Kate Manne (
Australia, 1983) recuerda con precisión el número que marcaba la báscula en cada momento importante de su vida. Durante años quiso ser más delgada. El acoso sufrido desde la infancia y el menosprecio constante que sufrió a causa de su peso la empujaron a dietas extremas y a desarrollar una mala relación con su cuerpo.Tras doctorarse en Filosofía en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), investigar en la
Harvard Society of Fellows y, más tarde, convertirse en profesora asociada de Filosofía en la Universidad de Cornell (Nueva York), pensó que, tal vez, como filósofa feminista, quedaría al margen del mandato cultural que empuja a ignorar el hambre. Pero no fue así. La gordofobia —el odio, rechazo, violencia, discriminación y estigmatización que sufren las personas gordas por su aspecto físico, basados en prejuicios sociales y culturales— ha atravesado buena parte de su vida. Lo recoge en Irreductibles. Cómo hacer frente a la gordofobia (Capitán Swing), donde, a partir de experiencias personales y años de investigación, examina cómo la gordofobia se convierte en una herramienta para restringir la libertad individual, hasta el punto de derivar en negligencias médicas o peores resultados educativos.Lee también¿Qué creencias sobre las personas gordas le han molestado más a lo largo de su vida?Existe una creencia general de que las personas gordas son perezosas, descuidadas e irresponsables, lo cual resulta bastante irónico si se tiene en cuenta lo duro que la mayoría de ellas trabaja para perder peso y seguir una dieta. Como filósofa y académica, una de las cosas que más me ha molestado es la percepción adicional de que las personas gordas son menos inteligentes que las delgadas.Históricamente, la filosofía ha vinculado la delgadez con la razón y la gordura con lo inmoral…Exacto, y es un estereotipo injusto. Durante mucho tiempo, la principal razón por la que sentía vergüenza de mi cuerpo era que, precisamente como filósofa, resultaba “anómalo”. Pero el tamaño del cuerpo no tiene nada que ver con lo que una persona puede aportar intelectualmente ni con la autoridad que merece.
Kate Manne (
Australia, 1983) recuerda con precisión el número que marcaba la báscula en cada momento importante de su vidaiStockLa mitad de los adultos en
España tiene sobrepeso, una cifra que en Estados Unidos alcanza el 75%. Sin embargo, lejos de disminuir, la gordofobia no deja de crecer. ¿A qué se debe?Podría pensarse que, a medida que aumenta el número de personas con cuerpos grandes, también crece la aceptación social. Sin embargo, no parece que esté ocurriendo, ni que vaya a ocurrir. En gran parte, sucede porque muchas de esas personas no se identifican como gordas. Más bien, se perciben a sí mismas como personas “delgadas por dentro”, atrapadas en un cuerpo grande del que esperan salir con la próxima dieta o programa de ejercicio. Esto genera una falta de solidaridad incluso dentro del propio colectivo: en lugar de apoyarse, muchas personas intentan distanciarse de ese grupo lo más rápido posible.¿Por qué sigue generando rechazo que algunas personas se enorgullezcan y reivindiquen vivir en un cuerpo no normativo, a pesar de estar saludables?Creo que uno de los hallazgos más reveladores al investigar este tema es que el asco físico y el asco moral están profundamente entrelazados. Es decir, cuando sentimos una reacción visceral de rechazo hacia algo —por ejemplo, hacia un cuerpo gordo—, tendemos a interpretarla como un juicio moral. Se produce así una confusión: ese malestar físico se convierte en la idea de que hay “algo incorrecto” en ese cuerpo, incluso cuando no hay evidencia que lo respalde. Por eso, las personas con cuerpos grandes, que no han hecho nada reprochable y que no necesariamente presentan problemas de salud, son percibidas como si hubiera algo defectuoso en ellas. En realidad, se trata de un prejuicio, no de una respuesta racional basada en datos.Muchas personas gordas