Siempre optimista Es un hombre de gran humanidad. No lo ha tenido fácil, sufre TDAH desde mucho antes de que la enfermedad fuera identificada. Pero su voluntad, su valentía y su corazón abierto le han llevado a convertirse en el máximo responsable de los Servicios de Salud Mental del municipio neoyorquino y presidió el vasto sistema de Salud y Hospitales de la ciudad. Ha sido nombrado doctor honoris causa en tres universidades de nuestro país. Nunca se olvida de nombrar a la buena gente que le ha ayudado en el camino, en el que nunca ha buscado gloria sino servicio. A sus 82 años sigue corriendo maratones y, pese a vivir situaciones personales y profesionales muy duras, como liderar la atención médica y psicológica a las víctimas del 11-S, comparte las claves para envejecer felices en El regalo de los años (
Harper Collins). Siempre optimista.Cuénteme sus momentos ajá. Un día me desperté viendo un 78 gigante en mi mente. Mi cumpleaños. Caí en que nunca había pensado en mi tercera edad. Me ayudó a sentarme y organizar prioridades. ¿Apareció de la nada? Sí, también me ocurrió al principio de mi carrera en Nueva York. Una psiquiatra habló de los niños inquietos y me vi calcado. He sufrido TDAH, pero entonces no tenía nombre. Suspendía todo y no sabía por qué. ¿Cómo lo supo? Por un ajá trágico: tenía diez años y, por una apuesta, prendí fuego a unos matorrales. Acabé unas horas en el calabozo y entendí que tenía que aprender a controlarme. ¿Las cosas que le hacen feliz han cambiado con la edad? No mucho. Me hace feliz lograr metas y ayudar a otros. Estudiar medicina fue un acierto, y se lo debo a mi madre, que me contaba historias de mi abuelo, médico de pueblo. ¿Alguna vez ha perdido el timón? De joven muchas veces. Me metía en el mar, me alejaba demasiado y tenían que rescatarme. Con los años, a base de esfuerzo y ayuda psicológica, aprendí a llevar el timón. ¿Y hoy todavía le sirve esa experiencia? Sí. Hablar en voz alta y tratarme con cariño ha sido esencial, pero eso no me lo enseñaron. En el colegio me decían: “
Luis, habla bien, da las gracias, pide las cosas por favor…”. Pero nadie me dijo: “Cuando te hables a ti mismo, háblate bien”. Aprendizaje esencial. Y al oírme hablar, como ahora, voy reinterpretando en positivo los recuerdos. Es una forma de proteger la autoestima. ¿Hablar en voz alta con uno mismo ayuda? Sí. Poner en palabras lo que piensas –decirlo o escribirlo– te hace más consciente. Y las palabras nos permiten compartir lo que sentimos, una gran fuente de satisfacción. Necesitamos a los otros. Cuando te aíslas, te apagas. En cambio, cualquier conversación –con un vecino, con el tendero– te reactiva. Te devuelve a la vida. ¿Le decepciona el ser humano? A veces. Pero me interesa más entender por qué hacemos daño. Porque cuando entiendes, dejas de sorprenderte… y te vuelves un poco más compasivo. ¿Ha sufrido depresión? Entre los 13 y los 16 años mi dificultad para aprender y mi tartamudez me hundían, pero a partir de ahí aprendí a lidiar con mis dificultades y a ponerme metas posibles. ¿Y eso le empujó a irse a Nueva York? Sí. Recién licenciado. Y me he pasado la vida sorprendiéndome, cada vez que me ofrecían dirigir algo pensaba: “¿Por qué yo?”. ¿Y lo supo alguna vez? Se lo pregunté a mi jefe la primera vez que me nombraron responsable de una clínica en Manhattan. Muy extrañado, me dijo: “Trabajas mucho y te llevas bien con la gente”. Perdió a su hijo hace pocos años. Fue duro, ¡tan inesperado! Pero levantarme cada día para ayudar a otros me sostuvo. ¿Y cuando uno pierde la esperanza? Ahí aparece la depresión. Es de las peores enfermedades: te quita las ganas de vivir. ¿La tercera edad promete alegrías? El cerebro, al envejecer, favorece las emociones y pensamientos positivos, y recordamos más lo bueno que lo malo. El cerebro envejece... pero a favor de la felicidad. Son buenas noticias. Más del 80% de los mayores de 65 años se puntúan con un 7 u 8 en bienestar. Y en muchos países, el grupo más feliz es el de mayor edad. Lo sabemos, pero no se cuenta. ¿Por qué? Por el estigma. La vejez molesta. Nos recuerda en qué nos vamos a convertir. Basta abrir el diccionario: “vejez” se asocia a caduco, a inútil. Son prejuicios muy arraigados, alimentados por una industria que nos vende la eterna juventud. Hay mucho edadismo. ¿Incluso en medicina? Si sufres una disfunción sexual a los 40 te buscan soluciones. A los 70, te dicen que es normal. Y no lo es. ¿Qué ha aprendido de las relaciones? Que son una razón para vivir. Y que hay que cultivarlas. Yo he vivido muy metido en mi trabajo, eso ha sido un error. ¿Usted nació optimista? Lo aprendí. Yo necesitaba más tiempo y más esfuerzo que otros y lo acepté. Aprendí a trabajarme la autoestima, a hablarme bien, usar el sentido del humor y creer en el trabajo. ¿Conviene diversificar la felicidad? Sí. No pongas todo en un solo sitio ni en una sola relación. Es importante saber qué te gusta y cuidarlo, incluso apuntarlo si hace falta. ¿Y para la adversidad? Conocerte. Y después, hacer algo. Las personas que salen adelante son las que toman el timón, no las que se quedan esperando. ¿La edad ayuda a entender la vida? La ves en conjunto y la valoras mejor. Yo me siento mejor ahora que antes de empezar la entrevista. He repasado mi vida con cariño.