Coreografías de luchas hiper ralentizadas a un lado, la escena más icónica de la película Matrix era la disyuntiva que Morfeo le planteaba a Neo: optar por la pastilla roja (símbolo de verdad y liberación) o por la pastilla azul (ignorancia y acomodo). Durante las últimas tres décadas, ha habido un país que probablemente haya canalizado como ningún otro este dilema a través de su oferta cultural y lúdica: enfrentarse al trauma y al dolor en tanto que vía hacia la catarsis y la regeneración, o acallar a los fantasmas y demonios por medio de una narcotización despreocupada. La historia de Corea resume como pocas el convulso siglo XX: víctima de las sangrientas ansias expansionistas de
Japón durante la
Segunda Guerra Mundial, seguida de una guerra entre el Sur y el Norte que fue el primer gran conflicto de la
Guerra Fría y acabó en una partición lacerante. A esto se une la conversión de
Corea del Norte en la última dictadura comunista del planeta, amén del territorio más inexpugnable y fuente de relatos escalofriantes sobre el día a día de sus habitantes y la odisea de tantos que quisieron escapar.Mientras el feudo septentrional de una dinastía de sátrapas continuaba herméticamente sellado, sus vecinos de abajo protagonizaban un milagro económico. De estar sometidos a una sucesión de dictaduras militares que vetaron traspasar sus fronteras hasta bien entrados los años 80, los surcoreanos consiguieron que, a principios del siglo XXI, uno de cada cuatro habitantes de la Tierra utilizara un teléfono móvil fabricado dentro de las mismas. De ser una nación rescatada por el
FMI en 1997 tras declararse en bancarrota, entraba en el nuevo milenio con un PIB disparado y una bajísima tasa de desempleo. De ser un país básicamente conocido por haber acogido los
Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 y por ser la cuna del taekwondo, de golpe sus grandes chaebol o multinacionales (
Samsung,
Hyundai, KIA, Daewoo, LG) se escampaban por todo Occidente.La concesión del Nobel a
Han Kang (Gwangju, 1970) ha dado un nuevo impulso a la literatura de
Corea del Sur. La reciente publicación de ‘Tinta y sangre’ multiplica el interés por esta autora Dani Duch / Propias¿El precio? Una presión estudiantil y una competencia laboral tan inhumanas que los suicidios devinieron un tema de salud pública, al tiempo que las pulsiones autocráticas y corruptelas de sus dirigentes políticos nunca dejaron de copar los titulares de prensa.La omnipresencia tecnológica de
Corea del Sur fue la antesala de una irradiación todavía más potente y de mayor escala: la del fenómeno conocido como hallyu (ola coreana), es decir, la penetración y popularidad que su oferta de entretenimiento ha tenido a nivel global desde el cambio de siglo. A finales de la década de los dos mil, el gobierno surcoreano y un grupo de empresas privadas de entretenimiento se aliaron para crear y distribuir contenido que proyectara una determinada imagen del país (modernidad, tecnología punta...), reflejara unos ciertos valores sociales y culturales y, por descontado, ayudara a la promoción de determinados productos. El punto de inflexión fue sin duda la irrupción de PSY, ese cantante de vestimenta estrafalaria y baile caballuno con su megahit Gangnam Style en el año 2012. (Su par infantil vino a ser el taladrante tema Baby Shark). Luego llegarían los culebrones lacrimógenos, la consolidación del nuevo cine coreano abanderado por directores como Kim Ki-duk, Chan-wook Park o Joon-ho Boong, la expansión urbi et orbi de las bandas de K-Pop, la película Parásitos rompiendo taquillas y haciendo historia en los Óscars, y la serie televisiva El juego del calamar batiendo récords de streaming. Desde entonces, la hallyu no ha dejado de crecer y también de colonizar nuevos ámbitos como los videojuegos, las tiras cómicas e historietas —conocidas como mahwas—, la vestimenta tradicional (hanbok), la gastronomía —¿quién no está familiarizado a estas alturas con el soju o el kimchi?—, los productos de estética (fenómeno llamado K-Beauty) y la cirugía plástica (K-medicine) o el mismo aprendizaje del idioma coreano.El país en el divánSin llegar a ser obviamente excluyentes ni sustitutivos, podría decirse que tras la tecnología y el entretenimiento ahora le ha llegado el momento a la literatura de
