No sé si a ustedes les gusta besar y ser besados; si es así, recuerden que mañana, 13 de abril, se celebra el día internacional del Beso, de manera que, de acuerdo con la efeméride, si son partidarios de juntar los labios y moverlos como si fueran a soplar sobre una superficie, a ser posible carnal, háganlo cuantas veces se les antoje. Nadie, me parece, podrá recriminarles un acto tan celebratorio, siempre que la besada o el besado esté de acuerdo, claro. No vayan a acusarles de no aceptar lo de no es no, cosa siempre muy grave y no tener en cuenta lo del sí es sí. Mané EspinosaIgual que me ocurre con otros días de tal o cual estipulados por los organismos internacionales, entiendo que hay que tomárselos a modo de implicación personal. Me pregunto, no obstante, hasta qué punto mañana se podrá poner en práctica en público la acción besatoria y si en el trabajo se nos va a dar un rato para practicar el beso sin descontarlo de la nómina y sin recriminación.A lo mejor si Sánchez besa a Núñez Feijóo e Illa a Puigdemont –beso por correo–, las cosas mejoranDesconozco, igualmente, si aquí, en alguna ciudad o pueblo, ya han sido establecidas, como en Tailandia, de donde procede el asunto del ósculo generalizado, competiciones de besos. Al parecer, han sido los tailandeses los que desde hace unos años organizan concursos de besos, en los que lo que importa no es tanto la calidad de besar –puesto que los expertos aseguran que ejercita más de 30 músculos de la cara y los mantiene tonificados, reduce la aparición de las líneas de expresión, disminuye el estrés, la tensión y la ansiedad, e incluso ayuda a adelgazar, puesto que permite quemar calorías–, sino la duración, eso es, el tiempo en que se mantiene. Lo obligado es seguir con el mismo beso sin intervalo alguno, durante infinitas horas.Cuentan que fue una pareja tailandesa la que en el 2012 batió el récord besándose 58 horas, 35 minutos y 58 segundos. En el mismo concurso el año anterior solo se mantuvo 46 horas, de manera que superó con creces su marca anterior. Imaginamos que tuvieron que practicar mucho, ya que, según me entero, es condición imprescindible para concursar ser matrimonio o pareja estable y contar con la acreditación de tales, por parte de sus progenitores, mediante papeles. El premio es importante: dos mil quinientos euros, una fortuna que en bahts, la moneda tailandesa, aún resulta más suculenta. Ignoro si hay indicaciones sobre la conveniencia de dedicar el monto a necesidades familiares o al ahorro, ni si se dan premios a los finalistas. En consecuencia, queridos lectores, no les puedo informar.En la época en que aquí los besos estaban prohibidos –con Franco sí pasaba–, e incluso besarse en un parque conllevaba una multa y quienes dejaban que las besaran eran consideradas unas frescas, las monjas y los frailes de los colegios españoles censuraban los finales de las películas que nos permitían ver en días señalados si estas acababan con un beso. En vez de beso, aparecía una mano que era enseguida abucheada, pero solo los segundos que se tardaba en que se encendieran las luces.Las dictaduras suelen ser enemigas de los besos y la nuestra, que defendía a ultranza el nacionalcatolicismo, lo era con creces. Los únicos besos bien vistos eran los de las madres a los bebés, esos besos que tienen que ver con nuestros ancestros cuando tras la leche materna se nutría al pequeño con alimentos masticados por la madre que pasaban a la boca del hijo.Pero superada la época del parvulario, ya no solían prodigarnos demasiados besos, tal vez porque la consigna de la época era endurecernos. En cambio, a menudo éramos obligados a dar un beso a la vecina de enfrente, o a una parienta lejana que venía de visita. Dábamos un beso, no dos, como hacemos ahora, condicionados por la moda francesa. Hoy muchos niños no dan besos, porque no les apetece darlos y nadie les exige lo contrario, como ocurría entonces.Mañana es un día idóneo para evocar el primer beso. Ese que todos guardamos en el cajón mágico de los recuerdos maravillosos y también para pedir a nuestros dirigentes políticos, como en las bodas a los novios, que se besen. A lo mejor si Sánchez besa a Núñez Feijóo o viceversa, aunque solo sea con un beso fugaz, e Illa a Puigdemont –beso por correo–, las cosas mejoran. Mucha falta nos hace. Adelante, besémonos, bésense.