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NSR-2026-0413-65211News Report·ES·Human Interest

El diseñador asturiano que enamoró a Harry Styles y Beyoncé (y ahora va a por el K Pop)

El diseñador asturiano Arturo Obegero, de 32 años, ha ganado reconocimiento internacional por sus diseños, llegando a vestir a celebridades como Damiano David, Harry Styles y Beyoncé. Criado en Tapia de Casariego, Asturias, lejos del mundo de la moda, Obegero se inspiró en figuras como Yves Saint Laurent y en la tienda de surf de sus padres.

Carlos Primo El PaisFiled 2026-04-13 · 03:45 GMTLean · Center-LeftRead · 7 min
El diseñador asturiano que enamoró a Harry Styles y Beyoncé (y ahora va a por el K Pop)
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El diseñador asturiano Arturo Obegero, de 32 años, ha ganado reconocimiento internacional por sus diseños, llegando a vestir a celebridades como Damiano David, Harry Styles y Beyoncé. Criado en Tapia de Casariego, Asturias, lejos del mundo de la moda, Obegero se inspiró en figuras como Yves Saint Laurent y en la tienda de surf de sus padres. Sus creaciones fusionan elementos de alta costura con referencias a sus raíces, como las olas del mar y la estética de la ropa de surf. Actualmente radicado en París, Obegero continúa desarrollando su marca, caracterizada por la teatralidad, el barroquismo y un espíritu "do it yourself", y ahora apunta al mercado del K-Pop. Sus diseños a menudo incorporan detalles personales y homenajes a su historia familiar.

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Obegero decided to change the scale of his work after launching several fashion collections.

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Obegero's parents owned one of the first surf shops in Tapia.

quoteArturo Obegero
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Chinese singer Yisa Yu wore a dress designed by Obegero on her international tour.

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Obegero's graduation collection was all black, with one white shirt dedicated to his grandfather.

quoteArturo Obegero
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Arturo Obegero is a 32-year-old designer from Tapia de Casariego, Asturias.

