El 14 de abril de 1931 los primeros telegramas llegan a
Oslo. En España se ha proclamado la República.
Carl Huitfeldt no se lo piensa. El periodista del diario conservador noruego
Aftenposten vuela el día siguiente a París. En la capital francesa, primera etapa del exilio de la monarquía depuesta, observa una multitud delante del hotel Maurice. “¡Viva la reina!”.
Victoria Eugenia está, pero no se deja ver.
Alfonso XIII no ha llegado. Ante la embajada española, tres camiones de mudanzas cargan muebles.
José Quiñones de León también llegaa. Persiguiendo la noticia, Huitfeldt, en la treintena, sale en tren hacia Hendaya.El periodista, bien informado de la historia y la política españolas, empezó a escribir a partir de entonces un largo reportaje sobre el nuevo régimen. A través de la República de España: al volante y en la máquina de escribir, en la tierra del romanticismo y de la revolución se publicó en noruego en
Oslo a finales del año 1931. El libro, sin embargo, ha pasado desapercibido en España hasta que un siglo después La Vanguardia lo ha localizado en la Biblioteca Nacional de Noruega. El descubrimiento permite conocer mejor cómo se veía con ojos foráneos la nueva república y qué dijeron figuras de primer rango político al periodista.“Sed bienvenido a nuestro nuevo estado catalán”, le dice el presidente Francesc Macià en la GeneralitatDe entrada, a Huitfeld lo sorprende que en España haya “tantos analfabetos” y que cueste “encontrar lectores de diarios” en la calle. En cambio, ve militares por todas partes. En
Madrid, el 17 de abril todo parece “impregnado de calma y dignidad”. Le choca “la autocontención” de un pueblo “tan impulsivo” ante una victoria repentina y abrumadora. “La revuelta es, ante todo, una reacción contra una dictadura de ocho años, y se debe también a varios errores fatídicos por parte del rey”, anota. El periodista entrevista al ministro de Gobernación. “Es ahora que tiene que empezar la verdadera revolución. Todo se tiene que transformar, el estado se tiene que construir de nuevo”, dice
Miguel Maura. “El pueblo durante dos días estuvo enloquecido de entusiasmo, pero di orden de que todo el mundo volviera al trabajo y se cumplió por todas partes”, añade.Huitfeld, sin embargo, encuentra el hotel Ritz “vacío y desierto”. La aristocracia ha desaparecido. “Un flujo constante de nobles atraviesa cada día la frontera con mucho dinero. Hasta el punto de que el gobierno ha tenido que intervenir ante la fuga de capitales”. Las tiendas de lujo lo notan, y se anulan pedidos a las modistas. Sin embargo, en España “la revolución no ha llegado como a Rusia”. “Todo se ha desarrollado de otra manera de lo que Lenin había imaginado”.El periodista también entrevista a Alejandro Lerroux, a quien define como catalán. “Nuestra revolución se ha creado en los municipios. Los municipios han sido siempre refugios de libertad”, dice el ministro de Estado. ¿“No le parece que nuestra población ha demostrado una gran madurez en este momento, en el que cualquier pueblo habría podido perder la cabeza? Ni una tienda, ni siquiera las joyerías, ha tenido que cerrarse con barricadas”, remacha el republicano. “Crearemos una España unida, una república con paz y orden. Y sabremos evitar tanto la división como la deriva hacia la extrema izquierda. La república se mantendrá”, añade Lerroux, que no teme el bolchevismo.Dibujo que indica el recorrido de Carl Huitfeld tBIBLIOTCA NACIONAL DE NORUEGAPasar del
Madrid “orgulloso y digno” a Barcelona “es, en circunstancias normales, una transición; en tiempos revolucionarios lo es todavía más”. A la capital catalana el noruego llega por Sant Jordi. “En este pueblo catalán interesado por la literatura y amante del arte es precisamente eso lo que da marco a la fiesta”. La ciudad está “llena de colores, sol y música, las fachadas cubiertas de enormes banderas catalanas amarillas y rojas”. Las multitudes pasean por las Ramblas. Los libreros rivalizan en publicidad. “En uno de los puestos se alza una gran figura de Sant Jordi, que con su lanza atraviesa un dragón que personifica el analfabetismo. Otro librero ha dispuesto delante de su stand una trinchera de libros con un enorme cañón que dispara contra la ignorancia”.Por la noche, el presidente de la Generalitat de Catalunya calma una manifestación ante el consulado francés con un breve discurso. ¡“Macià! ¡Macià!”