Soy hombre y nada humano me es ajeno”. La célebre sentencia de
Publio Terencio, escrita en el II a. C., resuena siempre con una actualidad que interpela. Invita a salir de las zonas de confort y a encarar realidades que preferiríamos ignorar por comodidad o por indiferencia. Como católico, en medio de la alegría de la Pascua, me siento concernido a compartir una mirada sobre el valor de la vida humana; no para ir contra nadie, ni con voluntad de imponer nada, sino como una propuesta sobre el valor de toda vida humana centrada en la dignidad, el cuidado integral de la vida y el bien común.Recientemente, el debate público se ha visto sacudido por la propuesta del Gobierno de España de reformar la Constitución: una modificación en su artículo 43 y el aborto provocado. Así tenemos la oportunidad de preguntarnos las verdaderas prioridades de una sociedad que se pretende avanzada. ¿Cómo es posible que crezca la sensibilidad respecto al cuidado y trato de los animales y la ecología y no seamos maximalistas en la protección de la vida humana desde su comienzo?No veo que acabar con una vida humana pueda ser un derecho verdadero, aunque se pretenda blindar en el texto constitucional.Podemos escuchar a la ciencia y a la ética, apelar a los valores morales que orientan las decisiones de cada persona; también las que no compartimos. Escucharnos nos hará bien. En todo caso no conviene silenciar un debate sereno en torno al nivel o cotas de humanidad que reflejan las leyes y predominan en nuestra cultura.Si solo pensamos en términos de natalidad, cabría incidir en algunos datos al respecto: en España se registraron más de 106.000 abortos provocados en 2024, mientras que el invierno demográfico se agrava, ya que los fallecimientos superaron a los nacimientos en 122.167 personas en 2025. Ante este escenario, la respuesta no debería centrarse solo en dónde y cómo se ofrece la posibilidad de provocar un aborto. No se puede simplificar un drama que afecta a miles de mujeres, y no solo a mujeres. Favorecer la vida y dar apoyo real a la mujer embarazada debería ser la prioridad de nuestras leyes.¿Cómo es posible que crezca la sensibilidad respecto al cuidado y trato de los animales y la ecología y no seamos maximalistas en la protección de la vida humana desde su comienzo?Quizá fuera más justo reconocer al protagonista que a menudo se deja de lado como si no existiese: el pequeño ser humano que ya está creciendo. El resultado de la fecundación es humano y no de otra especie; posee una identidad genética (ADN) propia y diferente a la de sus progenitores, autorregula su desarrollo y vivirá muchos años si esa vida no es truncada. Por ello, es necesario evitar los eufemismos del lenguaje para anestesiar conciencias. No veo que acabar con una vida humana pueda ser un derecho verdadero, aunque se pretenda blindar en el texto constitucional.Puestos a blindar derechos: que se garantice el derecho del embrión humano a seguir su proceso natural de desarrollo. Igual que se deberían garantizar los derechos básicos para todos los ciudadanos. Pero vayamos más allá: valorar la vida y el progreso también significa blindar el apoyo a la maternidad y la paternidad en todos los ámbitos. Es urgente que todas las administraciones ofrezcan ayudas eficaces ante un embarazo imprevisto y promuevan la labor de las entidades sociales que cuidan de las dos vidas en juego.