La voz de
Carlos Alcaraz (22), hace tres semanas, en la tercera ronda del Masters 1.000 de
Miami, era un síntoma:–¡No puedo más, me quiero ir a mi casa! –vociferaba, desencajado.La súplica del talento murciano era un síntoma y una certeza: en la pista, el murciano hablaba y se lamentaba, y también naufragaba ante
Sebastian Korda.¿Hablaba en caliente?Más bien, no.Pues más tarde, supuestamente más sosegado, aplacada la sobreexcitación del juego, le añadía a los periodistas:–Tengo que aceptar que los rivales van a jugar a su mejor nivel para poder ganarme.Vaya: ¡alerta roja!Pues aquel que hablaba ya no era el Carlitos que hemos visto en estos últimos cuatro años, el disfrutón que se apasiona ante los grandes retos y que como tal, como disfrutón, se ha reivindicado siempre, aquel que lleva el sobrenombre como una firma o una marca de aguas o una forma de vida, e insiste en el disfrute del juego cuando atiende a cualquiera y cuando se abre en su propio documental,
Carlos Alcaraz, a mi manera, un documental que, con el tiempo, se ha antojado premonitorio: de alguna manera, las imágenes nos estaban anticipando lo que estaba por venir, la ruptura entre el talento murciano y el técnico que le había ayudado a encumbrarse,
Juan Carlos Ferrero.Premonitorio, ciertamente.Pues a finales del año pasado, los caminos de ambos, de Ferrero y de Alcaraz, se separaron, consecuencia de un asunto doloroso, especialmente para el técnico, un asunto que en su momento abrió debates.(Más allá de las rumorologías y los supuestos desacuerdos económicos, nadie ha concretado el motivo de la separación profesional).Desde el apagón en Florida, el murciano se ha resguardado en los cuarteles de invierno de
Murcia, antes de volver a escena en
Montecarlo¿Y entonces, qué debía venir tras la ruptura?¿La crisis?Pues mira por dónde: en un primer momento, la ruptura había resultado maravillosa para Alcaraz.Durante sus tres primeros meses a las órdenes de
Samu López (hasta ese momento,
Samu López había sido el segundo entrenador del murciano), Alcaraz iba a sumergirse en un festival de victorias. Registró 16 consecutivas, incluidos los títulos del
Open de Australia, el séptimo grande de su carrera (ya tiene tantos como McEnroe, Wilander, Newcombe y Lacoste), y
Doha, enfrascándole en una carrera desenfrenada y disfrutona que, vaya por Dios, tenía trampa: de sopetón y sin motivo aparente, fue a truncarse en
Indian Wells (cayó en semifinales ante Medvedev) antes de confundirse, más traumáticamente, en
Miami.–¡No puedo más!¡Alerta roja!¿Dónde quedó el espíritu de Carlitos, el disfrutón?Saturado, Alcaraz le reprochaba su actitud a los rivales, esos tipos que se crecen cuando se miden a él, como si ese fuera un pecado, que no un deber. ¿Pero no le hacían tan feliz los grandes retos?Desde aquellos confusos días en
Miami, Alcaraz se ha resguardado en los cuarteles de invierno. Al sol murciano que ahora ya luce como corresponde –al fin se ha difuminado el invierno más lluvioso en el Mediterráneo desde 1996–, el número 1 ha buscado el sosiego que tanto ansiaba cuando se derretía en Florida.Cómo le gustan los consejos de Carlos padre y los abrazos de Virginia, su madre, y los jugueteos con sus hermanos (atención a Jaime, el menor de la saga: tiene catorce años y ya encadena títulos en las categorías inferiores; los sabios subrayan que se parece a Carlitos en el físico, el juego y el posado). Ajeno a las redes sociales, fuera de foco, Alcaraz ha ajustado detalles técnicos y se ha programado para la fase de tierra, aquella que ha arrancado en esta semana en
Montecarlo, pasará en los próximos días por el RCTB y desembocará en Roland Garros, ya en la segunda quincena de mayo.Licenciado en Derecho (UB) y Periodismo (UPF). En La Vanguardia desde 1995. Estuvo en Sociedad, Política y Economía. Hoy escribe retratos y columnas en Deportes. Autor de 'Soñé que estaba vivo' y 'Soy un superhéroe'