Manuel Vilas (
Barbastro, 1962) ha escrito un libro de 395 páginas para contar su divorcio.
Islandia, que así se llama la novela, termina en el año 2063 y el narrador aún sigue profundamente enamorado de
Ada, la mujer que le dijo: “ya no estoy enamorada de ti”. Como le hizo notar una lectora recientemente,
Ada no le dijo que no lo quería sino que ya no estaba enamorada, que no podían ser marido y mujer. Ese matiz que hoy desata debates en un club de lectura, probablemente hubiera sido un clavo ardiente al que agarrarse si el narrador hubiera reparado en él con la herida recién abierta, pero entonces afortunadamente no lo vio. Fue la lectora quien le hizo ver la diferencia porque
Islandia es una confesión tan extensa y meticulosa que anima a otros a contar sus culpas y desamores. Es lo que le está pasando a Vilas en cada una de las presentaciones que mutan en consultorios sentimentales. Los lectores le susurran mientras él firma libros: “Yo también lo pasé mal”.'
Islandia' es una confesión tan extensa y meticulosa que anima a otros a contar sus culpas y desamores¿Cómo se encuentra ahora?No estoy muy bien. Lo tenía bastante superado pero ahora con la promoción del libro vuelvo a revivirlo todo y me está costando.¿Tenía algunas referencias de novela que fuera un bucle en torno a una ruptura?No, tampoco las busqué. Me puse a escribir de forma simultánea al divorcio, el libro es como un calco de la realidad. Es una salmodia, una oración que se repite y en cada repetición hay algo nuevo. El 70% de la novela es ese bucle, luego en las páginas finales se introduce una ficción.El autor, en un momento de su viaje a IslandiaCedida por
Manuel Vilas¿Es su libro más terapéutico?Con Ordesa hice la misma terapia. Cuando me pasa un cataclismo lo cuento en una novela. Si al ciudadano que soy le pasa algo se lo apropia el escritor que llevo dentro y lo trabaja en su taller literario para construir una novela. Es como si llevara un Alien. Dijo
Jorge Luis Borges, “Yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”. Yo no soy Borges pero me pasa algo parecido. Cuando la vida es apacible me dedico a escribir ficción. Mi novela anterior, El mejor libro del mundo, es una autobiografía sobre la entrada en los sesenta años. La presencia del número seis me asustó mucho.Dice en '
Islandia' “el amor ha de ser social para que cumpla toda su liturgia y sus atavismos”. ¿No cree en los amores secretos?El amor tiene que enseñarse para que acabe siendo real. Dos amantes secretos pueden alcanzar la plenitud, pero cuando dos personas se enamoran hay un impulso de contarlo, porque el amor tiene una dimensión social.Las rupturas tambiénCon las separaciones se produce una murmuración interminable sobre todo en los círculos donde esas personas son conocidas. Es un país que declara unilateralmente la independencia, y eso causa mucho revuelo, pero después la murmuración va cediendo ante la actualidad. Ya sabes que una noticia solo lo es 24 horas.El asunto económico gravita una y otra vez en la historia. ¿Es tan importante en las relaciones quién tiene más dinero o quién viene de una familia mejor colocada socialmente?Realmente la economía no es tan importante pero uno se da cuenta después. El divorcio es también la ruptura de una economía común. El narrador se queda sin casa, vive en Madrid y empieza a hacer cálculos. Y ahí me gusta que entre una realidad sociológica. No entiendo que ha pasado en Madrid con el precio de las casas. No te puedes comprar nada decente dentro de la M30 con menos de un millón de euros. Y en España para acumular ese dinero se necesitan dos vidas. Pero al final, es un susto, el narrador va viendo que saldrá adelante, y el problema real y también su suerte es que sigue enamorado de
Ada y confía en su bondad, sabe que ella lo ayudará.Portada de '
Islandia?Ediciones Destino¿En cuánto tiempo escribió la novela?La escritura fue simultánea al divorcio, que sucedió el 20 de mayo de 2025. A principios de septiembre entregué el primer borrador, intervinieron mis editores y en noviembre estuvo lista. Durante junio, julio y agosto escribía a destajo, todo el día. Ha sido el mejor ansiolítico y antidepresivo del mundo, escribía y dejaba de sufrir. Escribía en la misma casa que compartía con mi ya exmujer y en el crucero que se narra en la novela, en la mesa del camarote. No hacía otra cosa.Algún crítico le ha llamado cursi y hombre español tristeHay quien se meten conmigo publique lo que publique, aunque mañana firmara Madame Bovary. Algunos me están esperando para ajustar cuentas. Con el crítico de El País (Nadal Suau) había tenido una polémica a propósito de los críticos que apoyan una novela literaria que vende 3.000 ejemplares, pero si esa misma novela tiene la suerte de convertirse en un éxito de ventas entonces la desprecian. Es una actitud esnobista, se dicen pero cómo voy a apoyar una novela que se lee en los clubs de lectura de la España profunda. Me insultó en Facebook y luego va y hace la reseña de mi novela. Me parece un caso de mala praxis periodística. No me importa que me pongan mal, es parte del oficio, pero el periodismo tiene unas reglas deontológicas.¿Cambiarías algo de la novela?Esa novela se escribía en ese momento o no se escribía. Ahora estoy en otro momento psicológico y moral. No podría ni retocarla. Se perdería toda esa salmodia, ese dolor. Ahora releo cosas y pienso: ¡vaya tonterías! Me sorprende el grado de inconsciencia pero, yo que sé, me gusta que la vida sea un fenómeno sin límites, y ¿para qué poner diques a un río salvaje?¿Habéis conseguido ser amigos?Por supuesto. Solo hemos dejado de ser marido y mujer, pero somos los mismos amigos íntimos que éramos. Eso me tiene fascinado. La novela busca hacer pedagogía social y durante la promoción he acuñado un concepto, subdesarrollo emocional, para calificar las relaciones que acaban en odios feroces. Cuando una pareja rompe y nace el odio es que nunca hubo amor. Dudo que Shakira y Piqué llegaran a amarse de verdad.