El secuestro de
Quini vuelve a ser noticia a raíz del estreno de una miniserie sobre sus veinticinco días de cautiverio en 1981. Nostalgia obligada para los que por entonces éramos púberes. He revivido las lágrimas que de crío derramé con motivo de su liberación. Tenía un póster suyo en mi habitación, la clásica estampa del jugador en cuclillas con el brazo derecho extendido hacia el suelo aprisionando con la palma de la mano el balón. A esa imagen le recé durante todos los días que duró su pesadilla. Oraciones de lo más egoístas. No pedía por su salud, sino por la del Barça y por ganar una
Liga que los barcelonistas, incluidos los más pequeños, intuimos con acierto que el secuestro convertiría en una hazaña imposible.
Quini, tras ser liberado, abrazado al entonces presidente del
Barcelona" class="entity-link entity-organization" data-entity-id="6749" data-entity-type="organization">FC
Barcelona Josep Lluís Núñez Pérez de RozasPero no fue esa la única ocasión en la que sollocé por culpa de
Quini. Un año y tres días después debuté con once años como espectador en el
Camp Nou. ¡Mi primera vez! Tan especial era la ocasión que mi madre me procuró una muda de estreno completa: pantalón, camisa y zapatos. No sólo eso. El día antes fui obligado a pasar también por la peluquería.El conjunto blanquiazul nos pasó por encima. Perdimos por 1-3 en un encuentro vergonzosoEl Barça-
Espanyol lo merecía. La
Liga estaba en el saco. Faltaban cinco jornadas y los culés contábamos con cinco puntos de ventaja sobre la
Real Sociedad y seis sobre el
Real Madrid. Una distancia insalvable, teniendo en cuenta que solamente se disputaban dos puntos por partido.Llegó el domingo y peregrinamos a
Barcelona los hombres de la familia. Mi abuelo, mi padre, mi tío y un servidor: ¡la comarca nos visita! Un día por todo lo alto repleto de aventuras. Comimos en la
Barceloneta en compañía de pescadores que estaban al tanto de nuestra excursión. A la salida del restaurante advertimos que nos habían robado el radiocasete del coche. Pero alguien debió avisar a los quinquis de que no merecíamos un trato tan descortés y el aparato reapareció a los pocos minutos.Luego la procesión al
Camp Nou. Y el niño, yo, maravillado ante el colorido de unas gradas que observaba por primera vez. Mi padre, fiel a su manual educativo, me hizo notar que las entradas de tribuna segunda gradería que disfrutábamos habían costado un pastizal. Guardo como oro en paño la fotografía de ese momento.Pero la embriaguez sólo duró hasta el inicio del partido. El
Espanyol nos pasó por encima. Perdimos 1-3 en un encuentro vergonzoso. Y yo la tomé con
Quini. ¿Con quién si no? Me sentí tan traicionado por él que le dediqué, ante el estupor de los educados vecinos de tribuna, mi repertorio infantil de insultos que era bastante completito a pesar de la edad. ¡Así pagaba el delantero mis oraciones! Con el pitido final más lágrimas de desconsuelo. ¡Otra vez por culpa de
Quini! Y de nuevo el convencimiento de que íbamos a tirar la
Liga, como así sucedió.Lee tambiénEsta tarde de nuevo nos vemos las caras con el
Espanyol. El Barça es líder con siete puntos a falta de veinticuatro. La
Liga está tan sentenciada como lo estaba aquel 28 de marzo de 1982, que aun así acabó convertido en el prólogo de uno de los mayores descalabros barcelonistas de la historia del campeonato. Las lágrimas de un niño dejan marcas invisibles en los mofletes, pero sobre todo en el carácter. Así que hoy, por si acaso, no estrenaré ropa ni visitaré al peluquero.