Corea del Sur. Lo que significa ingerir la pastilla roja (casi) por defecto. Si los móviles, coches y electrodomésticos venían a representar el escapismo de la pastilla azul, y que gran parte de los contenidos de la oferta lúdica apostaban también por la diversión y el colorido, las letras han tendido a la sociedad en el diván, la han convocado a un aquelarre, han hurgado en sus heridas y logrado con todo ello revelarle al mundo cuánto trauma queda por superar.⁄ La autoras, como Choi Jin-young, Bora Chung, Mirinae Lee o Hye-Young Pyun, son las grandes protagonistas del boomGran parte de la literatura coreana se entiende bajo el concepto de han o haan, tan genuino y difícil de traducir. En él se concentran sentimientos como el aislamiento, la opresión, el resentimiento, el dolor o la injusticia, ejemplos pues de bilis negras que son resultado de ofensas a la colectividad. Estas heridas abiertas —muy ligadas a traumas del pasado, caso de la ocupación japonesa, la guerra o la dictadura— se filtran en forma de malestar y rabia que afectan a la psicología profunda de los personajes, en ocasiones de maneras tan sutiles que a un lector occidental le resultan difíciles de reconocer. Dos hechos han testimoniado el empuje internacional de la narrativa sudcoreana: 1) la concesión del Premio Nobel de Literatura a
Han Kang (Gwanju, 1970) en 2024, convirtiéndola en la primera mujer asiática en obtener la distinción, y 2) que tres autores coreanos —la propia Kang, Bora Chung y Cheon Myeong-kwan— hayan colocado sus obras en las shortlists del International Booker Prize.Mirinae Lee, retratada en BarcelonaXavier CerveraAunque el goteo de títulos traducidos del coreano al castellano y al catalán ha sido ininterrumpido en los últimos años, no cabe duda de que la varita de la Academia Sueca sobre la frente de la autora de La vegetariana ha redoblado el interés de los lectores y la fe de los editores en los mismos. De aquí que resulte de justicia empezar el siguiente muestreo citando la reciente publicación de Tinta y sangre/Tinta i sang (Random House/La Magrana) novela inédita donde Kang plantea la investigación de una mujer por desmentir el rumor de que una pintora, íntima amiga suya, se suicidó. Suerte de thriller o suspense existencialista, y con la violencia y el arte una vez más en el centro del discurso, la obra es un nuevo ejemplo de algo que ha trabajado la Nobel con especial ahínco, pero que es consustancial a las letras de su país: el enigma o la zona ambigua que demandan una interpretación activa del lector. El sentido elusivo o el vacío desconcertante es uno de los rasgos más sugerentes de aquéllas, lo que en parte se explica por la distancia cultural, pero que cabe pensar más en clave de cómo la sombra o lo inexplicable o lo enquistado, ya sea a nivel histórico, social o personal, genera interrogantes que sólo los sueños, la fantasía o la dislocación de la realidad permiten abordar. Esto se aprecia con fuerza en El pozo (Planeta) de Hye-Young Pyun (Seúl, 1972), donde el protagonista, Ogi, yace postrado en la cama tras un brutal accidente de coche en el que muere su esposa. Imposibilitado para comunicarse, moverse, tomar decisiones y dar indicaciones, Ogi está por completo a merced de la voluntad y los caprichos de su suegra. Más allá de la rabia y la humillación que le provoca la situación, prolifera el desconcierto y la angustia que resulta del hecho de que la agraviada madre de su difunta pareja sea un libro cerrado en cuanto a sus verdaderas intenciones (igual que antes lo fue su hija, igual que lo es en parte la literatura coreana y esta misma novela). Ogi es incapaz de descifrarla, y tan pronto la ve una aliada como una enemiga, un ser vulnerable como una amenaza. La mujer cava una serie de misteriosos hoyos en el jardín que el lector puede o no rellenar, a los que puede asomarse o no (pastilla roja o pastilla azul). ¿El pozo insondable de las pesadillas patrias?La escritora surcoreana Hye-Young-Pyun durante su visita a BarcelonaMane EspinosaEl pasar cuentas con la salvaje dominación japonesa, la guerra civil y la fractura del país es también un asunto recurrente en el panorama narrativo coreano de las últimas décadas. Su atroz siglo XX queda condensado, si bien ofreciendo respiraderos como la aventura y el humor, en el personaje de la anciana Mook Miran, acaparadora de Las ocho vidas de una centenaria sin nombre (Salamandra) que le ha imaginado Mirinae Lee (Seúl). Dueña de una existencia plagada de episodios inverosímiles, reveses y peripecias, así como de mutaciones y secretos de aquellos que uno preferiría llevarse a la tumba, Miran concentra siete identidades: