Durante la década de 1860, los países escandinavos alumbraron a algunos de los más grandes pintores de finales del XIX y principios del XX: el sueco
Anders Zorn (1860-1920), el noruego
Edvard Munch (1863-1944), y el danés
Vilhelm Hammershøi (1864-1916). La proximidad geográfica y cronológica sin embargo no produjo un parentesco en sus respectivas obras, muy distintas entre sí: Munch es conocido como el pintor de la angustia, Hammershøi como el de la soledad y Zorn es el retratista cosmopolita. Una afortunada coincidencia permite ahora disfrutar, y comparar, la obra de los dos últimos en
Madrid, en las que constituyen sus primeras exposiciones individuales en nuestro país, aunque hay que destacar que el
CCCB de
Barcelona fue pionero en presentar los trabajos de Hammershøi, en una muestra conjunta con el cineasta
Carl Theodor Dreyer en el año 2007.
Anders Zorn: 'Medianoche', 1891Foto: ©
Zornmuseet, MoraA muchos aficionados al cine las habitaciones de Hammershøi les traerán a la memoria el apartamento en el que se desarrollaba la película La chica danesa , del 2016. Porque el pintor danés es conocido por sus habitaciones vacías, o con los más mínimos elementos, desnudas de cualquier detalle que pueda distraernos, geometrías y juegos de luz calculados y casi inauditos. Hay una búsqueda se diría que metafísica en lo que un crítico definió como “desolación incolora”, un misterio que se esconde tras las puertas cerradas, tal vez sólo es otra habitación. Hay también en esas salas despobladas algo que conecta con el sentir actual, una complejidad psicológica que lo convierte en moderno, como lo fue en su momento, para ser relegado poco después de su éxito, destino de muchos artistas hasta que algo o alguien los pone de nuevo en valor.Hammershøi: 'Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30', 1900Anders Sune BergEn el caso del danés fue una exposición colectiva, Luz del Norte: Realismo y simbolismo en la pintura escandinava, 1880-1910, que se presentó en el Museo de Brooklyn a principios de la década de 1980, y en la que su obra llamó inmediatamente la atención del público y de los críticos, igual que lo hizo Luz del norte/Llum del nord, que con el mismo espíritu se presentó en el Reina Sofía de
Madrid y el MNAC de
Barcelona en 1995, y de la misma manera que sigue sorprendiendo, ahora como protagonista, en la muestra en el
Museo Thyssen-Bornemisza de
Madrid, en la que se presentan noventa óleos y dibujos del artista y de algunos de sus contemporáneos. Hammershøi produjo poco más de 400 piezas en sus 51 años de vida, de las que una sesentena fueron pintadas en el apartamento de Strandgade 30 en Christianshavn, Copenhague, donde Vilhelm e Ida Hammershøi vivieron desde 1898 hasta 1908. Su esposa Ida también fue uno de sus principales motivos pictóricos, la retrató cosiendo, leyendo, sentada al piano, simplemente estando. También la vemos a menudo de espaldas, como a otras de sus figuras, mujeres solitarias y silentes en un espacio doméstico.Zorn: ‘Elizabeth Sherman Cameron’, 1900Colección particular Foto: © Åmells Fine Art Gallery, EstocolmoHammershøi se inició en la pintura de niño, animado por su madre, y pronto descubrió sus (pocos) motivos pictóricos, también sus colores, blancos, grises, marrones, apagados, sobrios. Se le ha comparado por ello con James McNeill Whistler, a quien el danés admiraba. Sus retratos de familiares y amigos –se negaba a pintar por encargo, al contrario de
Anders Zorn–, sus pinturas de edificios de Copenhague o Londres y los paisajes de la isla danesa de Selandia mantienen este colorido y esta arquitectura, austeros, melancólicos. La muestra del Thyssen-Bornemisza destaca la relación de Hammershøi con la música. Una música callada.No muy lejos del museo, en la Fundación Mapfre, el espectador se encuentra con la obra radicalmente distinta de
Anders Zorn, menos en boga actualmente que Hammershøi, quizás porque sus pinturas son vigorosas y vitales, y repletas de energía y resolución apelan menos a este momento inseguro y dubitativo, aunque para los suecos se trata de uno de sus pintores más apreciados. Sus motivos fueron muy amplios, sus viajes, también, se dejó influir por el orientalismo, disfrutó en sus visitas a España, estancias en ocasiones de hasta seis meses, practicó un gusto por lo exótico que lo llevó también a Argelia, donde produjo unas acuarelas excepcionales. Su talento para esta práctica abrió las puertas de la Academia de Bellas Artes de Estocolmo a aquel niño de orígenes humildes procedente de la provincia de Dalecarlia, en el interior de Suecia, y criado en una granja por sus abuelos; sus padres, que se habían conocido en una fábrica de cerveza, nunca llegaron a casarse.Hammershøi: 'Los edificios de la Compañía Asiática, vistos desde la calle Sankt Annæ, Copenhague', 1902National Galley of DenmarkEl talento y las ganas abrieron camino al joven Zorn, que abandonó los estudios, aburrido y con la independencia económica obtenido por su temprano éxito. Su matrimonio con Emma Lamm, miembro de una acomodada familia judía, amplió sus horizontes, viajó varias veces a Estados Unidos, a Rusia, a Alemania, a Gran Bretaña, a Italia, llegaron los encargos de presidentes, banqueros y figuras culturales, hasta los Reyes de Suecia fueron sus clientes. Era la época de Sargent, de Sorolla, los tres se relacionaron al frecuentar la misma sociedad, y se admiraron mutuamente, al punto de que el sueco retrató al pintor español en 1906, el cuadro puede verse en la muestra de Mapfre. También se exponen un buen número de pinturas realizadas durante su etapa parisina, donde los Zorn se establecieron entre 1888 y 1896, retratos a los que aporta una perspectiva inédita al pintar a a sus modelos en situaciones que reflejaban su identidad, pero también elementos de la vida moderna, como un Ómnibus lleno de pasajeros.Zorn: 'La Alhambra', 1887Foto: ©
Zornmuseet, MoraCosmopolita, pero bien aferrado a la tierra, a la suya. En 1896 volvió a Mora, la pequeña ciudad de Dalecarlia donde había nacido. Su nueva producción, paisajes, tipos humanos, ferias, trabajos agrícolas se adscribe en las corrientes nacionalistas románticas que reivindicaban los valores encarnados por las sociedades y la naturaleza rurales; sus pinturas de tradiciones campesinas, de bailes, de jóvenes engalanadas contribuyeron a forjar esta imagen idealizada de la cultura sueca. Su defensa de la identidad también se tradujo en la recuperación y conservación de tejidos y objetos tradicionales y ejemplos de la arquitectura rural. Un registro también histórico lleno de autenticidad.Hammershøi. El ojo que escucha. Comisaria: Clara Marcellán. Museo Thyssen-Bosnemisza.
Madrid.museothyssen.org. Hasta el 31 de mayoUn lugar en el mundo. Pinturas de
Vilhelm Hammershøi. Relatos de Henrik Pontoppidan, Hans Kirk, Suzanne Brogger, Peter Høeg. Editorial Nórdica.
Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra. Comisaria: Casilda Ybarra Satrústegui. Fundación Mapfre.
Madrid. fundacionmapfre.org. Hasta el 17 de mayo