ESENCIA, DE IGNACIO GARC�A MAY (DE GIRA)Visibilizar la incertidumbreEstrenada en el Teatro Espa�ol de Madrid y ahora en gira,�Esencia, de Ignacio Garc�a May, me ha resultado una experiencia teatral que no busca imponerse, sino insinuarse con una inteligencia poco frecuente. Sal� con la sensaci�n de haber asistido no tanto a una historia como a un mecanismo delicado en el que las ideas se ponen en juego sin estridencias, casi con pudor, pero con una firmeza notable. Me interesa especialmente c�mo la obra construye ese espacio de espejos donde los personajes -magn�ficamente encarnados por
Juan Echanove y su Joaqu�n Climent, bajo la direcci�n de
Eduardo Vasco- se encuentran y se desdoblan hasta perder cualquier ilusi�n de identidad estable. Hay algo profundamente inquietante en ese juego, pero tambi�n extra�amente l�dico. Me hizo pensar en hasta qu� punto estamos hechos de relatos que se superponen, se contradicen y, en �ltima instancia, nos sostienen de manera precaria. La escritura de Garc�a May parece enga�osamente sencilla. Bajo esa claridad aparente percibo una arquitectura muy precisa, donde cada r�plica abre un peque�o desplazamiento, una fisura en lo que cre�amos seguro. Y ah� aparece el humor, no como alivio, sino como una forma especialmente eficaz de pensamiento: uno sonr�e, pero la pregunta ya se ha instalado. Agradezco tambi�n que la propuesta conf�e en el espectador. No hay subrayados, no hay voluntad de epatar. Todo ocurre en un equilibrio muy medido entre la reflexi�n y el juego esc�nico, entre la hondura existencial y una cierta ligereza que la hace respirable. Esencia�me ha dejado, sobre todo, una inquietud persistente: la sospecha de que eso que llamamos "yo" quiz� no sea m�s que una construcci�n inestable, un relato entre otros posibles. Y que el teatro, cuando acierta, es precisamente el lugar donde esa incertidumbre se vuelve, por un momento, visible. NIEBLA, DE
Fernanda Orazi (
Nave 10 Matadero)La experiencia de sostener la dudaDespu�s de la�Electra�que vi el a�o pasado en el Teatro de la Abad�a, ten�a verdadera curiosidad por reencontrarme con el trabajo de
Fernanda Orazi, y�Niebla�no solo no me ha decepcionado, sino que me ha confirmado la solidez de una mirada esc�nica muy poco complaciente. Su aproximaci�n a Unamuno me parece especialmente l�cida: no intenta "representar" la novela, sino ponerla en funcionamiento como un artefacto vivo. Lo que m�s me ha interesado es c�mo convierte la incertidumbre en materia esc�nica. Desde el principio tuve la sensaci�n de estar en un territorio inestable, donde los personajes -y, en cierto modo, tambi�n los propios int�rpretes- no terminan de fijarse del todo. Esa especie de suspensi�n, de identidad siempre en tr�nsito, me result� profundamente coherente con el universo unamuniano, pero tambi�n muy cercana a nuestra sensibilidad contempor�nea. Percib� ecos de Pirandello, de Kafka, incluso del Teatro del Absurdo, pero sin que nada de eso pesara como referencia expl�cita. Todo fluye con una naturalidad extra�a, como si la obra pensara en voz alta delante de nosotros. Y en ese pensar, el humor juega un papel decisivo: no suaviza la densidad del material, sino que la vuelve m�s punzante. Me re�, s�, pero con esa risa que deja un poso inc�modo, casi una herida. Digno de destacarse es el trabajo del elenco de la compa��a, comprometido con una propuesta que exige precisi�n y entrega. Hay en escena una escucha real, una disponibilidad que convierte la funci�n en algo vivo, no cerrado. Y el p�blico abandona la sala con la sensaci�n de haber asistido m�s a un proceso que a un resultado.�Niebla�no me ofrece respuestas, pero s� algo quiz� m�s interesante: la experiencia de sostener la duda. Y en estos tiempos, ese gesto -el de pensar juntos, sin certezas- me parece no solo teatralmente f�rtil, sino casi necesario. LOS CUERNOS DE DON FRIOLERA, DE AINHOA AMESTOY (DE GIRA)Un problema sin resolverDisfrut� de �Los cuernos de don Friolera�con la sensaci�n de estar ante un cl�sico que no necesitaba ser "actualizado", sino simplemente escuchado con atenci�n. La propuesta de Ainhoa Amestoy, que parte de su estreno en los Teatros del Canal y contin�a ahora de gira, me parece especialmente inteligente en ese sentido: no busca imponer una lectura, sino dejar que la po�tica de Valle-Incl�n respire desde un lugar inesperadamente limpio. Lo que m�s me sorprendi� fue el trabajo con los actores. Hay una contenci�n muy afinada, una renuncia consciente a los tics m�s reconocibles del esperpento, que a menudo se convierten en f�rmula. Aqu�, en cambio, lo grotesco emerge de manera m�s inquietante, casi sin ser subrayado. Y eso, en mi experiencia, lo vuelve m�s eficaz: la risa aparece, pero se queda suspendida, inc�moda, como si algo no terminara de encajar. Me interes� mucho tambi�n la puesta en escena, despojada y sugerente, que deja espacio a una dimensi�n simbolista que no siempre se explora en Valle-Incl�n. En ese espacio limpio, la palabra adquiere un peso central. Y qu� palabra: cada r�plica desencadena un nuevo acontecimiento, como si el lenguaje mismo generara la acci�n. La parodia de los dramas de honor -tan arraigados en nuestra tradici�n- me result� aqu� especialmente descarnada. Porque uno se r�e, s�, pero al mismo tiempo percibe la violencia absurda que sostiene ese c�digo. Y ah� es donde se percibe con m�s claridad la vigencia de la mirada valleinclaniana: una mirada que sigue siendo inc�moda, que sigue se�alando algo que no hemos terminado de resolver. Lo que finalmente queda es la constataci�n de estar ante un montaje sobrio, preciso y profundamente teatral. De esos que no necesitan mucho m�s que cuerpos, espacio y palabra para activar todo un mundo. Y eso, hoy, me parece mucho.