La Venta lleva muchos años en lo alto de
Barcelona, con la ciudad a sus pies. También está junto al Merbeyé, como cantaba
Loquillo sentado en su viejo Cadillac. Más de un siglo después de su apertura como Viñas, persiste al lado del funicular del
Tibidabo, convertida en una casa de comidas de cocina catalana con muy buen producto y bien tratado, que pasa por su mejor momento. Con varios vaivenes, hace más de una década se lo quedó un cliente habitual,
Lluís Vinyes, y al mando del día a día está su hijo
Luis Vinyes, que se ha sacado de la manga un menú para los jóvenes, que pagan tantos euros como años tienen con reserva previa. A los de veinte, les sale de fábula. No había tenido nunca un negocio de restauración, pero
Lluís Vinyes, el padre, empresario inmobiliario y de seguros, siempre dijo que si un día tenía un restaurante sería su preferido, que era como una extensión del comedor de su casa, situada a pocos metros de la plaza del Doctor Andreu donde se encuentra
La Venta. Es un clásico de la ciudad, que abrió en 1903 como Viñas, un lugar de parada de los carruajes que recorrían la avenida del
Tibidabo. Más tarde fue popular por celebrar banquetes y comuniones, hasta que en 1975 se lo quedaron
Paco Bosch y
Fernando Amat, el mismo que convirtió la tienda de diseño
Vinçon en un icono de la ciudad.En 2012, lo pusieron en traspaso y
Lluís Vinyes decidió quedárselo para que no se perdiera un emblema de la ciudad, que está delante del también popular Mirablau. Tenía dos objetivos claros: servir buena comida y recibir a los clientes para que se sintieran como en casa. Solo viendo el alto número de clientela fiel está claro que lo han conseguido. Para darle el nuevo empuje contó como socio con su amigo
Josep Vilella, quién más tarde se desvinculó, y es su hijo Luís Vinyes quien desde hace un tiempo dirige el restaurante al modo que lo han hecho siempre los restauradores. Desde la amabilidad y la cercanía, con un pie en la cocina, otro en la sala y la cabeza en la oficina, donde su padre sigue llevando las cuentas. “Yo haría más cambios, pero él manda”, reconoce. Abierto todos los días de la semana, una plantilla de 40 personas convierten las tres terrazas, dos de ellas cubiertas y con calefacción donde se come todo el año; el salón interior, decorado con carpintería burdeos y suelos hidráulicos; y la sala con mirador de arriba, donde hay unas vistas magníficas de la ciudad, en un lugar cuidado al detalle. No hay ni una planta de la terraza que no luzca brillante y las mesas están siempre bien vestidas, con manteles blancos impolutos. La madre de la familia se ha dedicado toda la vida al protocolo, y el arte de la buena mesa pasa de generación a generación. Los camareros son profesionales a la antigua usanza, y al frente de la sala está Luna, que destaca por su simpatía y buen humor. Generan un ambiente confortable que ha convertido el restaurante en un sitio de referencia para comidas profesionales, familiares y de amigos, que se conocen la carta al dedillo. La coca de escalivada (con el hojaldre recién hecho en la casa), el rabo de toro, los erizos gratinados, la merluza a la romana, el arroz con caracoles o la longaniza de Lleida son algunos clásicos. En el apartado de postres, sobresale la torrija, muy valorada; o el suflé de naranja, con receta muy parecida a la de Francesc Fortí en El Racó d’en Binu, quién lo elaboró para
La Venta durante una buena temporada. En las sugerencias del día llegan las sorpresas, como los guisantes con butifarra negra o las colmenillas a la crema.Si hay un arte que dominan es el de las frituras. Da igual si es el filete de merluza con mahonesa, las láminas de alcachofa, los aros de calamares, las tiras de berenjena con un toque sutil de miel o los calçots cuando es temporada, tienen la mano rota con las medidas idóneas, el rebozado que mejor realza cada producto y los tiempos perfectos de escaldarlo en aceite. También los golpes de fuego que consiguen que el producto quede crujiente, conserve el sabor y no resulte aceitoso. Aquí no hay que sufrir por las molesta repeticiones de los malos fritos.Pensando en el futuro pero también en el presente,
Luis Vinyes quiere llegar a un público más joven, y para ello se ha inventado el Menú Tast, que consta de un picoteo de entrantes (croquetas, berenjenas rebozadas, lacón) y un plato principal de bacalao con cremoso de remolacha y almendras o pollo deshuesado marinado con romero y tomillo, además de torrija de postre y una copa de vino. Desde 20 y hasta 39 años, los clientes pagan por esta fórmula tantos euros como su edad. Para los menores, es una buena jugada, siempre y cuando no olviden reservarlo previamente, la única manera de beneficiarse del descuento.
Luis Vinyes llegó a
La Venta castigado. Después de haber suspendido la selectividad, su padre le mandó a trabajar en el restaurante en verano. Estuvo en la sala y el oficio de camarero no le convenció. Después de aquel primer contacto se fue a Tokio a trabajar en un restaurante de su primo. Como no sabía la lengua, se fue directo a la cocina, y allí empezó a conectar con los fogones. “Tuve un buen maestro”, recuerda ahora, convencido de que hasta el momento no había encontrado nada que le motivara. Siguió formándose en otros restaurantes, en Italia y en Hong Kong, y con más conocimiento regresó al restaurante familiar. Empezó en la cocina, pero poco a poco fue cogiendo el mando hasta ahora, cuando dirige el día a día. Cuenta que se encontró un restaurante con buen fondo. Un año después de haber cogido el traspaso, su padre ya le había dado la vuelta. Lo consiguió sacando platos que no tenían sentido, cuadrando los números que antes no salían y manteniendo el local maqueadísmio con su interiorismo de tiempos pasados. Allí siguen los suelos hidráulicos, las molduras de los techos, los frescos en las paredes y las sillas Thonet. Como testigo del tiempo, también continua en el mismo sitio, al pie de la escalera, el cartel que indica dónde estaban el teléfono y los servicios. Aunque por el aparato ya nadie pregunte. No es un lugar de menú pero tampoco de estrellas. Se ajusta más a esa casa de comidas clásica y de cierta categoría, lo que coloquialmente sería descrito con el sencillo y ajustado “un buen restaurante”. Con una bodega de más de 200 referencias, esta casa tiene un precio medio de entre 60 y 70 euros, y ofrece la opción de un menú de 56 euros sin bebidas o 64 con vinos. “Esto no se puede replicar, es único”, dice Vinyes, quien no esconde tampoco sus ganas de hacer algo más. Con 32 años lo lógico es soñar y, desde hace tiempo, su sueño se llama La Ventanilla y tiene un cariz más informal. El tiempo resolverá.La VentaDirección: Plaza del Doctor Andreu, s/n, BarcelonaTeléfono: 93 212 64 55Horario: Abierto todos los días para comidas y cenas excepto domingo nochePrecio menú Tast: 56 euros / 64 euros con bebidasPrecio medio: 60-70 euros