El próximo domingo van a tener lugar unas elecciones muy importantes en Hungría. Quizá sea banal escribirlo así puesto que empezamos a estar saturados de “acontecimientos históricos”. En la actual fase del desorden mundial, cada tres días ocurre algo insólito. Todos son signos cargados de incierto futuro. Sin embargo, las elecciones legislativas de este próximo fin de semana en Hungría son importantes porque ponen a prueba la posibilidad de la alternancia en el país europeo que ha ido más lejos con el experimento de la denominada “democracia iliberal”.“Democracia iliberal”. El nombre ha sido acuñado por el hombre que gobierna Hungría de manera ininterrumpida desde hace dieciséis años, tras un primer mandato entre 1998 y 2002. Con ustedes Víktor Orbán, el liberal anticomunista que ha acabado en brazos del ex teniente coronel del
KGB que gobierna en Moscú. Creador de un régimen político a orillas del Danubio en el que se siguen celebrando elecciones con un plus extraordinario para la fuerza gobernante: control absoluto de la policía y de las fuerzas de seguridad, sometimiento del poder judicial y mano dura en los medios de comunicación. Caso Kitchen a lo grande.El próximo domingo se comprobará si un régimen de ese tipo es reversible. ¿Es posible perder las elecciones en Hungría contando con el apoyo de la presidencia de los Estados Unidos, del movimiento MAGA, del Gobierno de
Israel y sus poderosos servicios de inteligencia, de todos los partidos de la extrema derecha europeos, de la presidencia de la Federación Rusa y de sus experimentados servicios de propaganda? El vicepresidente norteamericano
JD Vance viaja hoy y mañana a
Budapest para dar apoyo a Orbán. El primer ministro
Israelí Beniamin Netanyahu desafió la semana pasada las normas de seguridad en tiempo de guerra y viajó a la más bella ciudad del Danubio para fotografiarse al lado del primer ministro húngaro. Vladímir Putin no irá a
Budapest -los terribles recuerdos de la invasión rusa de 1956 lo siguen desaconsejando- pero los dispositivos de propaganda y desinformación del Kremlin están trabajando para facilitar la victoria al amigo húngaro.Con los sondeos en contra, Orbán ha puesto el foco en la vecina y extensa Ucrania. Señala a su principal rival,
Péter Magyar, como si fuera un títere de Ucrania, país al que acusa de sabotear las conducciones que transportan gas y petróleo ruso a Hungría. La vieja canción: Hungría asediada por fuerzas extranjeras y el oponente convertido en el enemigo interior: un traidor comprado por los adversarios exteriores. Gasoductos y oleoductos en el centro de la campaña. Tubos, tubos, tubos. La lucha política pasa hoy por el tubo. Tubos y redes sociales.Pocas veces habíamos visto a Estados Unidos y Rusia dando apoyo activo a un mismo candidato en unas elecciones europeas, con el concurso de
Israel. La constelación Washington-Moscú-Jerusalén nos da idea de lo que esta en juego. La República Popular China, que también tiene intereses económicos desplegados en Hungría, observa y calla. Efectivamente, estamos ante un Nuevo Mundo. Hungría, país centroeuropeo de 9,5 millones de habitantes (un poco más que Andalucía, un poco menos que Portugal), es hoy una pieza verdaderamente importante en el complicado ajedrez europeo.El líder de la oposición se llama
Péter Magyar, Pedro Húngaro, un nombre muy adecuado para una batalla electoral dentro de la esfera nacionalista. Alineado con el Partido Popular Europeo, protegido en buena medida por la CDU alemana, Magyar ha pedido a los principales líderes europeos que se abstengan de pronunciarse públicamente sobre las elecciones en Hungría para que sus palabras no sean utilizadas como munición. Los adversarios europeos de Orbán, sin embargo, le han lanzado un misil: su ministro de Asuntos Exteriores ha sido acusado de pasar información a Rusia sobre las deliberaciones del Consejo Europeo. La continuidad de Hungría en la Unión Europea no está garantizada, según cómo evolucionen los acontecimientos.La oposición ha querido centrar la campaña en la política interior, con el acento puesto en la corrupción y el abuso de poder. Magyar, que formó parte de Fidesz, la formación política gobernante, intenta presentarse como un nacionalista reformista, abierto a una mejora de las relaciones con Bruselas sin renunciar a la singularidad húngara; un hombre distante del cosmopolitismo europeísta, muy concentrado en la ciudad de
Budapest. Esta vez,
