A veces, en algunos cuestionarios o entrevistas te preguntan en qué ciudad y qué época te habría gustado vivir. La próxima vez que me lo pregunten, contestaré sin dudarlo: en el
Burdeos de 1824. Echemos un vistazo al contexto histórico: por entonces, la ciudad de
Montaigne, capital de la
Gironda, seguía disfrutando de un prolongado periodo de esplendor, con un puerto que estaba entre los más importantes del mundo y un desarrollo urbanístico muy por delante de su tiempo, y entre sus cerca de cien mil vecinos destacaba la nutrida colonia española, formada en su mayoría por liberales que huían de la feroz represión ordenada por
Fernando VII tras la restauración del absolutismo. Me habría gustado formar parte de esa comunidad, en la que había políticos como
Manuel Silvela, literatos como
Leandro Fernández de Moratín y artistas como
Francisco de Goya, que moriría allí en 1828 tras cuatro años de exilio voluntario.En la recreación de ese corto paréntesis bordelés coinciden dos libros excelentes que no llevan ni un mes en las librerías. Uno de ellos es La hija, de
Sergio del Molino, y el otro La cabeza de Goya, de
Miguel Barrero. El primero, mitad novela, mitad ensayo, se centra en la figura de
Rosario Weiss, discípula, protegida y, según algunos (como el propio Del Molino), hija natural del pintor de Fuendetodos, que podría haberla retratado en su última obra, La lechera de
Burdeos. LVSu vida fue breve pero intensa. Cuando murió en 1843, era la profesora de dibujo de la pequeña
Isabel II, que pocos meses después sería coronada reina de
España. La muerte de Rosario pudo deberse al ataque de pánico que sufrió cuando, saliendo de palacio, se vio accidentalmente envuelta en un motín callejero. Tenía 28 años y su carrera artística apenas estaba arrancando.Hace ya algún tiempo que la obra de
Rosario Weiss está siendo reivindicada por los especialistas. Para hacernos una idea de su relevancia, preguntémonos quién se acordaría ahora de Goya si hubiera muerto a esa misma edad, cuando no era más que un pintor de iglesias y faltaba mucho para que llegara a convertirse en el autor de los Fusilamientos del 3 de mayo, las majas, Los caprichos, Los desastres de la guerra, las Pinturas negras, etcétera. ¿Qué metas habría sido capaz de alcanzar Weiss en el mundo del arte si, como su maestro, hubiera vivido hasta los 82 años? Por desgracia, nunca lo sabremos.Cuando faltan dos años para el bicentenario de la muerte de Goya se nota que está siempre de actualidadEl otro libro, La cabeza de Goya, nos sitúa inicialmente en una mañana de otoño de 1888 en la que, en presencia del cónsul español, se procede a la exhumación del cadáver del pintor en el cementerio de
Burdeos y se descubre con sorpresa que al esqueleto le falta nada menos que el cráneo. “Envíe Goya con cráneo o sin él”, ordenan desde Madrid al diplomático, pero lo cierto es que los restos de Goya no encontrarán hasta 1919 su emplazamiento definitivo, en la ermita de San Antonio de la Florida.Un poco a la manera del clásico Santa Evita, en el que Tomás Eloy Martínez reconstruía la peripecia del cadáver embalsamado de Evita Perón,
Miguel Barrero trata de averiguar el paradero de la calavera de Goya. Entre las hipótesis más plausibles está la de que hubiera sido robada por un marqués aficionado a las bellas artes, un pintor protegido por el marqués y, sorprendentemente, Marià Cubí, el mayor experto español en frenología, esa pseudociencia que sostenía que la forma del cráneo determinaba el carácter y el comportamiento de las personas. Lo más probable, según las indagaciones de Barrero, es que ese cráneo, tras muchos avatares, acabara años después en Salamanca, en la facultad de Medicina, donde en un experimento de los estudiantes habría terminado descomponiéndose. Adiós, cráneo de Goya. Post scriptum. Sobre Weiss y Goya hay otro libro reciente (de Amelia Noguera) que no he leído; sobre la relación de Goya con la duquesa de Alba hay un musical que está de gira por
España; sobre el Goya de las Pinturas negras, mi amigo Joan Valent está a punto de estrenar una sinfonía… El Ministerio de Cultura ha creado una comisión para organizar la conmemoración del bicentenario de la muerte del pintor. Faltan todavía dos años y parece que son bastantes los particulares que no han querido esperar y lo están ya conmemorando por su cuenta. ¿Qué quiere decir eso? Que Goya, con o sin efemérides, está siempre de actualidad.