Conocimos a
Emilio Israel Cortés cuando se convirtió en el primer concejal de etnia gitana en la historia del
Ayuntamiento de Alicante. Era un joven licenciado en Derecho a quien
Sonia Castedo incorporó como asesor en su época como alcaldesa y con el que
Asunción Sánchez Zaplana contó en su época como consellera y al que más tarde incorporó a la lista municipal con la que el
PP concurrió a las elecciones de 2015. Se le auguraba un futuro brillante en la política, pero los avatares internos de la formación popular le dejaron fuera de juego y optó por aprovechar su sólida formación como jurista para inclinar su carrera hacia el mundo de la asesoría y la docencia.Muy aficionado al cine desde niño, y siempre concienciado por aportar su valía profesional a la comunidad, ha encontrado en el saber literario de su hermana
Sally Cortés, filóloga, el complemento perfecto para crear entre ambos la obra 'La imagen del pueblo gitano de la literatura al cine', editada por La Fragua. Desde la contraportada de la obra, lanzan un mensaje que justifica su empeño: “Lo que has leído en los libros y visto en el cine no somos los gitanos y gitanas de verdad. Es un burdo disfraz”. La idea del libro está muy vinculada a una afición antigua, casi de infancia, tuya y de tu hermana. ¿Cómo surge el proyecto?Sí. Mi hermana, por su vocación filológica, ya había investigado la figura de la mujer gitana en la literatura del Siglo de Oro y el Romanticismo. Y yo, desde niño, he sido un cinéfago: durante años fui recopilando películas, secuencias de series, datos sobre actores y actrices y todo tipo de materiales relacionados con la imagen del pueblo gitano en el cine.A partir de ahí, mientras daba formación en la universidad, surgió la idea de crear un curso sobre la representación del pueblo gitano en la cultura. Aquello nos permitió unir la investigación de mi hermana con todo mi archivo y darle una forma académica. Preparamos un primer material para la
Universidad Politécnica de Valencia, que tuvo mucho éxito, y después se repitió en la Miguel Hernández. Entonces pensamos que aquello no debía quedarse solo en el ámbito universitario: había que convertirlo en un libro más accesible, cercano y amable para el público general.En el libro os remontáis a la literatura y además distinguís entre tradiciones cinematográficas y contextos geográficos. ¿Por qué era importante ese enfoque?Porque no se puede entender la fuerza de los estereotipos sobre el pueblo gitano sin seguir su evolución histórica. Es impresionante lo mucho que la gente cree saber y lo poco que sabe en realidad: gran parte de lo que da por cierto procede de estereotipos que llevan siglos repitiéndose.Nosotros, además, no culpamos ni a la literatura ni al cine. Amamos ambos medios. El problema no nace ahí, sino en una combinación de factores históricos, políticos, legales, religiosos y sociales. Lo que hacen la literatura y el cine es recoger esos estereotipos, extenderlos y darles un soporte duradero.Es decir, la literatura y el cine no crean esos prejuicios, pero sí los refuerzan.Exacto. Los amplifican y les permiten sobrevivir. Quizá de otro modo no habrían llegado con tanta fuerza hasta hoy. A veces cambian de forma y parecen más amables, pero en el fondo persiste la misma idea: que hay algo problemático o maligno en la identidad gitana.En la literatura citáis casos paradigmáticos como Cervantes o Víctor Hugo. ¿Qué revelan esos ejemplos?Son muy reveladores. Tanto en La gitanilla como en el caso de Esmeralda (personaje de El jorobado de Notre Dame), se construyen personajes aparentemente amables, pero al final se introduce un giro: esas mujeres no eran realmente gitanas. En el fondo, en la mentalidad de la época no cabía que una gitana pudiera encarnar la bondad. Su virtud solo era explicable si, en realidad, no pertenecía a ese pueblo.Ahí se ve hasta qué punto operaba el prejuicio. Y junto a eso aparecen otros mitos terribles, como el rapto de niños o incluso el canibalismo, que llegaron a justificar condenas atroces en distintos lugares de Europa.