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La primera vez que Arturo Obegero (Tapia de Casariego, Asturias, 32 años) vio al cantante Damiano David llevando en el escenario uno de sus diseños, se le puso la piel de gallina. Aquella no era cualquier camisa: era la de su abuelo. “Mi colección de graduación era toda negra, y solo había una camisa blanca en homenaje a mi abuelo, que murió mientras terminaba el máster”, recuerda. “Él siempre llevaba camisas blancas, así que hice una parecida a las suyas, que se convirtió en una señal de identidad de la marca”.En el mundo de Obegero, las conexiones suceden así. Cada detalle esconde un rastro de su biografía. La cantante china Yisa Yu no imaginaba, por ejemplo, que las formas de organza plisada del vestido que lució el verano pasado en su gira internacional no eran adornos orgánicos sin más, sino la recreación de las olas del mar en Tapia de Casariego. En este pueblo asturiano se crio Obegero. Cerca del mar y lejos de la moda; en el fondo, una buena formación para un diseñador atípico.“Nadie en mi familia se dedica a la moda ni a nada creativo”, cuenta, y cita dos experiencias iniciáticas. Una: el catálogo de la exposición de Yves Saint Laurent en la Fundación Mapfre de Madrid que le regaló su tía Lola cuando tenía 14 años. “Lo devoré”, recuerda. “No lo conocía y pensé: pero ¿quién es este paisano? Quiero ser como él”. La otra referencia es la tienda de ropa surfera que regentaban sus padres en Tapia. “Crecí rodeado de ropa de surf, porque mis padres tenían una de las primeras tiendas especializadas, y mi hermano competía”. Aquellas referencias fueron moldeando su mirada, y acabaron confluyendo: bajo los bordados, los encajes, las plumas y las lentejuelas de sus colecciones sigue habiendo algo en el corte entallado y las siluetas infinitas de sus diseños que recuerda al ajuste del neopreno ceñido al cuerpo, igual que las texturas brillantes evocan el aspecto de una superficie mojada o cubierta de algas. “Estoy muy orgulloso de mis raíces”, explica. “Los diseñadores ingleses se vuelven locos con la época victoriana, y no pasa nada. Pues yo hago lo mío y ya está. Soy de barrer para casa”.Visitamos a Obegero en su casa-taller, en un tranquilo barrio de París. Está en un bajo y tiene salida a un patio lleno de vegetación donde posan dos modelos de confianza. Es un buen resumen de su estilo: teatralidad y cercanía, barroquismo y espíritu do it yourself; París, una cierta precariedad y una red de amigos sin los que nada de esto sería posible. Hace tiempo que el asturiano decidió cambiar la escala de su trabajo. Después de lanzar varias colecciones de moda, de desfilar en la Semana de la Moda de París y de adaptar sus proyectos al ritmo estacional de las temporadas, se dio cuenta de que esa carrera había dejado de tener sentido. “Es un sistema que está un poco caduco, que pone a los diseñadores independientes entre la espada y la pared”, reflexiona. “Si una temporada no te va bien, puedes irte al traste. En mi caso, llegó un momento en que no era sostenible mental ni económicamente. Estaba haciendo por hacer. Y me di cuenta de que aquel no era el motivo por el que yo me había metido en esta industria. No lo estaba disfrutando como debería”.Parece que hablase de una época lejana, pero en realidad no lo es tanto. La moda tiene tiempos veloces y, en cierto modo, todo se ha acelerado para Obegero en el último lustro. “Mi sueño era ir a Central Saint Martins, pero era imposible económicamente”, cuenta, aludiendo a la célebre escuela londinense de la que han salido talentos como John Galliano, Alexander McQueen o, en los últimos tiempos, compatriotas como Palomo Spain o Ernesto Naranjo. Así que, como primera etapa, se fue a estudiar diseño y patronaje a Goymar, en A Coruña. “Me vino genial, pero seguía con la espinita clavada, así que me presenté a Saint Martins”, recuerda. Preparó un portafolio, lo aceptaron y se matriculó en un curso breve. Después, en el máster de diseño. “Estudiaba durante el curso y en verano me venía a Tapia para ganar algo de dinero para pagarlo”, rememora. “Aquella escuela fue un sueño hecho realidad. Yo me sentía un Harry Potter asturiano, por lo que aprendí y también por los amigos que hice”.Obegero se graduó en 2018 y se mudó a París para trabajar en el equipo de Lanvin. De golpe y porrazo, había acabado en el centro neurálgico de la moda parisiense, una veteranísima casa donde aprendió a integrarse en equipos grandes y a adaptar su visión a las necesidades comerciales. Pero también, explica, se zambulló de lleno en un mundo que hasta entonces le había estado vedado. “Allí teníamos a nuestra disposición todo el archivo de la casa, desde las piezas de Jeanne Lanvin hasta los vestidos de Alber Elbaz. Para mí aquello era como el catálogo de Toys‘R’Us. Pude acceder a todo y aprendí mucho”.De aquella experiencia también obtuvo una sensibilidad especial hacia los bordados, los tejidos, los encajes y las fornituras de una gran casa de moda. Y todo eso lo plasmó, cuando se vio confinado y desempleado durante la pandemia, en sus primeras colecciones como autor, que le granjearon el acceso al calendario oficial de la pasarela parisiense y, por primera vez, a ejecutar colecciones con su nombre. “Siempre he sido muy ambicioso, y quise intentarlo. Cuando se me mete una idea en la cabeza, prefiero llevarla a cabo”.Aquellas colecciones ya reflejaban su vida y su sentido de la belleza. Y lo hizo en un terreno, la moda masculina, que ofrecía más posibilidades de juego y de provocación. Fue entonces, cuenta, cuando advirtió que la danza y el teatro siempre habían estado ahí, articulando su visión de la moda. Creó colecciones inspiradas en la danza, en el ballet flamenco de Antonio Gades. Utilizó recursos populares, referencias a la tauromaquia e incluso la mitología de Tapia: las sirenas de una de sus colecciones servían para denunciar la degradación medioambiental a la que estaba expuesto su pueblo debido a los planes de una multinacional minera.Lo llamativo fue que aquellas colecciones, llenas de referencias locales y de guiños íntimos, han acabado abrazadas por los gigantes del entretenimiento mundial. Obegero reconoce que nada, o muy poco, ha sido fruto de la casualidad, sino de la perseverancia. Muy pronto se dio cuenta del poder que tenían los estilistas de las celebridades, y empezó a contactar con ellos a través de redes sociales para proponerles looks concretos. A Harry Styles llegó a través del estilista Harry Lambert. Le envió media colección para el rodaje de un videoclip, pero siempre pensó que aparecería de forma tangencial; su sorpresa, el día del estreno, fue descubrir que el británico aparecía constantemente vestido con aquel mono rojo. “Eso cambió mi vida”, afirma.Después llegó el resto. O, mejor dicho, lo buscó. Cuenta que, tras intentar contactar con el equipo de Beyoncé sin resultados, subió varios stories como público de su concierto en París. “Etiqueté a todo el mundo”, recuerda con una sonrisa. “Obviamente, todos pasaron de mí”. Quien sí se dio por aludido fue un asistente de la cantante, que quería empezar a foguearse como estilista. “Le envié muchas propuestas con miles de ilustraciones, tipos de encajes, y al final acabamos los tres, él, Beyoncé y yo, decidiendo los últimos detalles a través de su teléfono móvil. Fue lo más surrealista del mundo, y el vestido que hicimos es uno de mis favoritos. Sobre todo, porque lo eligió ella. Hay que pensar que Beyoncé, antes del concierto, llega a una sala con ropa de costura de todas las marcas. Y luego estoy yo, el de Tapia. Cuando la vi aparecer con una pamela de encaje que habíamos hecho, llamé corriendo a mi madre. Fue un sueño”.Después vinieron Adele y los cantantes italianos Marco Mengoni y Damiano. En los últimos tiempos, una entrevista en una revista china le ha abierto las puertas del star system asiático, que ha acogido con entusiasmo las líneas sin género, los materiales suntuosos, el refinamiento romántico, un cierto barroquismo expresivo que cuadra a la perfección con la búsqueda de imágenes impactantes para las redes sociales. Por ello, desde hace tiempo, está volcado en los proyectos por encargo.Ahora está trabajando en el vestuario de un ballet para la Filarmónica de París. “Mis referentes siempre estuvieron en el teatro y la danza. Son territorios que me apetece seguir explorando”, comenta. En una industria de la moda donde el éxito comercial pasa por asumir calendarios imposibles y presupuestos desorbitados, Obegero ha encontrado su propio equilibrio. Vive en París. Trabaja rodeado de personas de confianza, con materiales lujosos y procesos minuciosos. Y sus clientes no son personas anónimas, sino artistas reales que valoran lo mismo que le impulsó a dedicarse a la moda: una cierta habilidad para materializar fantasías, para soñar a través de la ropa. En una industria cada vez más incierta, es un buen balance para alguien que aspira a vivir de su trabajo.
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