se identifican como delgadas atrapadas en un cuerpo del que esperan salir pronto; eso reduce la solidaridad dentro del colectivoKate ManneDoctorada en Filosofía por el MITOtro de los contextos en los que aparece la gordofobia es en las relaciones de pareja. En su libro defiende que no es algo excepcional que un hombre maltrate a una mujer gorda que le atrae...Es importante entender que no se trata simplemente de que las personas no se sientan atraídas por los cuerpos grandes; la realidad es bastante más compleja. De hecho, hay evidencias que apuntan a que uno de los términos más buscados en la pornografía es el de mujeres gordas. Esto sugiere que existe una atracción real hacia estos cuerpos, pero que convive, al mismo tiempo, con una sensación de rechazo o incomodidad, ya que no encajan en los estándares socialmente aceptados de tamaño y forma.¿Cómo convive la contradicción entre el deseo y el rechazo?Da lugar a una dinámica especialmente problemática. Quienes sienten atracción —en particular, hombres heterosexuales— tienden a vivirlo como un “secreto inconfesable”. Y, en paralelo, se construye una percepción peligrosa de las mujeres con cuerpos grandes como personas más vulnerables a la violencia sexual, bajo la idea de que sus agresiones tendrán menos consecuencias.Que un hombre heterosexual maltrate a una mujer gorda que le atrae no es un caso aisladoKate ManneDoctorada en Filosofía por el MIT¿Por qué?Algunos estudios apuntan a que las mujeres gordas pueden ser más propensas a sufrir agresiones sexuales, por razones similares a las que afectan a las mujeres racializadas: la creencia de que no serán creídas. Subyace, en el fondo, un prejuicio devastador: “¿quién podría desear a esa persona?”. Se trata de una dinámica profundamente tóxica y reveladora, en la que la marginación por el tamaño del cuerpo no solo condiciona la forma en que se percibe el deseo, sino que también puede aumentar la vulnerabilidad frente a la violencia. Por eso, que un hombre heterosexual maltrate a una mujer gorda que le atrae no es un caso aislado.Usted cuenta en su libro que vivió una situación similar…No fue una agresión sexual, pero sí sufrí tocamientos inapropiados por parte de un profesor cuando tenía 14 años. Recuerdo haber pensado: “¿Quién me va a creer? Soy una chica rellenita. Nadie pensará que un profesor de treinta y tantos pueda sentirse atraído por mí”. Así que, cuando me planteé decir algo, me parecía inverosímil. Y, de hecho, las dos primeras personas a las que se lo conté —de las tres a las que se lo dije— no me creyeron o, al menos, si lo hicieron, no le dieron importancia a lo que les estaba contando.Cajas de OzempicGeorge Frey / ReutersExplica que las mujeres, a pesar de ser las más afectadas, también desempeñan un papel en la perpetuación de la gordofobia. ¿Cómo se explica esta paradoja?Para muchas mujeres, existe un fuerte incentivo a controlar tanto su propio cuerpo como el de otras mujeres. Especialmente en el caso de las madres que crían hijas en la cultura actual, puede haber una presión por mantenerlas delgadas, socialmente aceptables y ajustadas a los estándares de belleza convencionales. Y eso implica vigilar su peso de formas que pueden resultar muy perjudiciales para niñas en pleno crecimiento y desarrollo. Así, no se trata solo de hombres —en particular, hombres heterosexuales— que controlan los cuerpos de las mujeres, sino también, lamentablemente, de otras mujeres que refuerzan estos estándares, especialmente con aquellas con las que tienen un vínculo cercano, como sus propias hijas.¿Hasta qué punto medicamentos como Ozempic o Wegovy pueden contribuir a reforzar la presión social y el estigma sobre los cuerpos no normativos?Quiero dejar claro que considero que estos medicamentos son prometedores desde el punto de vista del tratamiento de enfermedades médicamente relevantes, como, por supuesto, la diabetes. Ahora bien, aunque entiendo que muchas personas recurran a ellos con el objetivo de perder peso, a nivel social esto tiene otra lectura: incrementa la presión sobre las personas con cuerpos grandes para que se reduzcan. La idea que empieza a imponerse es: “si puedes adelgazar, ¿por qué no hacerlo?”