¿Hasta qué punto esa carga histórica explica la persistencia del estereotipo?Es fundamental. Cuando el pueblo gitano llega a Europa, los estados modernos están en formación y buscan homogeneidad religiosa y cultural. Su presencia rompe ese ideal. En España, las primeras leyes contra los gitanos fueron, de hecho, leyes laborales y de extranjería: se les veía como competencia económica.Después vino algo mucho más grave: se les prohibió usar su lengua, su vestimenta e incluso decir que eran gitanos. Se les criminalizó. La Iglesia también contribuyó a presentarles como paganos, herejes o vinculados a la superstición. Si te prohíben existir como eres, mantener tu identidad ya te convierte en delincuente. Así se construye un imaginario que luego pasa a la literatura y al cine.La portada del libro y el calendario de próximas presentacionesHas dicho alguna vez que, a diferencia de otros tópicos nacionales, en este caso mucha gente cree que el estereotipo es la realidad.Sí, esa es una de las grandes diferencias. Todos manejamos estereotipos sobre ingleses, mexicanos o españoles, pero sabemos que son simplificaciones. Con el pueblo gitano pasa algo distinto: hay una convicción muy extendida de que el estereotipo describe la realidad.Por eso siguen dándose comentarios tremendos, incluso formulados como halagos. Ese “tú no puedes ser gitano, si eres muy bueno” es demoledor. No solo presupone que lo gitano es incompatible con la bondad, sino que convierte tus cualidades en una especie de prueba de que no puedes pertenecer a ese pueblo.Uno de los ejemplos más claros en el libro es el arquetipo de la mujer gitana. ¿Cómo ha evolucionado?Es un caso clarísimo. En la literatura romántica aparecen dos grandes modelos: la gitana amable, graciosa y bondadosa, y la femme fatale, el modelo de Carmen, asociado a la mujer libre, sexualmente autónoma e indomable. En aquel contexto, una mujer así era vista casi como una encarnación del demonio.Luego ese estereotipo evoluciona. En el cine de las últimas décadas la mujer gitana aparece muchas veces como una figura resignada, victimizada dentro de su propia cultura. Pero tanto una imagen como la otra son instrumentalizaciones. En ambos casos, lo que se termina señalando es la cultura gitana como origen del problema.Y ahí está la trampa: una mujer gitana solo parece merecer atención como heroína cuando se aparta de su cultura. Es decir, se la reconoce en la medida en que rompe con “lo gitano”, como si esa cultura fuera, por definición, una cárcel.También advertís sobre un cine que presume de realismo pero sigue mirando desde el prejuicio. ¿Te preocupa más eso que el estereotipo más folclórico o exagerado?Muchísimo más. Una caricatura ridícula puede resultar casi inocua. Yo puedo ver una escena disparatada en una película clásica o incluso en Snatch (película de Guy Ritchie protagonizada por Brad Pitt, que interpreta a un gitano) y disfrutarla como ficción. El problema llega cuando una película adopta un tono de realismo, cámara en mano, apariencia documental, y le hace creer al espectador que eso que ve es “la verdad”.Ahí el daño es mayor, porque ya no estás ante un estereotipo evidente, sino ante algo que se presenta como retrato fiel. Godard decía que un plano es una cuestión moral, y tenía razón: dónde colocas la cámara y hacia dónde apuntas es una decisión ética. Muchas veces se sigue apuntando al mismo lugar de siempre.Sin embargo, hay historias decisivas que apenas han sido contadas en el cine.Exactamente. Ahí está una de las grandes ausencias. Apenas existen películas sobre los cinco siglos de esclavitud del pueblo gitano en Europa del Este o sobre el genocidio nazi. Son hechos históricos enormes y, sin embargo, casi no tienen presencia en la pantalla.Se han hecho trabajos muy valiosos, como Aferim! de Radu Jude o Y los violines dejaron de sonar, de Alexander Ramati, y también Korkoro, de Tony Gatlif. Pero son excepciones. Lo llamativo es todo lo que sigue sin contarse.En España recordáis además un episodio brutal: la Gran Redada de 1749.Sí. Fue el primer intento de exterminio organizado contra el pueblo gitano en España. En una sola noche se detuvo a unas nueve mil personas por el mero hecho de ser gitanas; en los días siguientes la cifra llegó a unas doce mil. Fue una operación planificada durante un año, con participación del poder político y eclesiástico.Se expropiaron sus bienes, se separó a hombres, mujeres y niños, y muchos fueron enviados a