El popular Juan Manuel Moreno Bonilla sostiene que el 17 de mayo se juega su segunda reelección como presidente de la Junta de Andalucía por “15.000 votos”. Se trataría de poco más que el doble del margen con el que obtuvo hace cuatro años su cómoda mayoría absoluta de 58 escaños sobre 109, tres por encima del límite. Entonces se hizo con los últimos escaños de cuatro provincias, Sevilla, Málaga, Cádiz y Córdoba, por una diferencia en conjunto de solo 7.223 papeletas, apenas dos décimas del total de sufragios válidos.Ahora, según esos cálculos de Moreno, todo dependería de nuevo de un puñado de votos en las ocho peleas por el último diputado de cada circunscripción, el más rentable. Se trata de lo que se conoce popularmente como “los restos”, aunque sea una incorrección técnica, porque estos no se usan en los repartos con el método D’Hondt, que adjudica los escaños a través de los cocientes de cada partido, sin cálculos adicionales.Todo apunta a que, en un escenario efectivamente de gran incertidumbre, Moreno efectuó un ejercicio de dramatización para movilizar a su base ante el riesgo de depender de Vox. Pero, al mismo tiempo, el presidente andaluz puso el foco en la debilidad en votos de su contundente e histórica gesta del 2022, circunstancia que entonces pasó desapercibida. El 43,1% de los votos válidos que sacó supone el segundo porcentaje más bajo con el que se ha obtenido la mayoría absoluta en la España autonómica, tras el 42,8% del PSOE en Valencia en 1991.Chaves sacó en 1996 y en 2000 seis diputados menos que los populares en el 2022 con un punto másEn el PP se agita ahora la paradoja de que en diciembre la extremeña María Guardiola se quedó a cuatro escaños de la gloria con precisamente ese mismo 43,1% de su compañero. Pero los sistemas de ambas autonomías resultan muy distintos, y lo de Moreno fue excepcional. De las 77 mayorías absolutas autonómicas, solo cuatro se sacaron con menos del 44%.Abundan más los supuestos contrarios, de resultados bastante altos que no otorgaron el control del Parlamento. Por ejemplo, en Madrid en mayo del 2003, en Baleares en el 2007 y en Extremadura en el 2011, el PP se quedó a un diputado del éxito con más del 46%. En la propia Andalucía, el socialista Manuel Chaves superó el 44% en 1996 y 2000, pero ambas veces sacó 52 escaños, tres por debajo de la mayoría y seis menos que Moreno hace cuatro años.Los caprichos de la ley D’Hondt, se acostumbra a concluir en España ante tales paradojas. Pero aunque la fórmula creada por el belga Victor d’Hondt sea muy relevante, pues funciona como un “poderoso corrector” de la fragmentación, según se afirmaba en el preámbulo del decreto ley de 1977 que lo introdujo en España, en los sistemas electorales operan más factores. Por ejemplo, en un parlamento mucho más grande, con los 53.118 habitantes por diputado que hay en la Comunidad de Madrid y con un reparto entre provincias en función de la población, sin primar al voto rural como ahora, Moreno no habría sacado la mayoría por un escaño.La del PP andaluz es la segunda mayoría absoluta autonómica obtenida con el porcentaje más bajoAndalucía tiene el Parlamento más pequeño en relación con su población y ocho provincias, solo superadas en una por Castilla y León y el doble, por ejemplo, que Extremadura. Cada vez que se hace un reparto de escaños se introducen distorsiones, en especial si se efectúan con D’Hondt y en un sistema de partidos tan peculiar como el andaluz que emergió hace cuatro años y que todo indica que a grandes trazos sigue en pie.En el 2022, con un método de reparto de escaños muy proporcional, como el de Hare, Moreno no habría triunfado. Pero con D’Hondt rentabilizó al máximo el impulso de su primera legislatura en el poder. Absorbió todo el desplome de Ciudadanos, mientras frenaba el alza de Vox, con una izquierda en declive y partida en dos. Aun así, lo fundamental residió en el hundimiento del PSOE, con un 24%, frente al 45% que tuvo de media entre 1982 y 2015. En el 2022 se quedó a 17 puntos del PP, que alcanzó un dominio aplastante en los repartos de escaños en las provincias. En tres, Cádiz, Córdoba y Sevilla, no solo se hizo con el último en juego, sino también con el penúltimo, algo nada común, propio de cuando un partido se dispara con claridad por encima del 50% de los votos.Aunque en Granada y Almería el PP fue la fuerza que se quedó a las puertas de sacar un diputado más, las diferencias resultaron amplias, de 9.689 votos respecto al PSOE en el primer caso y de 7.330 en relación a Vox en el segundo. En cambio, en esa misma pelea por el diputado decisivo, los populares solo superaron a los socialistas por 1.060 papeletas en Cádiz y 1.156 en Sevilla. En Málaga, en este caso respecto a Vox, la distancia fue mayor, de 3.792 sufragios, que se redujeron a 1.215 en Córdoba, también en competencia con los ultras.Al afirmar que depende de solo “15.000 votos”, Moreno pone el foco en la crucial batalla por el último escañoLa ciencia política distingue dos tipos de mayorías absolutas, las obtenidas con más del 50% de los votos y las sacadas con un porcentaje inferior, fabricadas por el sistema electoral. En la España de la fragmentación, desde el 2015 todas las que hubo en las autonomías pertenecen a esa segunda categoría, pues el resultado más alto fue el 48% de Alberto Núñez Feijóo en Galicia en el 2020. Con porcentajes más cercanos al 40%, el margen para las sorpresas aumenta. Así, el 17 de mayo Moreno tanto podría reeditar su mayoría con un 42% como perderla con el 43%. Son los caprichos del sistema electoral y, también, del azar.