En el más absoluto secreto y sin oportunidad de despedida,
Gernika , el monumental mural antibélico de Picasso, cedido en préstamo al
MoMA durante 42 años, abandonó Nueva York anoche rumbo a su hogar definitivo en España”. La crónica del
New York Times del 10 de septiembre de 1981 describía la discreción con la que se había llevado a cabo la “repatriación” de una obra que en aquel momento fue valorada extraoficialmente en 40 millones de dólares a efectos del seguro. No hubo ceremonia de despedida, ni siquiera se avisó al público de su salida inminente, solo un acto privado en el que el entonces ministro de Cultura Íñigo Cavero afirmó que el cuadro no solo enriquecería el patrimonio, sino que planteaba “una exigencia de reconciliación entre todos los españoles en el marco de la constitución democrática”.El autor de la noticia ya vaticinaba que, “una vez instalado en
Madrid”, el
Gernika “no volverá a prestarse, ya que el repetido enrollado y desenrollado del lienzo, necesario para diversos préstamos europeos –realizados a petición de Picasso y en contra del consejo del
MoMA– durante los años cincuenta, ya ha causado graves daños a la superficie”.“Una vez instalado en
Madrid, el cuadro no volverá a prestarse”, anunció ya el ‘
New York Times’ en 1981Había llegado a Nueva York en 1939 después de viajar por una larga serie de ciudades con el fin de recabar ayuda económica para el bando republicano. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial Picasso quiso depositarlo a buen recaudo en el
MoMA, lejos de la España de
Franco, pero sus continuos viajes por el mundo hicieron mella y, en 1957, la restauradora jefe del museo,
Jean Volkmer, decidió consolidar la capa pictórica mediante la aplicación de una mezcla de cera y resina. La intervención resultó ser fatal, porque al tiempo que estabilizaba la pintura los materiales se infiltraron en la tela endureciendo la superficie y haciéndola muy sensible a cualquier vibración.Picasso, que era consciente de que se trataba de un cuadro herido, había dejado la instrucción tajante de que el lienzo volviera a suelo español una vez recuperadas las libertades. Tras años de resistencia de los herederos del artista y de los responsables del
MoMA, además de algún que otro percance (en 1974 el artista y activista
Tony Shafrazi escribió sobre la tela con pintura en aerosol roja “Kill lies all”, en protesta por la guerra de Vietnam), el
Gernika era enrollado por última vez. Embalado en una caja viajó a
Madrid en la bodega de carga de un avión de Iberia custodiado por funcionarios españoles. Su primer destino fue el Casón del Buen Retiro de
Madrid, el edificio del Museo del Prado donde permaneció una década protegido por un cristal antibalas y custodiado por la Guardia Civil en previsión de posibles atentados.Aun así, al que se conocía como “el último exiliado” todavía le quedaba el viaje definitivo. En 1992, once años después de su llegada a España, el cuadro abandonó el Casón del Buen Retiro rumbo al Museo Reina Sofía, donde desde entonces es contemplado cada año por casi dos millones de visitantes. Esta vez se trasladó sin enrollar. Se mantuvo recto, con sus casi ocho metros de largo y tres y medio de alto. La logística fue de una enorme complejidad y sofisticación, nada comparable, sin embargo, a la tormenta que desató el traslado entre museos. Los que se oponían al cambio de sede alegaban que la voluntad de Picasso era que se quedara en el Prado –museo del que fue nombrado director–, mientras que en favor del Reina Sofía se aducía que el propietario de la obra era el Estado español, que pagó al artista 150.000 francos por el encargo para el Pabellón de la República en París pese a su reticencia a cobrar.