Viktor Orbán no fue el único perdedor en las elecciones húngaras del domingo. El líder de
Fidesz se había convertido en uno de los principales referentes de la derecha populista internacional, así que su derrota ha sido también la de sus aliados, que ahora verán mermada su influencia en
Europa.Orbán no solo constituía un faro ideológico para el movimiento reaccionario –él siempre fue un paso por delante a la hora de desplegar el programa “iliberal”– sino que también era un generoso proveedor de fondos: a través del banco húngaro
MBH, controlado por un amigo suyo, prestó millones de euros a partidos afines a su ideario, como el español
Vox y el francés Reagrupamiento Nacional (RN), que comparten filas con
Fidesz en Patriotas por
Europa, el grupo que desde el 2024 es la tercera fuerza del Parlamento Europeo.Es por eso que, mientras la mayoría de dirigentes de la UE han recibido con alborozo la victoria del opositor
Peter Magyar, los socios del todavía primer ministro de
Hungría no pueden ocultar su decepción. El que era uno de los pilares más sólidos del bloque populista europeo se ha roto. Los ultras han comprobado que su poder tiene límites.Desde Francia, la líder de RN,
Marine Le Pen, que hace unas semanas viajó a Budapest para respaldar a Orbán, ha denunciado este lunes en un mensaje en X “la satisfacción de la Comisión Europea” tras la derrota del mandatario ultra, quien, según ella, “durante dieciséis años defendió con valentía y determinación la libertad y la soberanía de
Hungría”. La mano derecha de Le Pen y actual presidente de RN,
Jordan Bardella, ha dicho por su parte que el resultado del domingo “demuestra que las acusaciones incesantes de las instituciones europeas en los últimos años contra la democracia húngara eran infundadas”. Reacciones variadasFrente al tono más beligerante de Le Pen y Abascal, Meloni y Fico hablan de “cooperar” con MagyarEn un tono más beligerante, desde España, el líder de
Vox,
Santiago Abascal, ha alertado de que la derrota de Orbán “pone en peligro a
Hungría”, ya que el primer ministro había sido el único capaz de contener “la invasión islamista” en
Europa. “Hay que seguir peleando por la soberanía, la libertad y la prosperidad de las naciones”, ha afirmado el dirigente ultra, quien considera que Orbán “deja una honda huella en todas las fuerzas patriotas” del continente.Menos alarmista se ha mostrado la primera ministra italiana,
Giorgia Meloni, que, si bien no ha tenido reparos en llamar “amigo” a Orbán y en agradecer su “intensa colaboración” todos estos años, ha felicitado a Magyar por su “clara victoria”. “Italia y
Hungría son naciones unidas por un profundo vínculo de amistad y estoy segura de que seguiremos colaborando con espíritu constructivo”, ha asegurado.En esa misma línea se ha expresado uno de los escuderos más fieles de Orbán en las instituciones europeas, el primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, quien, a través de un comunicado, ha mostrado su disposición a “cooperar intensamente” con Magyar, a quien ha felicitado por su triunfo en las urnas.Fuera de la UE, una de las reacciones más esperadas a la derrota de Orbán era la del Kremlin, al que el mandatario húngaro ha rendido pleitesía todos estos años: basta recordar su torpedeo constante a los intentos europeos de sancionar a Rusia y ayudar a Ucrania, o la reciente noticia de que su ministro de Exteriores, Péter Szijjártó, informaba en tiempo real a Moscú de las disquisiciones del Consejo Europeo. Hoy, el Gobierno ruso ha evitado mostrarse contrariado. A través de su portavoz, Dmitri Peskov, ha dicho que respeta el resultado de las urnas y que espera mantener “relaciones altamente pragmáticas” con el futuro Ejecutivo de Magyar. Palabras neutras que no consiguen ocultar una realidad preocupante para Moscú: el cambio de Gobierno en Budapest puede abrir la puerta al desbloqueo del préstamo de la UE de 90.000 millones de euros a Ucrania, y a una menor interferencia rusa en los procesos de decisión europeos.La salida de Orbán del poder también puede ser una pésima noticia para Beniamin Netanyahu, quien ve cómo pierde a uno de sus mejores aliados dentro de una UE cada vez más distanciada de Tel Aviv: el primer ministro húngaro desplegó la alfombra roja a su homólogo israelí en Budapest el año pasado, en plena crisis de Gaza y desafiando la orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional.Netanyahu apoyó a Orbán en campaña, pero ese respaldo se ha revelado tóxico. Igual que el del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que veía al dirigente húngaro como una extensión del movimiento MAGA en
Europa y que puso toda la carne en el asador para garantizar su victoria. El republicano no solo pidió abiertamente el voto por el candidato de
Fidesz, sino que envió a J.D. Vance la semana pasada a Budapest con la intención de que su presencia sirviera para dar un empujón a un Orbán que ya flojeaba en las encuestas. Todo en vano. Hoy, en plena guerra de Irán, el aval trumpista resta más que suma.Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.