Acabamos de dejar el mercado minero. Hemos comprado unos cuantos cartuchos de dinamita y detonadores, como quien compra caramelos. Venden todo lo que se necesita para extraer el mineral, y tabaco, alcohol, hojas de coca.—Los mineros consumen mucha coca. La necesitan para aguantar las ocho o diez horas que trabajan en la mina. Da energía y quita el apetito, y también sirve para filtrar el aire. Mira —me muestra cómo debo hacerlo—: se coge un puñado de hojas y se pone en la mejilla con un trozo de papa. Así, sin masticarlo. La papa sirve de catalizador y ayuda a potenciar sus efectos.Una furgoneta nos sube hasta medio cerro, el Cerro Rico de Potosí.El dintel de la bocamina y los tejados adjuntos están manchados de una tintura espesa y oscura.—Este sábado sacrificaron doce llamas, porque la producción del año fue buena, y con su sangre regaron la boca y las cabañas como ofrenda a la
Pachamama.Los mineros consumen mucha coca. La necesitan para aguantar las ocho o diez horas que trabajan en la minaMe enfundo chubasquero, botas de agua, casco, luz de carburo.Y entramos. Una bóveda de piedra sostenida con grasa de llama compone el primer tramo de la galería. Es de la época de los españoles. A pocos metros, el aire tiene ya otra consistencia, más densa. Aumenta la temperatura y se impone la oscuridad. Enciendo la lámpara. Su luz apenas arranca tonos tenues y vacilantes del espeso negro que me rodea. Suerte del casco, porque, aunque camino agachado, me voy clavando coscorrones con el techo.Llegamos a la primera bifurcación. La preside una imagen del
Tío sobre un altar.—Como en quechua no sabían pronunciar bien la D, la cambiaron por una T, y convirtieron a Dios en el
Tío —explica
Luciérnaga.Pero el
Tío no es Dios, sino el diablo y estos son sus dominios. Fuera se puede creer en Jesucristo o en la
Pachamama, pero bajo tierra manda el
Tío. El
Tío trabaja como un minero. Se le oye picar, guía, avisa y protege. El
Tío regala el mineral y desmorona las paredes. Y hay que ofrecerle tabaco, coca y alcohol.Damos con un agujero en el suelo, estrecho, apenas deja pasar a una persona. Es la chimenea que conduce abajo, al segundo nivel. Por aquí suben el mineral en sacos de veinte o treinta kilos que se cargan a la espalda. Cuarenta, cincuenta sacos cada día.Mineros en un yacimiento de plata de
PotosíSebastien LecocqLuciérnaga se mete en el pozo, y yo siento que me ahogo, me falta espacio, no puedo respirar. Dentro de una mina no es el mejor sitio donde darse cuenta de que se sufre claustrofobia.—Yo me quedo —le digo—. Avisa a alguien que me saque de aquí.Y me quedo solo, y al menos puedo moverme y tengo más aire.Entonces pongo un pie en el agujero, y pongo el otro. El corazón me late en las sienes, desbocado. Me deslizo por el barro, encogido, agarrándome a la roca.Alcanzo el segundo nivel y al menos puedo ponerme de pie. Pero es broma, porque, cuando nos adentramos en la galería, tengo que agacharme de nuevo.Hace más calor. El polvo enturbia el aire. ¡Clonc! Topo con una viga.Y aparece otro agujero por el que descenderemos al tercer nivel. No digo nada, para evitar que se me desborde el miedo. Me deslizo otra vez, montaña adentro, encogido y tenso.Lee tambiénAbajo, piso unos raíles. Y por la galería crece un chirrido granulado.—¡Apártense! ¡Salgan de las vías!De la oscuridad surge una vagoneta cargada. La empujan cuatro mineros, todos con una pelota de hojas de coca que les hincha la mejilla.Se paran y les ofrezco tabaco, coca, una botella de alcohol. Uno de ellos la abre, llena un vaso, echa unas gotas al suelo para el
Tío y se bebe el resto de un trago. Luego pasa la botella a otro.De la galería principal salen los hoyos que han abierto los mineros persiguiendo un filón. Madrigueras de zorro que apenas permiten el paso de una persona, y delgada.—Vamos a ver cómo trabajan —dice
Luciérnaga, y desaparece por uno de esos pozos, vertical y estrecho.Como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, no me deja tiempo para pensar. Y supongo que será por el efecto de la coca. Me meto. Y es tan estrecho que no puedo ver donde pongo los pies. Los apoyo en los rebordes que encuentro al tacto. Bajo tres, cuatro, quizá cinco metros. Cuando toco el fondo, resoplo. Y el conducto traza un codo y sigue horizontal. Solo se pasa arrastrando la barriga por el suelo.No sé cuánto más allá, trabajaban dos mineros.—Pase nomás —me invitan amables, como quien invita a una visita a sentarse en el saloncito de casa.Pican con la barrena. Preparan el agujero donde poner la dinamita.—¿Puedo salir?No puedo decir más, y no sé cómo deshago el camino.Y bajaremos otro nivel. Y seguiré pegándome testarazos contra el techo. Y mucho más tarde el aire se afinará. Imaginaré un punto de luz al fondo, que crecerá. Y correré. Saldré al sol y me quedaré ciego, pero me sentiré salvado y feliz. Cuatro horas bajo tierra, y cuántas lecciones aprendidas.