Es indispensable apoyar a los investigadores en ciencia básica porque al final su trabajo puede llevarnos a enormes avances prácticos aunque no sean inmediatos, como muestra el caso de los algoritmos.Muchos niños españoles de los años 80 y 90 crecimos leyendo las aventuras de
Astérix y
Obélix. Los galos
Astérix y
Obélix eran los protagonistas de su aldea, famosa en la
Galia por su resistencia a la invasión romana. Su secreto era poseer la poción mágica que les proporcionaba una fuerza sobrehumana, y que inventó el druida
Panorámix. Con los estándares actuales podemos decir que
Panorámix era un investigador brillante. En el siglo XXI la poción mágica es probablemente la inteligencia artificial y los algoritmos en que se basa. Un algoritmo es una secuencia de pasos que permiten realizar una tarea. Yo los estudié en primero de carrera a finales de los 90, pero poco podíamos imaginarnos hace unos años que 'algoritmo' iba a ser palabra de moda en nuestra sociedad actual: que si el algoritmo de tal red social me recomienda cosas que no me interesan, que si el algoritmo me envía noticias de tal tema, que si el algoritmo …. y un larguísimo etcétera. No es infrecuente escuchar esta peculiar palabra en debates televisivos, noticias y entrevistas de actualidad. Pero, ¿son los algoritmos algo realmente nuevo?Hasta hace no mucho los algoritmos y las matemáticas subyacentes se consideraban principalmente ciencia básicaA pesar de su reciente asimilación en la cultura popular, los algoritmos no se inventaron recientemente. Uno de los más famosos es el Algoritmo de
Euclides, que tiene más de dos mil años. Es un procedimiento que nos permite encontrar el máximo común divisor de dos números, por muy grandes que sean, simplemente haciendo una serie ordenada de divisiones. Es un magnífico algoritmo, muchísimo más eficaz que el famoso método de “factores comunes a ambos números con el menor exponente” , que muchos aprendimos en el colegio (y que también es en un algoritmo).Existen algoritmos para hacer múltiples tareas. Las redes sociales, las agencias de noticias, las webs de venta de productos y la mayoría de las empresas usan algoritmos para realizar muchas de sus funciones. Incluso una hoja de Excel opera con algoritmos cuando nos proporciona estadísticas numéricas sobre los datos que introducimos. Cuando hacemos una tortilla de patata estamos siguiendo un algoritmo: primero pelas las patatas, luego las fríes, luego bates los huevos, luego mezclas todo, luego añades sal y a la sartén etc. De hecho, cualquier robot de cocina opera con algoritmos para cocinar. La industria alimentaria utiliza algoritmos en las maquinarias de producción, los bancos en sus servicios de atención al cliente, las aplicaciones de citas para seleccionar qué perfiles mostrar a quién y así podríamos seguir indefinidamente. Es decir, los algoritmos están y han estado por todas partes desde tiempos inmemoriales porque nos ofrecen una automatización inteligente de procesos manuales. Los hay muy sencillos, y los hay muy sofisticados. La inteligencia artificial opera con algoritmos complejos de gran eficacia para rastrear la web y confeccionar respuestas inteligentes a nuestras preguntas.Los países que apoyan la ciencia básica de forma prolongada son los mejores preparados para la revolución tecnológicaLos mejores algoritmos, como el de
Euclides, casi siempre provienen de ideas humanas brillantes: hay que saber cómo dividir una tarea compleja en una secuencia ordenada de pasos ejecutables. La gran ventaja de hoy día es que los algoritmos son programables, y la potencia de los ordenadores hace el resto. Sin los ordenadores muchos algoritmos serían un gran aporte científico, pero se quedarían ahí porque no habría capacidad real de ejecutarlos de tal modo que fuesen útiles. Y esta es la gran diferencia: hoy los ordenadores tienen tal capacidad computacional que tareas que antes llevaban semanas las hacen en segundos.Hasta hace no mucho los algoritmos y las matemáticas subyacentes se consideraban principalmente ciencia básica, que es esencialmente ciencia que se hace sin tener en mente aplicaciones concretas con efecto directo o inmediato en la sociedad o la vida de las personas. De hecho, grandes mentes del siglo XIX como Ada Lovelace o Charles Babbage y del siglo XX como Alan Turing, entre otros muchos autores, son piedras angulares de la teoría moderna de algoritmos y la inteligencia artificial. En su caso podríamos decir que hicieron gigantescas aportaciones a la ciencia básica de su tiempo, y que esas aportaciones están detrás de la revolución tecnológica de hoy.Conozco mejor la ciencia básica en matemáticas por mi profesión, pero se hace ciencia básica en muchísimas áreas. Los países que apoyan institucionalmente la ciencia básica de forma prolongada son los mejores preparados para transitar de ella a revolución tecnológica, en el momento óptimo. Si un científico lleva décadas pensando en un tema de ciencia básica, el día que este tema cruza la frontera y es de enorme aplicabilidad a la sociedad o la vida de las personas, este científico está en una posición óptima para hacer descubrimientos que cambien el mundo.Muy probablemente algunas de las palabras de moda de dentro de una o dos décadas se pronuncian ya por investigadores en sus proyectos de ciencia básica. Es difícil predecir si serán proyectos de matemática, física, química etc. Lo que sí es cierto es que aunque los resultados tarden unos años, la historia nos enseña que apoyar la ciencia básica es una inversión brillante y con retorno seguroÁlvaro Pelayo es Académico de la Real Academia de Ciencias de
España y Catedrático en la facultad de Matemáticas de la Universidad Complutense. Previamente Catedrático en la Universidad de California, San Diego.