El Fondo Monetario Internacional ha criticado al gobierno español por haber hecho frente a la crisis energética a base de reducir el IVA a los combustibles. No lo ha hecho explícitamente, pero sí de forma clara. Su razonamiento es diáfano: si los precios suben porque la oferta se ha reducido, lo que hace falta es gestionar la reducción de la demanda, no tomar medidas para que ésta no baje.En un primer momento podía parecer que la subida era transitoria porque la guerra sería breve, pero ahora está claro que la crisis será larga. Es cierto que las hostilidades se han suspendido, y es cierto que tanto EE.UU. como los iraníes están objetivamente interesados en que la suspensión sea definitiva, pero no es menos cierto que los israelíes desean exactamente lo contrario y que en los últimos meses en dos ocasiones las bombas han caído sobre Irán mientras tenían lugar negociaciones. En cualquier caso, en la mejor de las hipótesis –un acuerdo de paz estable– el suministro desde el Golfo de energía, de fertilizantes nitrogenados y otros productos industriales básicos permanecerá durante muchos meses por debajo de los niveles previos al inicio de las hostilidades. Es posible que los precios bajen (ahora están un 50% por encima de los de enero-febrero), pero lo ineluctable es que durante una larga temporada el mundo tendrá que prescindir de una parte de la energía que venía consumiendo.Lo necesario no es que los trabajadores lleguen a fin de mes, sino que ganen lo suficiente para lograrloPor otra parte, el FMI y las autoridades monetarias nos advierten que si los gobiernos no toman medidas eficaces para que la escasez de energía no se traslade a los precios, se verán obligadas a restringir el crédito, forzando una contracción económica: sal sobre la herida.El resumen es que es necesario gestionar el empobrecimiento que la crisis nos impone a todos (excepto a los exportadores de energía que no tienen problemas de suministro, empezando por EE.UU. y por Rusia). Ayer, Josep Oliver abogaba por que las ayudas se concentren en las familias “en riesgo de pobreza”, que según el Idescat son un 19% del total. Estoy de acuerdo siempre que no olvidemos que este tipo de medidas deben ser transitorias. Nuestro principal problema no es que tengamos pobres, sino que tenemos trabajadores pobres; es decir, familias que no llegan a fin de mes a pesar de trabajar. Ayudar a estas últimas no es sino ayudar con fondos públicos a quien los contrata y quién disfruta de sus servicios: un disparate. Lo que es necesario no es que los trabajadores lleguen a finales de mes, sino que ganen lo suficiente para conseguirlo.Más allá de las medidas inmediatas –necesariamente paliativas–, es necesario preocuparse por el después.El mundo no volverá a ser como antes, porque ha quedado clara la fragilidad de un orden que depende demasiado de una región con un conflicto enquistado. De las crisis de 1970 salió la eficiencia energética y el fracking ; de esta debe salir un impulso renovado a la transición energética y –me temo– un motivo más para reconsiderar la decisión de cerrar las nucleares.