Isabelle Huppert es un poco como los personajes de sus películas. Aunque mide menos de un metro sesenta y viste una 34, su presencia impone infinitamente más que cualquier otra estrella. Da lo mismo que nos hayamos visto en media docena de ocasiones, ni ella va a dar muestra de reconocimiento, ni nadie va hacer ningún ademán de intentar recordárselo. La magnética Huppert ha sido siempre el centro de atracción, y el mundo simplemente gira a su alrededor. Lo controla todo: si el aire acondicionado emite un leve zumbido que molesta, manda apagarlo; la puerta que ha quedado entreabierta tiene que estar cerrada. Sólo entonces, muy erguida, con la espalda completamente recta, el rostro impasible y los labios serios, aunque ligeramente fruncidos, espera las preguntas. Hasta su risa suena algo maníaca cuando, de repente, llena la habitación del hotel parisino donde nos encontramos.La magnética Huppert ha sido siempre el centro de atracción, y el mundo simplemente gira a su alrededorLas preguntas también han de formularse en un orden pautado. Primero siempre se habla de su última película, luego, a partir de cierto momento, cuando se de silenciosamente por satisfecha, se abrirá a preguntas más generales. Recordamos una ocasión, en pleno #MeToo, en la que hubo que esperar al último minuto para conocer su opinión al respecto (“lo que está sucediendo puede representar un gran cambio, aunque uno de los problemas es que se mete todo en la misma cesta: una cosa es una agresión física y otra la paridad salarial”). No da lugar a preguntas personales, aunque en eso no hay misterio: vive con el productor de origen libanés
Ronald Chammah desde principios de los años ochenta en una discreta villa en la periferia de París. Sus tres hijos, de una manera o de otra, se han dedicado al cine: con
Lolita Chammah, han sido madre e hija en al menos tres películas;
Angelo es productor, mientras que
Lorenzo regenta y programa dos cines de arte y ensayo en la rîve gauche: el
Christine Cinéma Club en Saint-Germain des-Prés y el Écoles Cinéma Club, a tiro de piedra de la Sorbona.Abrigo y botas altas de Lanvin, pulsera de Cartier Haute JoaillerieDant StudioLa que ha sido musa de directores más punteros de cada década en la que ha brillado –Chabrol, Haneke, Hong Sang-soo...– impone un respeto proporcional a la admiración que se le dispensa, y primero nos habla de La mujer más rica del mundo, de
Thierry Klifa, película que llega a los cines el 17 de abril: una estrambótica comedia ficcionaliza el escándalo Banier-Bettencourt, que se desató cuando el fotógrafo y escritor François-Marie Banier fue acusado de “abuso de debilidad” por haberse beneficiado de los millonarios regalos de Liliane Bettencourt, heredera del imperio L'Oréal, fallecida en 2017, que fue durante tres décadas fue su amiga y su mecenas. Un punto ciego, tanto en la película, por la que Laurent Laffite se ha llevado el César al mejor actor, como en el documental de Netflix sobre el caso, sigue siendo la dimensión artística del polifacético Banier, presentado como un mero advenedizo. Quiso la magia de la noche parisina que nos los encontrásemos por pura casualidad en persona, en un bistró para noctámbulos empedernidos, pocas horas antes de entrevistar a la Huppert: “conozco bien a Isabelle, pero los responsables de la película no me conocen, nunca se pusieron en contacto conmigo. De todos modos, no pienso verla. No tengo tiempo que perder con eso”.Camisa de seda drapeada de Viktor&Rolf (Alta Costura), pantalones de Alexander McQueen, anillo de Cada y pendientes de MessikaDant StudioAyer conocimos al auténtico François-Marie Banier, ¿cree usted que se reconocería en el personaje de Laurent Laffite?Habría que preguntárselo, aunque dudo mucho que vea la película. En cualquier caso, pienso que Laffite traduce muy bien la extravagancia, la inteligencia y sobre todo la vulgaridad totalmente asumida de François-Marie. O más bien habría que decir trivialidad, porque la trivialidad es insolencia, y eso implica decir cosas lo más vulgares posibles mientras uno se divierte.¿Qué le sedujo de interpretar a Liliane Bettencourt?No deja de ser una ficción, los nombres han sido cambiados, y eso me dio mucha libertad. Me atrajo más el guion que el personaje en sí. El director me dijo: es una historia que todo el mundo sabe cómo acaba, pero nadie sabe cómo empezó. Eso me convenció. No me interesaba tanto el escándalo en sí como las dinámicas dentro de aquella casa. Es una película muy psicológica, incluso política porque muestra cómo funciona el sistema y una determinada casta social.¿No le interesaba el caso real?No especialmente, porque no conocí a Liliane. Para mí, lo más interesante es que François–Marie no tuvo que insistir mucho: ella lo encontró divertidísimo enseguida. Fue como si una parte de ella se liberase al conocerlo. Enseguida se creó una inteligente complicidad entre ambos.Hasta que a él se le ocurre sacar a relucir el pasado colaboracionista de la familia.Ella se queda un poco como en shock. Pero al mismo tiempo también significó un cierto alivio. Además ella tiene sentido del humor, todo ese desaguisado la divierte bastante.Pero es una tragicomedia. Tiene su lado trágico.Sí, la película se va fácilmente de lo cómico a lo trágico porque también está su relación con su hija, interpretada por Marina Foy, que es bastante dolorosa para ambas. Es una madre que le acaba diciendo a su hija: “¿Quieres saber si te quiero? Pues no sé si te quiero”. Bastante