“No distraigas a tu enemigo cuando se esté equivocando”, decía Napoleón Bonaparte a sus generales. Y no le fue mal al pequeño francés hasta que se metió en el carajal de invadir Rusia, la piedra en el zapato de los autócratas europeos. Ni a Xi Jingping ni a Vladímir Putin les interesa distraer a Donald Trump del enorme error que cometió cuando decidió atacar Irán, arrastrado por la presión de los lobbies norteamericanos, las mentiras de Netanyahu y la asombrosa ignorancia del presidente.Una mujer camina ante un mural en Teherán Abedin Taherkenareh/EfeParece que todos menos él sabían que, aun arrasando el país persa, la victoria de EE.UU. sería pírrica y la resistencia interna implicaría un esfuerzo descomunal para controlar un territorio imposible incluso para la capacidad militar norteamericana. De momento, la guerra de Oriente Medio se salda con una lista de ganadores como Rusia, China, Israel o, pese a la destrucción, Irán, y una de perdedores, con Líbano, como siempre, y EE.UU., como casi siempre. Israel ha debilitado a su eterno enemigo iraní y ha ampliado su zona de seguridad, pero el régimen de los ayatolás tiene la llave del petróleo en Ormuz y ha demostrado ser resistente a los bombardeos masivos y a los asesinatos selectivos.Mejor le ha ido a Rusia. Ahora fuera del radar de las preocupaciones internacionales, sigue atacando a los ucranianos, cada vez más desasistidos de ayuda occidental. Además, vende petróleo y gas a espuertas, con los que financia y renueva su maquinaria bélica. Irónicamente, algunos de los que pregonaban el boicot al hidrocarburo ruso ahora imploran a Putin que se lo suministre para evitar el colapso ocasionado en el golfo Pérsico.Los desastres provocados por el pirómano de la Casa Blanca van desbrozando el caminoNo es el caso de China, que, además de mantener una fluida relación comercial con Irán y Rusia, dispone de la mayor reserva estratégica del mundo, 1.300 millones de barriles, aparte de haber apostado por energías alternativas pensando en la autosuficiencia.La imagen china también ha ganado enteros en el mercado de la credibilidad como socio más fiable que EE.UU., algo muy relevante cuando salgan a subasta los milmillonarios contratos para reconstruir los destrozos de la guerra. Pero el silencio de Pekín tiene un precio. Y el botín es Taiwán y sus fábricas de chips, que controlan el pulso del mundo.Los desastres provocados por el pirómano de la Casa Blanca van desbrozando el camino y lo único que falta por decidir es cuándo el declive de EE.UU. lo convertirá en un inofensivo gigante con los pies de barro y cómo disfrazar una invasión en toda regla para que parezca una reunificación inevitable. Con Trump en la Casa Blanca, quizás no falte mucho.