alekhine; y en El operador de radio (Ulla Lenze, 2023), el “círculo Duquesne”, una red de espías del Tercer Reich que operó en Estados Unidos, se reconstruye a través de Josef Klein, un técnico alemán atrapado en la maquinaria del régimen nazi.El ajedrecista Alexander Alekhine brandstaetter images / GettyUn caso extremo sería el de la novela gráfica La bomba (Alcante, 2023), en la que se describen las circunstancias políticas, científicas y militares que propiciaron la creación del Proyecto Manhattan y la decisión de bombardear Hiroshima mediante un narrador omnisciente imposible: el uranio.Cuestión de punto de vistaMás allá de su posible consolidación como subgénero, es interesante preguntarse por las razones que explican su atractivo actual. ¿Por qué tantos narradores optan por esta perspectiva desplazada?En primer lugar, esta estrategia permite esquivar uno de los principales problemas de la novela histórica tradicional: el peso de las grandes figuras. Los líderes o genios consagrados llegan al lector cargados de una imagen previa, fijada por la historiografía y la cultura popular. Convertirlos en personajes de ficción obliga a respetar, en mayor o menor medida, esa imagen. En cambio, los personajes secundarios ofrecen un espacio de mayor libertad narrativa: su biografía es fragmentaria, sus motivaciones, menos conocidas, y sus zonas de sombra, más amplias. Esa indeterminación abre un campo fértil para la ficción.En segundo lugar, la “mirada lateral” permite introducir distancia respecto a los grandes acontecimientos históricos. Al no situarse en el centro de la acción, estos personajes actúan como observadores parciales, lo que contribuye a desmitificar el pasado, alejándolo de los relatos épicos y lineales, y a presentarlo como un proceso incierto y lleno de complejidades. La historia deja de aparecer como una sucesión de hechos inevitables para mostrarse como una experiencia vívida y cercana.En tercer lugar, esta estrategia favorece una aproximación más íntima y emocional. Al centrarse en figuras marginales, las novelas pueden explorar ámbitos tradicionalmente relegados por la historiografía: la vida cotidiana, la familiar, la íntima. En lugar de reconstruir únicamente lo que ocurrió, se interesan por cómo se vivió. Este desplazamiento conecta con cierta sensibilidad contemporánea que valora lo subjetivo, lo fragmentario y lo experiencial.La Joven de la Perla' es una de las obras más conocidas de VeermeerMargareta SvenssonPor último, no debe olvidarse una dimensión ética y política. Dar voz a personajes olvidados implica cuestionar las jerarquías de la historia. ¿Quién merece ser recordado? ¿Qué vidas han quedado fuera del relato y por qué? Al situar en el centro a figuras periféricas, estas novelas no solo amplían el campo de la representación, sino que también invitan a reconsiderar las jerarquías implícitas en nuestra forma de narrar el pasado.En este sentido, la “mirada lateral”, la narración de la historia en segundo plano, además de un recurso narrativo muy eficaz, puede entenderse también como una forma de intervenir en el propio relato histórico, de abrirlo a nuevas voces para hacerlo más complejo y, por tanto, más humano.