. El día siguiente, Huitfeldt lo entrevista en el Palau. El noruego sabe quién es Francesc Macià. Lo vio en el juicio en París de enero de 1927 a raíz de los hechos de Prats de Molló. “Ha envejecido, en las últimas semanas ha sido sometido a esfuerzos espirituales y físicos de una naturaleza poco común”. Pero reconoce “al héroe de la libertad” y sostiene que su rostro provoca admiración y simpatía inmediatas. “Sed bienvenido a nuestro nuevo estado catalán”, dice el president. “Estos han sido los días más felices en mi vida. El sueño de mi vida se ha cumplido. Ha sido maravilloso”.Al periodista le obsesiona el comunismo. Macià no teme nada y lo remite a Rafael Campalans, para que le explique cómo organizarán Catalunya y que le atribuya a él las declaraciones si quiere. Huitfeld pregunta por Andreu Nin. “Es buen amigo mío. No hace nada malo. Es trotskista y no tiene a nadie detrás”, dice el conseller de Instrucció Pública. Campalans asegura que quieren una gran república ibérica, con Catalunya y el resto de España, y en el futuro con Portugal, “así España podrá recuperar su antigua época de grandeza”.“Que Catalunya es un país propio, diferente del español, se percibe inmediatamente. Tanto en el aspecto, la lengua y el sonido, la población se diferencia de la castellana. Los mismos catalanes se sienten más emparentados con los provenzales que con los españoles,” escribe Huitfeld. A finales de abril retorna a París. En el lujoso hotel Crillon entrevista a Francesc Cambó. El noruego conoce la historia de Catalunya y del catalanismo y también el cáncer de garganta del regionalista. “Es la figura de estadista mayor de España, pero sus intereses políticos son diferentes de los del conservadurismo español”. Y añade que “nunca llegará a ser un líder popular español: Cambó se encuentra más a menudo en los salones parisinos y en la City de Londres que en la capital de su propio país”.Cambó, echado en un diván, le dice que la revolución se ha hecho “de la mejor manera que se podía desear” y que “la república puede devenir una forma de estado definitiva para España; la actitud del rey impide la formación de un grupo monárquico. Si el gobierno actúa con prudencia y sin espíritu de clan, la república quedará consolidada”. No teme contraataques monárquicos, ni peligros comunistas. “Catalunya tendría que obtener dentro de España la autonomía que ya precisó en 1919”, dice Cambó, que añade que se mantiene al margen de los acontecimientos para hacer “un servicio al país”. El liguista aparece ante el noruego como la imagen trágica de un impotente hombre de Estado que, lejos de su país, ve madurar los frutos de su obra sin poder cogerlos.Huitfeld volvió a la “nueva España” cinco meses después para ver cómo había cambiado y continuar su reportaje. En esta ocasión hizo más de cuatro mil kilómetros en coche desde San Sebastián, recorriendo “las extensiones desoladas de Castilla, las montañas de Navarra, los campos verdes del País Vasco, la sombra del Escorial, las edades medias de Toledo y Ávila, las tierras de ensueño de Córdoba y Granada, las ricas páginas de la costa oriental, los millares de iglesias, monasterios y mezquitas, las grandes ciudades y los museos”. El alma de España se encontraba “en la meseta, en aquel desierto inmenso y vacío donde se pueden recorrer kilómetros sin encontrar ningún signo de vida”, donde reconocía el paisaje de El Quijote, Velázquez y Goya. Acabó en Catalunya, “donde la naturaleza y los tipos humanos se hacen más europeos y menos exóticos”. Y Barcelona, “esta gran ciudad brillante que parece tan poco española porque es catalana, esta agradable mezcla de Londres y París”.La España republicana seguía siendo “el país del romanticismo y de la tradición, con un halo de misticismo”. Pero ya no era un lugar en que “hacía falta abrirse paso a caballo por regiones inseguras, alojarse en hostales sucios y comer un alimento imposible, sino que es más fácil y agradable viajar que en la mayoría de países, y más barato”. Los marineros noruegos habían difundido el mito peyorativo “de los españoles como unos pequeños individuos de piel oscura y de aspecto sombrío que apuñalan con un cuchillo y roban”, pero estos eran “personas bellas y amables, un pueblo orgulloso y altivo que despierta simpatía”.Después del periplo, al periodista le quedó “el sentimiento de grandeza” de España, que no era “solo el reflejo del poder y el esplendor del pasado”. Y se preguntaba si en los próximos años el pasado y el futuro de este país se encontrarán. Lo pudo comprobar de primera mano.
Carl Huitfeldt dejó el
Aftenposten en el año 1936. Durante la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en agregado de prensa del gobierno noruego en París y Londres y después del gobierno provisional francés de Charles de Gaulle en París y Argel. El año 1931, hablando con Macià, parecía que la “república catalana estuviera asegurada para la eternidad”. Pocos años después, la situación era bien otra.