* El autor forma parte de la comunidad de lectores de La Vanguardia A propósito de las celebraciones de la última Semana Santa en distintas partes del mundo, vale la pena aprovechar este momento para reflexionar sobre la figura de
Cristo desde un ángulo poco explorado: una mirada desde las masculinidades. Lo menciono porque, en un mundo donde el patriarcado sigue dictando qué significa “ser hombre” —fuerte, invulnerable, proveedor incuestionable y siempre en control—, resulta provocador volver la mirada hacia una figura que, hace más de dos mil años, encarnó una forma radicalmente distinta de habitar la masculinidad:
Jesús. La figura de
Cristo puede entenderse como una propuesta disruptiva y crítica frente a la masculinidad hegemónica de su tiempo, marcada por el
Imperio Romano y heredera de las grandes civilizaciones patriarcales. Esa misma lógica de dominio, militarismo, guerra y control de los cuerpos y los territorios persiste hasta hoy.
Jesús no encajaba en el modelo judeo-helenístico-romano de su época, donde ser hombre implicaba honor público, dominio sobre los subordinados, autocontrol emocional y el rechazo de todo lo asociado a la pasividad o a lo “femenino”. Patrones que, en buena medida, se siguen reproduciendo en la actualidad. El ejemplo de la crucifixión es particularmente elocuente: lo que para la sociedad romana constituía la muerte más humillante —reservada a esclavos y rebeldes—, una pérdida total de control y una exposición vergonzosa del cuerpo, para
Jesús se convirtió en un acto supremo de entrega y amor. De esta manera, mostró que la vulnerabilidad no equivale a debilidad.
Jesús mostró que la vulnerabilidad no equivale a debilidadJesús tampoco se ajusta al molde del “macho” tradicional y triunfante. Es capaz de llorar, de tocar a los “impuros” sin temor a contaminarse, de dialogar con las mujeres en igualdad, de lavar los pies de sus discípulos y de rechazar la espada como respuesta a la violencia. Con estas actitudes, propuso una masculinidad alternativa y antipatriarcal, que prioriza el cuidado, las relaciones horizontales y la renuncia al poder coercitivo. Como señala el teólogo
Hugo Cáceres Guimet, “cuando hablamos de masculinidad de
Jesús, estamos señalando que las características propias de su comportamiento en los relatos evangélicos permiten a los estudiosos identificar el modelo de conducta masculina que postuló el Maestro y que se distanció notablemente de la masculinidad hegemónica del siglo I”. Se trata de una interpretación muy sugerente de la figura de
Cristo. En otras palabras,
Cristo desmonta el mandato de dominación masculina sin renunciar a la fuerza ética ni al coraje moral. Su autoridad no surge de la fuerza física ni del estatus social, sino del servicio y de la capacidad de ponerse en el lugar del otro o de la otra. Expulsa a los mercaderes del templo con energía, sí, pero no para imponer su poder personal, sino para defender la dignidad de los excluidos.
Jesús propuso una masculinidad alternativa y antipatriarcal, que prioriza el cuidado, las relaciones horizontales y la renuncia al poder coercitivoJesús no compite por estatus con fariseos ni romanos en sus propios términos; propone otro juego: el del Reino, donde los últimos son primeros y donde el poder se ejerce lavando pies y compartiendo el pan. Esa es una invitación radical para los hombres de hoy: dejar de medirse por cuánto dominan y comenzar a valorarse por cuánto cuidan, acompañan y se permiten ser vulnerables en la relación con los demás. Es cierto que la Iglesia, durante siglos, ha dejado de lado estas enseñanzas de
Cristo y las ha instrumentalizado para subordinar a las mujeres y para colonizar pueblos y territorios. También es cierto que, desde la época de Constantino —cuando el cristianismo se convirtió en la ideología del
Imperio Romano—, se reforzó el patriarcado y la dominación a través de estructuras clericales corruptas y abusivas. Pero eso es precisamente lo que
Jesús vino a cuestionar y a subvertir. Dicho lo anterior, la figura de
Cristo nos puede ayudar no solo a releer su historia desde otro lugar, sino también a que tanto creyentes como no creyentes dejemos atrás una masculinidad de la muerte —que sigue generando guerras, catástrofes y dominaciones de todo tipo— para abrirnos al cuidado de la vida y construir un mundo más justo y sostenible. ■ ¿CÓMO PUEDO PARTICIPAR EN LA COMUNIDAD DE LA VANGUARDIA? ¡Participa! ¿Quieres compartir tu mirada?Los interesados en participar en La Mirada del Lector pueden enviar sus escritos (con o sin material gráfico) al correo de la sección de Participación (participacion@lavanguardia.es) adjuntando sus datos.