La verdad del cuento, que como escribió don Nicanor (Parra), de profesión antipoeta, nunca debe quedar sin ser dicha, aunque a quien practique la sinceridad se le tenga por una criatura difícil dado el grado de hipocresía que existe en todas las sociedades, es que el PP se olvidó de todo lo que durante años dijo que haría en
Andalucía nada más llegar al Quirinale.El mismo día que
Moreno Bonilla puso el pie en San Telmo (Palazzo), no sin cierta inseguridad escénica, porque su primera entronización fue consecuencia directa de una prodigiosa carambola –la suma electoral de PP,
Cs y
Vox– todo el reformismo (prometido) pasó a la historia (sin llegar siquiera a nacer) y el cambio se transformó en una mera sustitución.Las cosas públicas en
Andalucía han seguido más o menos tal y como la derecha meridional las encontró aquel día histórico, a excepción de ciertas caras, el nombre de los nuevos validos y la identidad de los personajes habituales de la Corte Meridional de las Maravillas.
Moreno Bonilla no quiso perderse el regreso de Morante a los ruedos en SevillaJuanma MorenoLa presidencia de la Junta –con los socialistas, y también ahora– siempre ha sido una magistratura con una marcada tendencia absolutista. Desde allí no se gobierna un territorio geográfico: se administra un régimen político.Moreno, que el próximo mes de mayo se enfrenta a sus cuartos comicios como candidato del PP, de los cuales únicamente ha ganado por méritos propios uno de ellos (las elecciones de 2022), entendió pronto que para perdurar debía mejorar las formas pero sin alterar en exceso el fondo.Esto es: disfrutar la herencia (socialista) sin modificar los muebles de la casa. Conjurar el miedo de los privilegiados del
PSOE y modular las ansias de revancha de los bárbaros que querían entrar con antorchas en la catedral.El gatopardismo que define al presidente de la Junta no fue pues un acto voluntario, sino fruto del miedo y consecuencia directa de una tibieza que unos consideran prudencia y otros ven como una gran falta de ambición.Ocho años después, estos elementos ambientales empiezan a retroceder a medida que las encuestas señalan que la distancia que separa a Moreno de su segunda mayoría absoluta mengua conforme se acerca el
17M.Los populares, que arribaron al Quirinale en compañía de otros, han estado cuatro años en el poder solos. Y en esta última legislatura, al contrario de lo que sucedió en la precedente, han empezado a dar pasos para asentar una hegemonía que sobreviva en el tiempo a la propia figura del presidente de la Junta, que es, sin duda, el gran activo electoral del PP andaluz.
Moreno Bonilla participó en la procesión de la Semana Santa de Málaga como hombre de trono del Santísimo Cristo de la Exaltación de las Reales Cofradías FusionadasGregorio Marrero / EFESan Telmo ya no teme una revuelta de los colectivos sociales de izquierdas –partidos, sindicatos y asociaciones ideológicamente afines–, que era el gran miedo en diciembre de 2018, porque ha sabido encauzar a su favor la posible oposición –en buena medida derivada del clientelismo del
PSOE– mediante una hábil política de normalización de lo que hace ocho años era toda una novedad: una mayoría parlamentaria conservadora en el Sur.El transcurso del tiempo, junto a la crisis de identidad de los socialistas andaluces, atrapados primero durante dos largos años en el post-susanismo y después convertidos en un mero satélite de Ferraz, dedicado únicamente a reflejar la luz de la Moncloa, sumada a la fragmentación de las izquierdas, incapaces de articular una confluencia pacífica, han hecho que el aggiornamento del PP, alérgico al reformismo, ayudase a Moreno a situarse en el centro del escenario político y a atraer votos ajenos.Su caudal de apoyos, producto del quietismo del PP, es el que Moreno aspira a mantener este inminente
17M. La hoja de ruta del Quirinale, sin embargo, no se agota con las elecciones, que serán interpretadas en clave estatal, sino que inaugura una nueva fase de este singular proceso político.El primer paso consiste en la amplificación (estatal) de la figura de Moreno, llamado a jugar un papel mucho mayor en Génova. El segundo, como se ha visto esta última Semana Santa, avanza con la colonización política partidaria de todo el espacio público disponible. Sin excepciones.Objetivo: que la presencia institucional del PP sustituya a la sociedad civil, que en
Andalucía nunca ha sido ni fuerte, ni excesivamente independiente, para atraerla hacia el centro gravitacional (político) que encarna Moreno.Nadie se ha atrevido a enunciarlo con nitidez, pero ni el nombramiento del pregonero de la Semana Santa de
Sevilla ni la corrida de toros del Domingo de Resurrección en la Maestranza de la capital hispalense, donde reapareció el rey emérito, en una operación de imagen retransmitida por la televisión de la Junta que compromete la independencia de la corporación nobiliaria propietaria del coso taurino, son hechos casuales.Ambos responden a lo mismo: la decisión de Moreno de exhibir la adhesión plena de determinados colectivos sociales que, frente a lo que pueda creerse fuera de
Andalucía, son muy plurales en lo ideológico.El PP busca con estas operaciones instaurar una especie de monopolio de la influencia tanto sobre el mundo de las cofradías como con respecto a los toros, dos espacios simbólicos de una idea tradicional de
Andalucía.Una vez digerida la herencia (menor) del andalucismo, algunos de cuyos referentes históricos elogian con entusiasmo a Moreno, este movimiento táctico pretende reducir y dejar a los socialistas –y a las izquierdas– sin opciones de recuperar su antigua capacidad de penetración social.El
PSOE andaluz, durante sus más de tres décadas y media de gobierno en el Sur de España, jamás cuestionó las manifestaciones religiosas populares ni los toros. Todo lo contrario: apoyó sin reservas, y hasta con entusiasmo, ambos circuitos sociales porque entendía que la hegemonía política, para ser duradera, requiere de una cierta pax social, aunque ésta sea fingida.Rueda de prensa de María Jesús Montero en SevillaEfePaul Valéry escribió en Política del espíritu que el ejercicio del poder pertenece al “imperio de las ficciones” porque es imposible fundar un orden político exclusivamente basado en el miedo. Es necesario un ritual, una representación, una creencia compartida. Fijar un campo de narración social.Este Domingo de Resurrección, mientras Morante de la Puebla reaparecía, el emérito volvía a recibir honores de rey y el presidente de la Junta era entrevistado en la plaza de la Maestranza por Canal Sur –en una ceremonia que no se limitó a exaltar la lidia–, María Jesús Montero, candidata del
PSOE a la Junta, se recluía en su casa de
Sevilla. Si la política es un teatro, todos sus escenarios dicen cosas. Y siempre son importantes.