esclava, escapista, asesina, terrorista, espía, amante y madre. El detalle de cada una de ellas es un trayecto por el amor, la amistad, los vínculos familiares, la guerra, las aventuras, los abusos contra las mujeres, los conflictos morales, el peso de la memoria, las tácticas de supervivencia y la reflexión sobre la importancia a la hora de contar bien una historia. Ningún episodio más crudo de los abordados por Lee que la explotación sexual del personaje a manos del ejército imperial japonés, un horror que también recorre Keum Suk Gendry-Kim (Goheung, 1971) en su exitoso cómic Hierba/Herba (Reservoir Books), basado en la historia real de Lee Ok-sun, una joven coreana que durante la Guerra del Pacífico fue forzada a ejercer como mujer de consuelo. La misma autora —que vive en una isla fronteriza con
Corea del Norte— ha indagado en otro cataclismo del pasado reciente como es la división del país en 1950; atendiendo al drama de la separación de familiares que aún sueñan con el reencuentro décadas más tarde en La espera/L’espera (Reservoir Books), y conjeturando sobre el recorrido vital y la psicología del líder supremo en Mi amigo Kim Jong-un / El meu amic Kim Jong-un (Reservoir Books).ENTREVISTA A CHOI JIN-YOUNG“El amor loco puede traer tragedia, pero también elevarnos a seres sublimes”La frase hecha “te quiero tanto que te comería” se sale del plano metafórico en Hambre (Hoja de Lata) de Choi Jin-Young (Seúl, 1981), historia de amor fou, trágica y caníbal de dos veinteañeros de Seúl para los que la muerte de uno de ellos por culpa de las deudas no supone el punto final (piénsese en concederle un ángulo gastronómico a la película Ghost). Análisis del desamparo de una juventud sometida a unas expectativas familiares, educativas y laborales asfixiantes, la novela —publicada originariamente en su país en 2015— es un ejercicio de sobriedad estilística y de reflexión metafísica, donde lo más crudo se aborda con la mayor delicadeza. - ¿Qué intentaba transmitir sobre la sociedad coreana a través de los protagonistas de Hambre? - Es una época de energía desbordante, de gran potencial y en la que puedes intentarlo todo, pero también puede ser complicada. No conoces muy bien el mundo ni a la gente, y no sabes quién eres, pero aun así tienes que cumplir el rol de un adulto. Las generaciones más jóvenes tienen más que aprender del fracaso y la frustración que de los logros y la superación personal. Sin embargo, no les damos suficientes oportunidades para volver a intentarlo. Además, esas oportunidades se dan de forma diferente según el capital que tengamos. Gu en Hambre nace en una familia pobre y pasa su vida entera pagando las deudas de sus padres. Creo que las generaciones más jóvenes perciben la injusticia y el absurdo del mundo con mucha más sensibilidad y franqueza que sus mayores. - Hambre se enfrenta a un tabú en su núcleo, una idea muy perturbadora. ¿Cree que conmocionar al lector era inevitable para ser honesto con el propósito de la novela? - Puede sonar extraño, pero cuando escribía Hambre la idea del canibalismo no me resultaba particularmente impactante. En retrospectiva, creo que se debe a dos razones. Primero, si recordamos los mitos y cuentos de hadas que leíamos de niños, a menudo presentan escenas aún más raras. Personas abiertas por un rayo, padres devorando a sus hijos, estatuas transformándose en humanos. Los niños leen estas historias extrañas y las aceptan de inmediato. No suelen confrontarlas con la realidad como hacen los adultos. En segundo lugar, las escenas extrañas de los mitos y cuentos de hadas tienen un elemento metafórico. También usé la imagen del comer, de devorar, por esa misma razón. Quería hablar de cómo la sociedad capitalista trata la vida humana. Mucha gente considera que si la economía se desarrolla y ellos ganan poder, no les importa si mueren personas en las guerras. A través de mi novela, quise plantear la pregunta de qué es más bárbaro: el consumo humano o la compraventa de vidas humanas por dinero. - Algunos podrían argumentar que representa el amor de una manera muy radical, extrema y oscuramente romántica, como una fuerza impulsora cercana a la locura. ¿Está de acuerdo? - Creo que el amor es necesario para afirmar plenamente esta vida, llena de dolor, absurdo y desesperación. El amor es una emoción verdaderamente extraña e inexplicable. Porque amamos, odiamos y nos ponemos celosos. Por otro lado, al amar nos sacrificamos y nos entregamos plenamente. El amor loco puede traer