Budapest no es el ariete de la batalla contra el régimen, cuyos apoyos electorales se hallan en las capitales de provincia y pueblos de la llanura húngara, donde todo es tradición.Hungría ha sido país de inventos e inventores. El bolígrafo, el aislamiento de la vitamina C, el conmutador de corriente continua, la bombilla de filamento de wolframio, el cubo de Rubik, los hologramas, las lámparas de tungsteno. las cámaras infrarrojas, el tubo de rayos catódicos, la desalinización del agua de mar, la calefacción con energía solar, la pantalla de plasma, los inicios del lenguaje informático… llevan sello húngaro. La pléyade de científicos húngaros del siglo XX es impresionante. Muchos de ellos eran de origen judío y se vieron empujados al exilio al dar comienzo la persecución racial en su país. Estados Unidos acogió buena parte de ese talento.El orgullo nacional húngaro, muy intenso, reivindica también un lugar de honor en la invención del teléfono. El ingeniero Tivadar Puskás fue ayudante de Thomas Edison e ideó la primera centralita telefónica. La célebre alocución “¡Aló!”, al responder una llamada telefónica, se debe a Puskás. “Hallom” en húngaro significa “te escucho”. La presencia de científicos húngaros fue muy relevante en el proyecto Manhattan que dio lugar a la primera bomba atómica. Lajos Neumann (John von Neumann en Estados Unidos), Leó Szilárd, Erzsebet Róna, Ede Teller y Pál Wigner (premio Nobel de Física en 1963) trabajaron en ese proyecto, bajo la dirección de Robert Oppenheimer. A Szilárd se le atribuye la invención teórica de la reacción nuclear en cadena. Este científico se opuso al lanzamiento de la bomba atómica sobre Japón. Horrorizado por la potencia destructiva de la bomba, propuso que se realizase una prueba experimental ante oficiales japoneses para propiciar su rendición. No le hicieron caso. El exilio húngaro en Estados Unidos dejó huella. Hollywood se propulsó con ingenio húngaro. Adolph Zucor (nacido Adolf Cukor) fundó la Paramount. William Fox (nacido Vilmos Fuchs) creó los Estudios Fox. Michael Curtiz (Mihály Kérstez) dirigió la legendaria película Casablanca, historia de amor que es también un gran homenaje a la resistencia antifascista.Hungría es un país con una fuerte tradición cultural y técnica que ahora está ensayando la deconstrucción de la democracia liberal. ¿Será Víktor Orbán el inventor de la fórmula política dominante en Europa en los próximos veinticinco años?Nacionalismo, tradicionalismo, fronteras herméticas, hostilidad al federalismo europeo, búsqueda de poderosos protectores, alta sintonía con Donald Trump y Vladímir Putin, negocios con Xi Jinping y Erdogan, insulto diario a los ucranianos que aún siguen en pie; oligarquía económica, ley electoral a medida del partido gobernante, control del poder judicial, mano férrea con los medios de comunicación. Orbán, por ejemplo, bajó la edad de jubilación obligatoria de los jueces para poder desembarazarse de los magistrados de fuerte vocación democrática que entraron en la carrera tras la caída del comunismo, para después volver a subirla, garantizando así una larga carrera a los más fieles.Ese hombre delgado que aparece en las fotos de los años ochenta dando mítines en favor de una Hungría liberal se ha transformado radicalmente. Tiene otro físico y exhibe otra ideología. Ese enjuto liberal que se fotografiaba junto a Víktor Yúshchenko, el presidente proeuropeo de Ucrania que quedó desfigurado después de ser envenenado con una toxina altamente peligrosa, hoy intenta ganar las elecciones inventando un complot de Ucrania contra Hungría.El joven liberal Víktor Orbán dando un mitin en 1989LV¿Qué le ha pasado? “Si viviésemos una época de ascenso del liberalismo, Orbán seguiría siendo un liberal, pero en los años noventa se dio cuenta que el nacionalismo y el conservadurismo le daban más margen para construir una comunidad política dominante. Orbán es muy ambicioso, tiene una fortísima voluntad de poder. En Hungría es más fácil construir una comunidad política si eres tradicionalista. Vio que ese espacio estaba libre y se metió en él”. Así lo explica el periodista Pál Dániel Rény, autor de una biografía sobre el personaje. Se entusiasmó con la evolución del Partido Republicano de Estados Unidos, se inspiró en Silvio Berlusconi, empezó a tensar cuerdas con Bruselas; Putin le ofreció un sustancioso crédito para construir una central nuclear, le vendió petróleo y gas a buenos precios, y lo atrajo a sus ideas. Después vino Donald Trump. Y después vino la fundación de la plataforma Patriotas por Europa para servir a rusos y norteamericanos en el Parlamento Europeo.
