Quizá para compensar el triunfalismo de la misión Artemis 2, Montserrat sigue acogiendo, cada día 11, a los fieles ávidos de buscar respuestas en la infinidad del cosmos. Concentrados en la clásica Explanada OVNI, el sábado volvieron a invocar el diálogo interplanetario, dispuestos, en un escenario operístico como Montserrat, a compartir el avistamiento de naves extraterrestres y de indicios de vida inteligente. El método de invocación es un híbrido de canto gregoriano y shomyo budista, y provoca un nivel de concentración fácil de caricaturizar.Es un ritual de esperanza muy respetable, no demasiado distinto de las escenas de euforia que, en Hungría, celebran no tanto la victoria de Magyar como la derrota de Orbán. La alta participación en las elecciones inspira, en el Hoy por hoy (SER), metáforas legítimamente azucaradas, como que no todas las olas (refiriéndose a la ola totalitaria en tantos lugares del mundo) son imparables. Sobre las olas, siempre es oportuno recordar los versos de Rafael Alberti: “Pero se olvidan que el mar / no es esa ola que acaba / sino la que va a empezar”.El rey emérito recibió el premio en un palacio que simboliza valores republicanosAhora que la atención planetaria se ha centrado en Hungría, han circulado extractos de la obra de Sándor Márai, el escritor húngaro que murió en el exilio. De su dietario (1943-1948) impresiona la referencia que hace a una noticia leída en un periódico: por el retraso en las ejecuciones capitales a causa de una huelga de verdugos, que exigen un aumento del 50% en la tarifa por cada ahorcado, Márai concluye: “Está claro que en los últimos meses el coste de la vida ha aumentado”.Otro avistamiento: en Paris-Match, la crónica del acto de entrega del Prix du Livre Politique en la Asamblea Nacional, concedido por la asociación Lire la Société, informa sobre las personalidades que, mientras suena el himno de España, ovacionan al rey Juan Carlos I, protagonista y coautor de las memorias premiadas. Entre los asistentes, Manuel Valls, Susana Gallardo, las infantas Cristina y Elena, Froilán y la coautora del libro, Laurence Débray. Por cierto: Débray ganó este premio en el 2018, con Hija de revolucionarios (Ed. Anagrama), un libro muy recomendable para los que, para justificar su propia ignorancia, confrontan TikTok y las bibliotecas o para los que hoy se embarcarán en la flotilla solidaria conPalestina.La crónica subraya el contraste entre el alma republicana del escenario escogido y el ADN monárquico del galardonado. Es un contraste relativo: el palacio Borbón fue construido en 1720 por orden de la duquesa Louise-François de Nantes, una de las hijas del rey Luis XIV. En 1789, los ciudadanos expropian el edificio en nombre de la soberanía popular y lo convierten en lo que después será el Consejo de los Quinientos, la Cámara de Diputados y, finalmente, la Asamblea Nacional. El espíritu parcialmente dinástico del premio tiene otros tentáculos: en 1998 lo ganó Régis Debray, padre de –todo queda en casa– la coautora del libro Reconciliación (Ed. Planeta).