tragedia, pero también elevarnos a seres sublimes. El amor, fundamentalmente, nos hace sentir nuestras carencias y nos lleva a reconocer que somos imperfectos. Reflexionar sobre las diversas facetas del amor puede ayudarnos a encontrar esperanza en las emociones que genera. - Al final del libro, menciona que lo escribió en una especie de éxtasis o sueño. - Lo escribí en un mes, durante un invierno muy frío. Lo único que pude hacer fue dormir, comer y escribir en mi habitación. Creo que estaba completamente inmersa en el mundo de la novela. Al entregarla, advertí que veía el amor de otra manera. Antes de escribirla, anhelaba un amor feliz. Después, perseguí un amor que también abarcara la infelicidad. Escribir novelas me ha transformado gradualmente en una persona diferente.El conservadurismo, el sometimiento a la tradición y la jerarquía, la rigidez detrás del concepto de familia, la represión sexual y, en general, la censura de todo aquel que pretende desafiar unos códigos de conducta muy estrictos, o que es simplemente “diferente” a ojos de los guardianes de la moral y el decoro, son temas ampliamente representados en las letras coreanas. En Sobre mi hija (Las Afueras), Kim Hye-Jin (Daegu, 1983) indaga en el amplio rechazo aún imperante en la sociedad a la comunidad LGBTIQ+ a partir de las tensiones y desencuentros que genera en una mujer tener que dar cobijo a su hija y su novia ante su desamparo económico. Otra suerte de ostracismo es el que dibuja la misma autora en Soy todo oídos (Las Afueras), retratando el escarnio público y el acoso en redes de una terapeuta a la que un desafortunado comentario en la radio empuja a los márgenes. Y no se puede estar más desplazado del centro normativo y del cuerpo social que los dos jóvenes protagonistas de El que fem bé és demanar perdó (Males Herbes) de Lee Ki-ho (Wonju, 1972, nótese que es el primer hombre en asomar por esta pieza), internos en un psiquiátrico forzado a cerrar por abusos, a los que su inesperada libertad agudizará el ingenio y con los que su creador alumbra un dueto cómico cuyas miserias personales son resultado de las de carácter sistémico.Los inclasificablesY tras tantas dosis de realismo aciago, cerramos con un bloque dedicado a propuestas singulares, con su toque marciano incluso, pero que con su mezcla de imaginación disparatada y espíritu transgresor seguramente captan con mayor justicia la locura que supone vivir en un lugar donde las riendas del país vecino están en manos de un tirano con un arsenal nuclear, y circula una fijación malsana por el cutis perfecto y por bautizar a las cafeterías con nombres franceses de ridícula pretensión chic. Lo onírico y lo inefable atraviesan las páginas de Ballena (Shiro Libros) de Cheon Myeong-kwan (Yongin, 1964), poblado de seres excéntricos y con lugares que habrían complacido a Federico Fellini, como un cine en forma de cetáceo en medio de la nada y un circo ambulante. Niñas mudas que hablan con elefantes, yakuzas con el corazón roto que se cercenan un dedo, una tuerta que domestica abejas con un silbato... para una celebración fastuosa de la mente soñadora. Darle una vuelta de tuerca a la idea del tanatoturismo —la visita a lugares marcados por acontecimientos trágicos u oscuros— es lo que lleva a cabo Yun Ko-eun (Seúl, 1980) en La turista (Reservoir Books), donde una trabajadora de una agencia de viajes especializada en destinos golpeados por un desastre natural debe ingeniárselas para transformar una isla paradisíaca del sudeste asiático en la gallina de los huevos de oro de su empresa. Cheon Myeong-kwanGetty/Dominika ZarzyckaLeer Ballena y La turista podría servir de entrenamiento para afrontar la escalada en términos de electroshocks argumentales y sacudidas emocionales que procuran los cuentos de Bora Chung (Seúl, 1976) reunidos en los volúmenes Conejo maldito y Tu utopía (ambos en Alpha Decay) donde se citan lo fantástico y lo perturbador, la fábula y el terror, lo distópico y lo satírico. Tras leer el primero, uno nunca podrá ver con los mismos ojos una lámpara, un inodoro o una píldora anticonceptiva, mientras que el segundo nutriría las tramas de varias temporadas de una versión asiática de la serie televisiva Black Mirror, y cabe apresurarse a hacerse con un ejemplar antes de que los amos de las Big Tech lo prohíban. /Licenciado en Periodismo y Humanidades, en La Vanguardia desde 2008. Actualmente es redactor del suplemento Cultura/s. Antes pasó por la sección de Última Hora.