Budapest es hoy nexo de conexión entre Estados Unidos y Rusia. El instituto Danube, laboratorio de ideas conectado con la Fundación Heritage de Estados Unidos y con los círculos intelectuales del nacionalismo ruso, hace las funciones de conmutador. Ahí está Vox.Hay algo de Horthy y de Kádár en su política. Estamos hablando de los dos grandes patriarcas de la política húngara después de la Primera Guerra Mundial, que acabó siendo un desastre absoluto para el país de los magiares, hasta aquel momento parte fundamental del imperio austrohúngaro. El presidente norteamericano Woodrow Wilson tomó una decisión de larguísimo recorrido al concluir la guerra del 14: hundir cualquier fórmula de imperio plurinacional en Europa. Fragmentar Europa. Fomentar un gran mosaico de naciones. En el tratado del Trianón (1919), Hungría perdió casi dos tercios de su territorio, en favor de los países limítrofes, especialmente Rumania. Esa herida aún está abierta.
Viktor Orbán con el primer ministro
Israelí Beniamin Netanyahu el pasado jueves en BudapestLVMiklós Horthy se hizo cargo de Hungría después de la Gran Guerra. Fue el primer almirante en gobernar un país sin mar, puesto que también perdieron la salida al Adriático. Dictadura blanca. Horthy se alió con Hitler y al ver que los alemanes iban a perder, intentó fraguar un armisticio secreto con la Unión Soviética. Los nazis lo vieron venir, secuestraron a su hijo, le obligaron a dimitir e impusieron a un gobierno títere del movimiento fascista de la Cruz Flechada, que desató una infernal persecución de la población judía. János Kádár fue el dirigente comunista que pidió la intervención de la Unión Soviética cuando una parte del Partido Húngaro de los Trabajadores (comunista) empezó a contemporizar con la revuelta popular de 1956 y el primer ministro Imre Nagy hizo suya la demanda de salir del pacto de Varsovia y proclamarse país neutral, como Austria. Los soviéticos no tardaron en enviar sus tanques a
Budapest. Kádár mandó ahorcar a Nagy, pero negoció un estatuto especial con la URSS: Hungría se mantendría fiel al pacto de Varsovia, pero dispondría de autonomía para elaborar su propia política económica al margen de los planes quinquenales soviéticos. Hungría se convirtió así en el país más próspero del Este de Europa. “La barraca más alegre del Este”, decían.Los comunistas húngaros fueron los más fieles aliados de Mijaíl Gorbachov en la fase de la perestroika. Después del trauma del 56 no hubo trauma del 86. El último dirigente comunista de Hungría, Miklós Nemeth, abrió la frontera de Hungría con Austria para permitir el paso de ciudadanos de la Alemania Oriental, es decir, le pegó el primer golpe de mazo al muro de Berlín. El cambio en Hungría se produjo tranquilamente. El joven liberal Víktor Orbán nunca estuvo en la cárcel.Horthy y Kádár, cada uno en su momento, desde ideologías totalmente opuestas, actuaron como ‘protectores’ de Hungría en momentos de gran temporal. Ambos personajes han sido recordados con cierta nostalgia. País de origen remoto, no eslavo, con un idioma hermético, con una gran tradición cultural y técnica, con más gente fuera que dentro, con más territorio fuera que dentro, con una gran herida histórica a cuestas, con un orgullo nacional que los catalanes jamás podrán superar, Hungría busca siempre un estatuto. Ahora además de obtener un estatuto, quieren ser los inventores de la democracia ahogada en la Europa del siglo XXI.La historia inventa y reinventa, vuelve y revuelve. El primer ministro húngaro es hoy íntimo aliado de un oficial del
KGB que siente una profunda admiración por Yuri Andropov, antiguo jefe del servicio secreto soviético, el hombre que aconsejó una rápida invasión de Hungría en 1956 mientras ejercía de embajador en
Budapest. Esa conjunción será bendecida hoy por el vicepresidente norteamericano Vance, católico converso que también sueña con democracias autoritarias. Último detalle: Orbán es calvinista.Adjunto al director de La Vanguardia. Al frente de la redacción en Madrid desde 2004. Anteriormente, corresponsal en Roma y redactor jefe de Información Local. Su último libro: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)