La
UNESCO define patrimonio como “el conjunto de bienes, tanto materiales como inmateriales, que una sociedad reconoce como propios y que transmite a las generaciones futuras por su valor histórico, artístico o cultural”. Y si hay conceptos que en la academia funcionan con una eficacia casi automática, “patrimonio” lo es, por excelencia. Se invoca, se protege, se estudia y, en general, se da por sentado como un bien indiscutible. En ese contexto, Contra el patrimonio, de
Manu Martín (
Barlin Libros, 2026) propone una revisión crítica que no resulta tanto novedosa en sus premisas como significativa en sus consecuencias.El punto de partida del libro no es ajeno a los estudios culturales: el patrimonio no es una realidad neutra, sino una construcción social. Como ya apuntaba
Pierre Bourdieu, los procesos de legitimación cultural no son inocentes, sino que responden a estructuras de poder que determinan qué se considera valioso y digno de conservación. En esa misma línea, el autor —investigador en Historia Social del Arte, Memoria y Patrimonio Cultural, y colaborador en medios como
Público,
El Salto o
elDiario.es— insiste en que el patrimonio no solo conserva, sino que también selecciona, ordena y, en consecuencia, excluye.Portada de 'Contra el patrimonio'Barlin LibrosNo es un matiz menor: en las propias líneas biográficas que acompañan al libro se señala que su trabajo “se preocupa por discutir los relatos hegemónicos en la memoria patrimonial, la sacralidad cultural y la valorización del daño, la ausencia y la ruina. Con el don de la duda”. Toda una declaración de intenciones que, en cierto modo, anticipa el tono y la dirección del ensayo.Hasta aquí, la academia puede reconocerse sin dificultad. La cuestión es qué ocurre cuando esa premisa se lleva hasta sus últimas consecuencias.En este sentido, el libro se apoya en ejemplos históricos que subrayan la conflictividad inherente al patrimonio, como la iconoclasia promovida por
Girolamo Savonarola en la Florencia renacentista, donde la destrucción de objetos considerados corruptos no solo respondía a un impulso religioso, sino también a una disputa por el control simbólico del espacio cultural. Lejos de ser una anomalía, este tipo de episodios permite entender que la tensión entre conservación y destrucción forma parte de la propia historia del patrimonio.El ensayo desplaza así el foco hacia la sacralización del patrimonio, es decir, hacia su conversión en un objeto prácticamente intocable, protegido no solo por normativas jurídicas, sino por un consenso cultural difícil de cuestionar. En este punto, la reflexión puede ponerse en diálogo con Walter Benjamin y su conocida idea del “aura” de la obra de arte: esa distancia reverencial que convierte ciertos objetos en incuestionables y que, en cierto modo, sigue operando en la lógica patrimonial contemporánea.Sin embargo, donde el libro introduce una mayor fricción es en su interpretación de las acciones de protesta en museos. Frente a la condena generalizada, el autor propone entender estos gestos como intervenciones que reactivan el carácter conflictivo del patrimonio. No tanto como una negación del valor de las obras, sino como una impugnación del marco en el que se presentan: neutral, consensuado, aparentemente ajeno a los conflictos del presente.Es en este punto donde el texto empieza a rozar —quizá no del todo accidentalmente— a la propia academia. Porque, si el patrimonio se ha consolidado como un objeto difícilmente cuestionable, cabe preguntarse hasta qué punto los discursos académicos han contribuido a esa estabilización. Dicho de otro modo: no es solo que el patrimonio se proteja; es que se ha explicado de tal manera que discutirlo resulta, cuando menos, incómodo.El libro no adopta, en cualquier caso, los códigos habituales de la escritura académica. No hay un desarrollo sistemático de marcos teóricos ni una voluntad clara de encaje disciplinar. Su forma es ensayística, directa y orientada más a la intervención que a la demostración. Esta elección lo sitúa en una posición ambigua: dialoga con la academia, pero al mismo tiempo se sitúa en sus márgenes, cuestionando sus ritmos y sus formas.Naturalmente, esto tiene implicaciones. Desde una perspectiva estrictamente académica —especialmente en contextos de evaluación formal—, el texto ofrece más intuiciones que herramientas operativas. No construye un aparato metodológico que permita trasladar fácilmente sus planteamientos a investigaciones estructuradas. Pero, obviamente, esta no es su función. Porque el interés de Contra el patrimonio reside, sobre todo, en su capacidad para reabrir preguntas que parecían cerradas. En recordar que el patrimonio no es solo objeto de estudio, sino también campo de disputa. Y, en ese sentido, en introducir una sospecha que no siempre resulta cómoda: que aquello que se presenta como incuestionable —también en la academia— tal vez merezca ser, al menos, discutido.Ficha del libroLIBRO: Contra el PatrimonioAUTOR: Manu MartínEDITORIAL:
Barlin Libros. Colección Paisaje, 2026