Frente a la precisi�n y riqueza del vocabulario espa�ol, el genio del idioma ingl�s reside en su talento para condensar cualquier predicado complejo en una f�rmula breve, cortante, que resalta -a menudo sin piedad- lo esencial. En el pr�logo a un recomendable estudio de la fundaci�n brit�nica
Civitas sobre "warfighting readiness" (preparaci�n b�lica),
Lord Robertson, ex secretario general de la OTAN, resume la encrucijada europea en un percutiente "under prepared and under attack", infrapreparados y bajo ataque. Visto desde el sur, el reto es incluso mayor: estamos infradispuestos, en el doble sentido de escasez de preparaci�n y carencia de determinaci�n.Faltan capacidades, reservas, tejido industrial y rapidez de adaptaci�n. Falta disposici�n mental, pol�tica y social para aceptar que nuestro entorno ya no es el de la larga posguerra europea. Seguimos pensando con categor�as de paz en un momento que ya no se rige por ellas. �se es el n�cleo del problema. Por d�cadas, Europa pudo concentrarse en la integraci�n econ�mica, la prosperidad y la cohesi�n interna porque la seguridad exterior descansaba en un tercero. El reparto de funciones fue exitoso al punto de terminar pareciendo natural. Hoy comprobamos su reverso: no s�lo externalizamos la defensa, externalizamos la conciencia de lo que significa mantener un orden digno de ese nombre.Por eso el desaf�o europeo no se agota en el porcentaje del PIB dedicado al gasto militar. Europa no padece �nicamente un d�ficit de medios. Padece un d�ficit de adecuaci�n al tiempo hist�rico. La Uni�n fue articulada para impedir la guerra entre Estados miembro, no para afrontar amenazas exteriores crecientes. Su logro fue domesticar la pol�tica de poder en el continente; sus l�mites resultan indiscutibles cuando esa pol�tica regresa de allende nuestras fronteras en forma de agresi�n existencial, coerci�n econ�mica, sabotaje, desinformaci�n o presi�n tecnol�gica.El mencionado documento de
Civitas incluye una observaci�n que en Europa deber�a figurar a la entrada del despacho de todo jefe de gobierno: los ej�rcitos libran batallas, los pa�ses libran guerras. Es decir, la preparaci�n no puede circunscribirse a las fuerzas armadas ni a los ministerios de Defensa; abarca al conjunto del ejecutivo, a la econom�a, a las infraestructuras cr�ticas, al sector privado. A la sociedad en su totalidad.Y exige algo que Europa ha ido orillando: n�mero, masa. No s�lo elementos sofisticados, sino munici�n, reservas, industria expandible, mano de obra cualificada, stocks y aptitud de movilizaci�n. Hemos venido actuando como si la excelencia tecnol�gica pudiera suplir la cantidad y como si la eficiencia bastara all� donde la resiliencia pide redundancia. La guerra de Ucrania ha devuelto brutalmente esta realidad al primer plano.Ha puesto de manifiesto, adem�s, otra verdad inconveniente: en buena parte de Europa persistimos en tratar la guerra como si fuera una crisis. Y no lo es. Una crisis se administra. Una guerra se gana o se pierde. La diferencia no es ret�rica. De ella dependen la magnitud del compromiso, la disposici�n a asumir sus consecuencias y la propia comprensi�n de lo que est� en juego.Ormuz lo proclama con especial crudeza. El bloqueo del estrecho no es s�lo un episodio m�s de inestabilidad en Oriente Medio. Es una prueba de realismo para europeos instalados en la premisa de la apertura asegurada de rutas y del libre flujo de energ�a y comercio. El angosto paso entre el Golfo P�rsico y el mar Ar�bigo recuerda hoy lacerantemente a Europa que ha desarrollado su econom�a, su discurso pol�tico y su idea de la transici�n energ�tica como si el aval estrat�gico corriera siempre por cuenta ajena.Y entonces aparece Trump. No corresponde juzgar aqu� si su c�lculo es acertado, si su conducta es responsable o si la omnipresencia de su impronta en el desorden actual le permite la impudicia de interpelar a los europeos OTAN. Lo crucial es el efecto pol�tico del desplante. Despu�s de haber protagonizado el incendio del tablero con Ir�n, Estados Unidos confronta a sus afines con una interrogaci�n desazonadoramente simple: si Ormuz es vital para vosotros, �qu� est�is dispuestos a hacer?La cuesti�n no es jur�dica ni moralizante. Es estrat�gica. Y Europa, una vez