duro.Capa y pantalones de Saint Laurent Homme, camiseta de Schiesser, anillo de Cada y pendientes de JuwelenschmiedeDant Studio¿Cree que Liliane estaba enganchada a François-Marie?Era como una droga para ella, como un licor fuerte del que ya no puede prescindir. Es muy inteligente y divertido, despierta una parte de ella, quizás la más sensible y emocional, que estaba como enterrada. Hay muchas partes de ella, desde la más narcisista a la más afectiva, que él logra satisfacer. Hay una escena en la discoteca, que creo que es puramente inventada –no sé si François-Marie la llevó nunca, se lo tendría que preguntar–, pero me parece muy emocional. Ella se siente muy libre con él.Se puede ver como una historia de vampirismo. Casualmente, usted acaba de sacar colmillos en La condesa sangrienta, una película con guion de Elfriede Jelinek. ¿Tenía nostalgia de La pianista?Sí, porque vuelve a ser una historia un poco subversiva. Es una mujer vampiro que modifica las vidas de todo aquel que se cruza en su camino. Es barroca y divertida.¿No es de terror?No, nunca he hecho una de puro terror. Aunque estoy a punto de estrenarme también en ese género: estoy a punto de filmar con Dario Argento. Me encantan Rojo oscuro, y la mayor parte de sus películas.¿Qué ha de tener un papel para que a estas alturas le llame la atención?Es como una intuición. Tiene que haber una imagen que se dibuje en mi cabeza, algo que me diga: esta persona es así. Luego nunca deja de ser un salto hacia lo desconocido. Más todavía cuando se trata de un director debutante que de un veterano con el que he trabajado ya mucho, por supuesto.¿Y si tuviera que quedarse con uno sólo de los personajes que ha encarnado?No podría elegir, me gustan todos. Obviamente, puede que los de La pianista y Elle más que los demás, porque los que más han marcado al público puede que sean los que más me han marcado a mí también. Pero me gusta interpretar a cualquier tipo de personaje. Acabo de rodar una comedia en la que interpreto a una extra, cosa que me divierte muchísimo. Es una extra, que siempre está con actores muy conocidos, y que intenta convertirse en una estrella (Risas). ¿Lo ve? Ya le ha hecho gracia. Es una película muy divertida.¿Alguna vez se ha planteado dirigir una película?Oh no. Me da curiosidad. Pero es muy técnico. Demasiado difícil.¿No le han tentado con alguna serie de Netflix?Oh, no, no. No me interesa para nada. He hecho alguna serie, porque me hacía gracia. Las hay que están bien, aunque casi no miro ninguna. Ni siquiera sé cómo se enciende la tele para verlas.¿No teme que la suplante la IA?Empiezan a preguntarme por esto, pero todavía no me da miedo. Parece ser que mis películas pueden salir en todos los idiomas con mi propia voz, sin necesidad de doblaje. Es decir, mi propia voz, pero en japonés. Es muy extraño. Todavía no la he escuchado, pero me han dicho que eso está al caer.En ‘Lamujer más rica del mundo’ interpreta a Liliane Bettencourt, dueña del imperio L’OréalManuel Moutier¿Cual ha sido el papel para el que más ha tenido que armarse de valor?Ninguno, porque yo no soy valiente en absoluto, la verdad. No hace falta serlo para rodar con los grandes maestros del cine. Ni siquiera rodando La pianista tuve, en ningún momento, la sensación de estar en peligro. Si hay que ser valiente, no es para mí. No voy a pilotar un avión, ni protagonizar escenas de riesgo a lo Tom Cruise.¿Seguro? Usted se atreve con todo.Una vez hice aquella película en la jungla filipina con Brillante Mendoza. Era un papel muy físico, y la verdad es que no sé cómo lo hice. Había una escena en un helicóptero –no lo pilotaba yo–, la puerta estaba abierta… Un horror. Me puso en cada situación... Todo parecía real: las balas, los militares, el peligro... Era terrible. Fue un rodaje alucinante, durante cinco semanas en medio de la jungla, con mucha humedad y mucho calor. Era la historia de un grupo de personas tomadas como rehenes por unos terroristas, nos subieron a un barco… Una locura. Luego es verdad que por la noche dormía en mi hotel muy tranquila, pero...¿Y si el tailandés Apichatpong Weerasethakul la llamase, volvería a la jungla?Oh, sí. Si me llamase Apichatpong, volvería ahora mismo. Me he cruzado con él en varias ocasiones. Lo vi en Taiwán, donde yo estaba con una obra de teatro en Taichung. Era Berenice en el espectáculo de Romeo Castellucci, que itinera por todo el mundo. Esta semana la representaremos dos o tres noches en Madrid. Es un monólogo.Sí, en los Teatros del Canal. Usted no puede dejar el teatro.No puedo, no. Ahora voy por todo el mundo con ese espectáculo, y también con Mary Said What She Said, de Bob Wilson, en la que también estoy yo sola sobre el escenario. Lo más duro del teatro es que cada vez tengo que volver a aprender el texto, y tengo que tener cuidado de no confundirme porque tanto estoy con un monólogo como con el otro (Risas). My favourite thingsUna novela. No soy tan lectora como la gente cree, pero hace poco leí en un programa de televisión un extracto de La maison vide, de Laurent Mauvignier, el gran ganador del Goncourt. Un modista. Soy embajadora de Balenciaga desde hace años. Una fragancia. A pesar de las modas, soy muy fiel desde hace años a Fracas, de Robert Piguet. Un restaurante en París. El bistró Le Baratin en Belleville, que lleva desde hace años la chef argentina Raquel Carena. Fotógrafo: Dant Studio / H&K. Estilista: Nathalie Manchot. Peluquería: Rudy Martins. Maquillaje: Morgane Martini