Barcelona,
Madrid y Londres. Son las ciudades donde he vivido y que, por tanto, más he querido. En ellas tengo amigos, templos propios de los que soy parroquiana habitual, memorias incrustadas y calles todavía por descubrir. Por eso recuerdo como si fuera ayer el 24 de junio de hace diez años, todavía sin levantarnos de la cama, mirando el resultado del referéndum sobre el
Brexit. Aunque mi marido fue de los pocos que predijeron la victoria del sí que yo nunca quise creer, su zozobra y consternación era igual a la mía: ¡no puede ser, no puede ser!Una década es un buen periodo para hacer balance y tratar de arrojar luz sobre las consecuencias de una decisión permitida por la pereza, banalidad y debilidad de
David Cameron y poco ayudada por
Jeremy Corbyn, el entonces líder del laborismo. Protesta de un contrario al
Brexit en el 2020 NEIL HALL / EFEUn estudio reciente del
National Bureau of Economic Research proporciona la estimación más completa de los daños económicos reales del
Brexit. Los números hablan por sí solos. Para el 2025, el PIB era entre un 6% y un 8% más bajo de lo que habría sido; la inversión empresarial se ha contraído entre un 12% y un 18% por la incertidumbre paralizante que el proceso ha causado; el empleo ha disminuido entre un 3% y un 4%, y la productividad ha caído en la misma magnitud. Es especialmente revelador como el estudio documenta que fue la incertidumbre más que la reducción esperada de demanda el factor clave. Una economía, por tanto, que no solo no despega, sino que se mueve como una máquina con el freno puesto, gastando combustible en resistencia y no en avance.Más allá de las cifras, hay otros costos invisibles. La restricción del derecho de libre circulación, que ha afectado, y mucho, a trabajadores y estudiantes. La brecha entre Londres y las regiones más alejadas, que tan importante fue en la campaña, no ha hecho sino aumentar. Irlanda del Norte sigue siendo una grieta sin cicatrizar. Los equilibrios delicados del
Good Friday no han mejorado con el acuerdo de
Windsor. La posibilidad de una reunificación irlandesa, la presión en Escocia para un segundo referéndum y las tensiones permanentes en las relaciones con la UE mantienen abiertos demasiados interrogantes. Lo que fue presentado como una solución ha revelado ser tan solo el comienzo de un proceso mucho más complejo e incierto.Se abre un espacio político para conversar sobre la posibilidad de que el
Brexit no sea permanentePolíticamente, como bien argumenta mi amigo Aditya Chakrabortty en The Guardian, el
Brexit ha supuesto la tribalización de la política británica. Incluso hoy, el 60% de los británicos se identifican por ese voto monosílabo de hace diez años. Aquellos de un lado no quieren que los del otro compartan su casa o se casen con sus hijos porque lo que es distinto es la percepción de una realidad que ha dejado de ser común.Chakrabortty sugiere que el Reino Unido está congelado en el 2016. No se trata solo de un desacuerdo político, es un fraccionamiento profundo de la identidad nacional. La pregunta que se hace –que nos hacemos– es: y todo esto, ¿para qué?Esa pregunta está en la base de movimientos como el Briturn, una de las voces más articuladas y organizadas en favor de una reintegración británica en la UE. No es un movimiento nostálgico, sino un esfuerzo pragmático por reconocer que los costes han superado los beneficios prometidos. Sabemos que cualquier eventual retorno presentaría desafíos colosales, pero no es menor abrir un espacio político para una conversación que parecía cerrada hace apenas cinco años: la posibilidad de que el
Brexit no sea permanente.Diez años son bastante para hacer balance. Pero igual son pocos para juzgar si se ha llegado a un punto de madurez colectiva suficiente para plantear unBriturn. Pero sí hay dos cosas seguras. La primera es que, aunque el Brexitfue vendido como una recuperación de la soberanía, ha llevado paradójicamente a que muchos británicos se replanteen qué significa realmente. ¿Es la capacidad de aislarse, o la de elegir con quién y en qué comunidades participar? Y esta es la principal pregunta política de los tiempos que vivimos. La segunda cosa es que la política de verdad tiene que ver con las razones y las acciones más que con agitar las emociones. Corazón y cerebro antes que estómago.Ojalá piensen en esta dupla los ciudadanos húngaros al votar este domingo. Que Orbán pierda tiene que ver con la razón y, sobre todo, con recuperar soberanía.