m�s, vacila entre la protesta, la comodidad y la impotencia. La evoluci�n de las �ltimas horas en Ir�n no corrige esa impresi�n; la agrava. La brusca oscilaci�n de Washington -de la amenaza m�xima a una tregua precaria presentada en los t�rminos de Teher�n- no brinda un �pice de certidumbre. Al contrario, subraya hasta qu� extremo la seguridad europea sigue sujeta de decisiones extra�as, �speras y mudables. Y eso afecta no s�lo a la gesti�n del Golfo, sino al sustrato mismo de confianza sobre el que descansa la estructura atl�ntica. Una alianza vive de capacidades, pero asimismo de fiabilidad. Si �sta se erosiona, la disuasi�n se resiente.Ah� est� el aut�ntico nervio del asunto. Durante a�os hemos preferido hablar de multilateralismo, autonom�a o desescalada en abstracto, como si el problema consistiera en hallar la sentencia correcta. Pero en Ormuz no cabe ese consuelo. Ormuz obliga a calibrar la relaci�n entre energ�a, poder naval, industria, comercio y voluntad pol�tica. Obliga a admitir que la seguridad de los flujos no se aguanta con declaraciones. Y obliga igualmente a reconocer que cuando el garante dosifica, retrasa, se ofusca o condiciona su v�nculo, queda al descubierto la envergadura de nuestra subordinaci�n.No se trata de encomendarse de lleno a la OTAN ni de a�orar automatismos ayunos de virtualidad alguna. El debate europeo respecto de la Alianza es hoy m�s confuso y m�s est�ril: sabemos que el marco ha cambiado, pero permanecemos sin reorganizar nada a fondo. Ni plena asunci�n del imperativo del Tratado de Washington en una andadura nueva, ni habilidad de reforzarnos all� donde Europa deber�a cesar de comportarse como mero consumidor de material americano. Nadamos entre dos aguas, y esa indefinici�n es vulnerabilidad. Porque la OTAN no descansa �nicamente en medios; se asienta tambi�n en una expectativa de reciprocidad. Y cuando desde la Casa Blanca se pretende convertir un dram�tico trance provocado por una iniciativa propia en examen moral de la lealtad europea, lo que se deteriora no es s�lo la atm�sfera pol�tica del momento; se da�a la confianza b�sica sin la cual una alianza pierde densidad estrat�gica.La Uni�n, sin duda, arrastra un desajuste de dise�o. Fue concebida para normalizar el espacio interior, no para responder a una �poca de coerci�n exterior sostenida. Sus instrumentos de cooperaci�n en defensa, por �tiles que sean en ciertos aspectos, vienen en gran medida se�alados por una l�gica de inercia: procedimientos lentos, incentivos industriales dispersos, obst�culos para traducir urgencia estrat�gica en determinaci�n ejecutiva. Dicho sin rodeos, una maquinaria configurada para regular no se transforma de la noche a la ma�ana en un repertorio competente para proteger rutas, asumir costes y priorizar teatro sobre teatro.Y, sin embargo, �sa es exactamente la clase de mundo en que estamos entrando. Ucrania no ha dejado de ser el frente principal para la seguridad europea. Pero la tensi�n en el Golfo nos recuerda que los conflictos no se presentan secuenciados ni por cap�tulos. Se superponen. Se contagian. Desplazan atenci�n, recursos y urgencias. La cat�strofe de Oriente Medio encarece la energ�a, favorece a Rusia por precio e ingresos, complica el apoyo continuado a Kyiv y somete a prueba la capacidad europea de pensar simult�neamente en varios teatros. Tambi�n por ello seguir llamando "crisis" a lo que es ya un entorno de confrontaci�n prolongada entra�a algo m�s que un error conceptual; es una manera de no prepararse. Y una comunidad que no quiere nombrar la amenaza dif�cilmente encontrar� el valor para afrontarla.La insuficiencia, en s�ntesis, no es s�lo de armamento. Es de gobierno, de ambici�n y de voluntad. Europa ha sustituido en demasiados �mbitos la direcci�n por la gesti�n, la previsi�n por el procedimiento, la resiliencia por la eficiencia y la estrategia por la espera.Infradispuestos: �se es el diagn�stico. Ormuz no ha precipitado una crisis m�s. Ha rasgado el decorado. Ha mostrado hasta d�nde somos tributarios de seguridades que no controlamos, mientras evitamos decidir qu� intereses estamos realmente dispuestos a proteger y a qu� coste. Una Europa que no responde a esa pregunta por s� misma acabar� obligada a aceptar la respuesta de otros.