Hay que ver lo que sigue dando de sí el Gernika de Picasso. En su día, este cuadro simbolizó el rechazo a la guerra y sus horrores. Durante la transición sus reproducciones reemplazaron en los pisos de los progres la imagen de la última cena de Jesús con sus apóstoles. Ahora ha bastado que el Gobierno vasco volviera a pedir su exposición temporal en el
Guggenheim Bilbao para recolocarlo en el centro del debate político. Como si no hubiera otros asuntos más graves. Sin ir más lejos, los protagonizados por el exministro popular
Fernández Díaz y el exministro socialista Ábalos, que esta semana se han sentado en el banquillo, junto a otros perlas que los acompañaron en sus andanzas.El Gernika es, esencialmente, un alegato contra la barbarie bélica que se ensaña con los civiles. Picasso lo pintó poco después de que la Legión Cóndor soltara más de treinta toneladas de bombas incendiarias sobre la homónima villa vizcaína, que mataron a 1.654 guerniqueses y destruyeron el 85% de sus edificios. Pero no faltan contemporáneos que ven en dicho lienzo una palanca para su discurso político.
Ander Gillenea / AFPPor ejemplo, los nacionalistas vascos, que consideran el préstamo temporal como “un gesto de reparación simbólica hacia el pueblo vasco”, cuando el bombardeo es irreparable y la responsabilidad en tal masacre del prestatario es nula. Que piden al presidente del Gobierno que ceda a su presión y demuestre así “valentía política”, como si no la hubiera acreditado ya negándose a satisfacer a Trump. Y añaden que no prestarlo sería un “grave error político”, como si le recordaran al Ejecutivo que, aun siendo menos antipáticos que Junts, también pueden tumbarlo. ¿Acaso no sería un error político del PNV apartarse de su productiva línea de peix al cove solo porque los vascos tienen que ausentarse de su comunidad para ver el cuadro?Otra que ha apreciado una palanca política en el debate sobre el Gernika ha sido la presidenta de la Comunidad de
Madrid, siempre tan castiza y cínica, que ha tenido el cuajo de calificar de “catetos” a los peticionarios vascos, mientras soltaba alguna trola. Por ejemplo, decir que “desde
Madrid queremos que todos crezcamos juntos”, cuando ella es la reina del insolidario dumping fiscal. Y, también, que “la cultura es universal”, cuando la suya bascula entre las cañas, la tradición local y el ultraliberalismo, y encima le aconseja otorgar los premios universales de su comunidad a sujetos como
Javier Milei o a los EE.UU. de Trump. ¿Quién es aquí el cateto?La memoria histórica puede ser oportuna, pero más lo es curar las heridas del presentePese a lo que opinen unos u otros, el Gernika no irá de momento a Euskadi. Lo dejó claro Ernest Urtasun el martes al reafirmar que, aun “entendiendo la sensibilidad de los vascos” en este asunto, su obligación como ministro de Cultura es “preservar el patrimonio”, y en particular esta obra frágil de más de 27 metros cuadrados de superficie, ya dañada en una treintena de viajes previos.O sea, que el cuadro seguirá donde está, como esos enfermos cuya delicada situación no admite traslados sanitarios. Ahora bien, nada indica que el catetismo vaya por ello a desaparecer de nuestro guiñol político. Pese a que ya no tiene ningún sentido tildar a alguien de cateto para desacreditarle: hoy se puede vivir conectado con el mundo sin renunciar a ser pueblerino. Y, sobre todo, porque algunos centros de decisión globales están hoy en manos de palurdos que exhiben sin reservas su ignorancia, su arrogancia y su escasísima empatía con el prójimo.El catetismo nunca ha sido un problema menor, pero antes parecía privilegio de los más desfavorecidos o incultos. Ahora anida tanto entre poderosos capaces de fastidiarnos la vida como entre la plebe enganchada a sus pantallas, que las venera como fuente inagotable de saber, cuando quizás estén actuando como inhibidoras de sus facultades mentales, de sus dotes para la razón y la reflexión.La preocupación por la memoria histórica, que ahora se presenta como motivo para reclamar el Gernika, puede ser oportuna. Pero más lo es curar las heridas abiertas del presente, por las que se nos va escapando el futuro.