. Incluso si eres una persona gorda que se siente bien con su cuerpo, es probable que tu médico te pregunte si quieres probar estos fármacos. Y, en ese contexto, puede resultar tentador ajustarse a esa expectativa, aunque no necesites perder peso ni por salud ni por bienestar personal. Cada persona tiene derecho a decidir si quiere tomarlos, pero lo preocupante es la sensación de obligación de tener que reducir el propio cuerpo incluso cuando no se desea.Es valioso mostrarse en solidaridad con las personas con cuerpos más grandes al decidir no reducir el propioKate ManneDoctorada en Filosofía por el MIT¿Cree que fomentan la pérdida de diversidad?Considero que es valioso mostrarse en solidaridad con las personas con cuerpos más grandes al decidir no reducir el propio, especialmente frente a normas sociales dañinas y profundamente arraigadas. Esto contribuye a que quienes tienen cuerpos no normativos puedan seguir siendo ellos mismos y desarrollarse con mayor libertad. Defiendo la diversidad corporal en un sentido amplio: no solo en términos de peso, sino también de raza, color de piel, textura del cabello, capacidades y discapacidades. Todas estas formas de diversidad son valiosas y enriquecen a la sociedad. Nos convierten en una comunidad más compleja e interesante, capaz de reconocer que, en el fondo, todos somos personas tratando de vivir y prosperar en cuerpos muy distintos entre sí.Estos tratamientos son muy costosos. ¿Se está convirtiendo la delgadez en un privilegio económico?Sí, creo que, tradicionalmente —al menos en el último siglo—, ha sido así. Las personas con mayor acceso a tiempo, recursos económicos y medios para cuidarse —como la posibilidad de hacer ejercicio de forma estructurada o acceder a alimentos frescos— han tendido a reflejar ese privilegio también en su cuerpo. Durante mucho tiempo la delgadez, y ahora poder acceder a fármacos como Ozempic, ha funcionado como un marcador de estatus social, aunque en otras épocas ocurría lo contrario. En el pasado, quienes tenían acceso suficiente a alimentos —y, por tanto, cuerpos más grandes— eran quienes mostraban un mayor nivel socioeconómico.¿Por qué ha cambiado la tendencia?En gran medida, esto puede explicarse porque los cuerpos “de moda” suelen ser aquellos que evidencian un mayor acceso a recursos. Si en el Renacimiento ese recurso era poder acceder a comida suficiente, hoy se traduce en poder costearse ciertos hábitos o productos: desde una bicicleta estática de alta gama hasta servicios de comida saludable o fármacos como Ozempic.Lee tambiénTras años de dietas restrictivas, afirma haber sanado alejándose del body positive y defendiendo la reflexividad corporal. ¿En qué consiste este concepto?El body positive propone adoptar una actitud positiva hacia el propio cuerpo, algo que puede funcionar para algunas personas. Sin embargo, para muchas —incluida yo— resulta difícil mantener esa visión sobre algo tan cargado de tensiones. De ahí surgió el body neutral, que plantea relacionarse con el cuerpo desde la neutralidad. Aun así, tampoco es fácil: cuesta ser neutral con algo que históricamente ha sido fuente de tanta ansiedad. Por ello, propongo una tercera vía: la reflexividad corporal. No se trata de ser positivas o neutrales, sino de abandonar por completo la lógica de evaluar el cuerpo. La idea es simple: mi cuerpo es para mí, el tuyo es para ti. No está para ser comparado ni juzgado. Para mí, este enfoque ha sido más liberador: el cuerpo no necesita ser valorado, igual que no evaluamos un atardecer, sino simplemente apreciado.Periodista en el equipo de Audiencias de La Vanguardia. Antes, en el equipo de Redes Sociales. Graduada en Periodismo y Comunicación Corporativa por la Universidad Ramon Llull.