trabajos forzados durante años. Algunos no recuperaron la libertad hasta dos décadas después. Y, sin embargo, este episodio sigue siendo un gran desconocido. Si no entendemos esa historia, difícilmente podemos comprender por qué ciertos prejuicios han resistido tanto.En el libro recorréis distintas cinematografías. ¿Qué diferencias habéis encontrado entre países?Es muy interesante ver cómo cada país proyecta sus propios miedos y fantasías. En el cine clásico estadounidense, por ejemplo, la figura del gitano se trata muchas veces de forma pintoresca o exótica, casi de opereta. Son representaciones absurdas, incluso cómicas.En España ocurrió algo particular: lo gitano se mezcló con el folclore andaluz hasta casi constituir un género propio. Hubo actrices y artistas vinculadas a ese imaginario que llegaron a ser grandes estrellas, y aunque la representación era estereotipada, también era más amable que otras.El problema es que, a partir de los años setenta y sobre todo en los ochenta, esa imagen se degrada. Desaparece el personaje simpático y aparece con fuerza el criminal, el entorno de la droga, la marginalidad y la violencia. Ahí el cine español fue especialmente duro con el pueblo gitano.¿Y hay ejemplos de películas o cineastas que sí merezcan una valoración positiva?Sí, claro que los hay. Tony Gatlif es fundamental. También películas como Aferim! o Los Tarantos tienen mucho interés. No se trata de pedirle a un director que “salve” a nadie, sino de exigir honestidad. El cine puede usar estereotipos, porque la ficción simplifica, pero la cuestión es desde dónde mira y qué fondo moral sostiene esa mirada.En los últimos años han surgido algunas películas europeas y españolas que intentan alejarse del esquema de los ochenta y prestar atención a realidades concretas, como Just the Wind, La mujer del chatarrero, La última primavera o Carmen y Lola. Algunas hacen avances, pero muchas siguen repitiendo patrones de fondo: continúan presentando la cultura gitana como origen del conflicto.El director de cine Tony Gatlif, en Cannes. JOHANNA GERON / ReutersEntonces, el reto también está en la mirada del espectador.Sin duda. Hay que ayudar al espectador a cuestionar lo que ve y a recordar que una película no equivale a la realidad. Ese es uno de los grandes objetivos del libro: desmontar la idea de que la pantalla refleja fielmente una verdad social.Porque lo más peligroso no es solo el prejuicio explícito, sino la naturalidad con la que asumimos ciertas representaciones como si fueran evidentes.También hablas de otros tópicos, como la asociación entre lo gitano y la música. ¿Qué ocurre ahí?Es otro ejemplo perfecto. El vínculo con la música puede parecer positivo, pero sigue siendo una generalización. Hay gitanos que no saben dar una palma, como hay personas de cualquier otro grupo que no encajan en los tópicos que se les atribuyen.La diferencia está en el tratamiento. Tony Gatlif, por ejemplo, trabaja la música como algo profundo, espiritual, expresivo, casi como una forma de memoria y de dignidad. En cambio, en otros contextos esa misma música ha pasado a ser un signo de marginalidad o de criminalidad. El tópico es el mismo; lo que cambia es la mirada.Da la impresión de que una de las grandes carencias sigue siendo la falta de voces gitanas contando sus propias historias.Totalmente. Ese es uno de los grandes vacíos. Hacen falta más escritores, cineastas, actrices, actores y ensayistas gitanos. Ya hay gente generando contenidos en redes y empezando a abrir camino, pero todavía es muy insuficiente.La literatura y el cine necesitan esas miradas desde dentro. No solo para corregir estereotipos, sino porque hay un enorme caudal de historias, de sensibilidad estética, de humor y de experiencia vital que merece ocupar espacio cultural. Ahí queda muchísimo por hacer.Y ahora incluso la inteligencia artificial reproduce esos estereotipos.Claro. La IA no inventa de la nada: refleja lo que ya circula en el imaginario colectivo. Si hoy le pides que genere la imagen de dos niñas gitanas cuando sean adultas, es muy probable que te devuelva una representación cargada de clichés. Eso demuestra que seguimos exactamente ahí: los prejuicios se adaptan a los nuevos lenguajes, pero no desaparecen por sí solos.