En cada concierto de esta gira,
Rosalía en muere en escena y entona sus últimos versos desde la tumba. Sucede durante la interpretación de su tema Magnolias , con el que hasta ahora ha cerrado las funciones. Así ha sido en
Lyon, en
París, en
Madrid y en
Lisboa, y así será a partir de mañana en el
Palau Sant Jordi de
Barcelona. El fenómeno artístico
Rosalía se compone de muchas capas y no solo en lo que respecta a su prodigioso mestizaje musical: también en el nivel de trascendencia de su poemario. Divertimentos, canciones de despecho, pero, sobre todo, delirios místicos rematados por su propio réquiem, son los registros que conviven en el repertorio de la barcelonesa. Ahí entran de lleno Magnolia y otros pasajes de Lux .Se califica a menudo de romántico un tipo de subproducto pulcro y facilón que por exceso de azúcar causa serias indigestiones, ya sea en la literatura, en el cine o en la música. Seguro que
Rosalía comparte público con artistas que viven de inducir esa lágrima fácil porque no saben hacerlo de otra manera. Pero lo suyo es otra cosa.Escuchar ‘Magnolias’ con los ojos cerrados es una inmersión en la Ofelia de MillaisSe suele considerar que son rasgos definitorios del romanticismo la exaltación de la libertad creativa y de los sentimientos, la capacidad de dar a lo ordinario un aspecto misterioso o la irresistible atracción por la muerte y su aparato escénico. Esta corriente está presente en el imaginario de
Rosalía y cristaliza en ese himno final, en el que la artista visualiza su propia muerte: “Sobre mi ataúd KTMs quemando rueda / Lágrimas y goma se derriten en la madera / Gasolina y vino tinto, puros y chocolate / Bailando con amor encima de mi cadáver / Hoy se derrocha, burlando la suerte / Y lo que no hice en vida, lo hacéis en mi muerte / Tírame magnolias, tírame magnolias.”Hay muchas rosalías posibles, y todas tienen su público. Esta última, en concreto, entronca con una tradición romántica que, más de dos siglos después, tiene plena vigencia: los aficionados al arte llenan las exposiciones de
Caspar David Friedrich; se sigue representando a
Schiller;
Guillermo del Toro triunfa con una versión de Frankenstein que recupera la pulsión romántica que le dio
Mary Shelley y hay una serie de novelistas, como
Mariana Enríquez, que han irrumpido en sellos editoriales de prestigio con relatos que son historias de horror y poesía. Es sugerente escuchar cómo
Rosalía y Enríquez (que convirtió al poeta John Keats en protagonista de una de sus novelas) comparten confidencias sobre espectros en un podcast de Spotify.La top model del XIX Elizabeth Siddal posó para Millais en una bañera.El tema Magnolias evoca bien los referentes mortuorios románticos y prerrafaelitas, emparentados en la contemplación estética de la muerte.
Rosalía entona sus versos con la misma serenidad que emana de la máscara mortuoria de La desconocida del Sena . Pero también nos recuerda a ese cuadro de Millais en el que la Ofelia de Hamlet yace en una laguna con una mortaja de violetas, ortigas, margaritas y ranúnculos. Es
Rosalía quien incorpora la magnolia a este relato, flor asociada a la belleza deslumbrante. Ella es quien la hace brotar en su propio universo alegórico.Es así como se crean los referentes simbólicos y es así como se renuevan los ya existentes. La pulsión romántica es un itinerario a seguir dentro del repertorio de
Rosalía. Insistimos: hay otros y son igual de gozosos. Pero este permite recrear momentos mágicos de la literatura y el arte.Lee tambiénPor suerte,
Rosalía es una mujer joven y preparada que para hacer su trabajo utiliza los avances del momento. En su muerte en escena no corre la cantante el riesgo que sí corrió la Ofelia del cuadro de Millais, quien, además de ser considerada una top model del siglo XIX, era también artista. Se llamaba Elizabeth Siddall y enfermó gravemente durante el posado para el cuadro en una bañera, ya que en una de las sesiones se apagaron las velas que mantenían caliente el agua.
Rosalía vestida con alas de ángel en el concierto de
Lyon Getty Images/Gareth CattermoleMurió de una sobredosis de láudano años después y ni siquiera en su tumba tuvo reposo. Su marido, el poeta Dante Gabriel Rossetti, la exhumó a los seis años del entierro y recuperó de entre los restos unos versos inéditos que había regalado a la pobre Elizabeth para que la acompañaran en la posteridad. Se había quedado sin inspiración y no tenía copia.Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: 'Siete días en la Riviera'