A José María Sánchez García (Madrid, 1963) se le reconoce en el Congreso antes por el gesto que por la palabra. Juez en excedencia voluntaria y diputado de Vox por Alicante desde noviembre de 2019, ha ido construyendo en dos legislaturas un perfil propio, áspero y reconocible, en el que la confrontación no es un accidente, sino un método.Ayer volvió a ocupar ese papel. Subió a la tribuna sin turno de palabra, desafió a la Presidencia y terminó expulsado tras encararse con el vicepresidente de la Cámara, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, quien en ese momento dirigía el pleno en ausencia de la presidenta, Francina Armengol.La escena, inhabitual incluso en una Cámara acostumbrada a la tensión, dejó una imagen de desconcierto que el propio Celis resumió después con crudeza: “Lo único que pensaba era por dónde me iba a llegar el sopapo”, declaró a la cadena Ser.El origen del choque se sitúa, según Vox, en un cruce de insultos en los escaños con el diputado de ERC Jordi Salvador, extremo que los republicanos niegan. En Vox, en cambio, explican su versión de los hechos y señalan que Sánchez, tras ser insultado “gravemente” por Salvador, que le llamó en dos ocasiones “criminal y asesino”, se dirigió personalmente a la Mesa para denunciar esos insultos.No hay registro sonoro que lo aclare, al haberse dado supuestamente desde los escaños. Sí hay, en cambio, un patrón que se repite. Sánchez se siente interpelado, reclama amparo y, si este no llega de inmediato, eleva la respuesta hasta desbordar el cauce reglamentario. “¿Tengo que soportar los insultos reiterados?”, se preguntó después, ya fuera del hemiciclo.Entre las formaciones de izquierda se observa este tipo de episodios con perplejidad. Subrayan que la condición de juez, aunque en excedencia, lleva asociada una “expectativa” de contención y de “especial respeto a las formas públicas”, y lamentan que alguien con capacidad de enjuiciar a ciudadanos exhiba este comportamiento en sede parlamentaria.Quienes se sientan enfrente coinciden -y quienes comparten bancada reconocen- que no se trata de un episodio aislado, sino de la expresión más reciente de un estilo consolidado. En comisiones y plenos, el diputado ha hecho de la provocación una herramienta constante, a menudo en el filo entre la denuncia política y la descalificación personal con insultos dirigidos a algunos portavoces de la izquierda. Su trayectoria reciente en la Cámara es, en ese sentido, una sucesión de choques que han ido moldeando su personaje parlamentario.El diputado de Vox José María Sánchez pidió amparo a Armengol tras discutir con Gómez de Celis Víctor Lerena / EFEHa tenido encontronazos con dirigentes socialistas como Carmen Calvo, a quien en su estreno como portavoz en la Comisión Constitucional trató de “señora vicepresidente”. Ha llamado “bruja” a la diputada Laura Berja —lo que obligó a suspender un pleno en la pasada legislatura— y ha señalado con el dedo al ministro Félix Bolaños refiriéndose a él como “esto”.Tampoco ha ahorrado descalificaciones a Esquerra ni al PP, con expresiones que van de la “patología fóbica antimonárquica” a la “diputada gallega chillona” dirigida a Ana Vázquez. “Quienes lo sufrimos en el pleno por tenerlo sentado en las filas de atrás estamos hartos. Es insoportable cómo insulta constantemente cada vez que interviene cualquier partido que no sea Vox”, apostilla un diputado del grupo plurinacional.Otras fuentes parlamentarias del espacio de la izquierda añaden que el diputado de Vox se atribuye, en la práctica, una suerte de potestad para intervenir al margen de los turnos establecidos. Y exponen que no es infrecuente que active el micrófono en comisión cuando no le corresponde, interrumpiendo a otros grupos durante sus intervenciones. En ocasiones, añaden, ha llegado incluso a cuestionar las indicaciones de las presidencias de comisión, tratando de imponer su criterio para el desarrollo de las sesiones y sobreasando por mucho sus competencias reglamentarias.Con el tiempo, ese repertorio ha dejado de ser excepcional para convertirse en rutina. “Son tantas que ya no sorprenden”, admiten diputados de distintos grupos. Pero la reiteración no ha neutralizado sus efectos. Más bien al contrario. Ha generado incomodidad incluso en su propio partido, donde en más de una ocasión compañeros de bancada han tratado de contenerle en pleno arrebato, conscientes de que el foco termina desplazándose del mensaje a la forma.El episodio del martes añadió, además, un componente simbólico que inquietó a la Presidencia. Gómez de Celis evocó —sin equipararlo— el precedente del 23-F para subrayar lo inédito de la escena. Sánchez, por su parte, acudió después al despacho de Armengol en busca de respaldo. Pero no lo encontró puesto que la presidenta le reprochó las formas.En Vox han optado por una defensa contenida. Admiten que su conducta fue “cuestionable”, pero la enmarcan en un clima de hostilidad que, sostienen, sufren de manera reiterada. Él mismo, en todo caso, asume su error. Su portavoz parlamentaria, Pepa Millán, responsabiliza a la Presidencia por no haber mantenido el orden, mientras dirigentes como Rocío de Meer han optado por cerrar filas sin matices.Mientras el Congreso digiere este encontronazo, Sánchez sigue alimentando una figura que oscila entre la indignación y la escenificación. También fuera del hemiciclo gracias a su costumbre de entrar en dependencias del Congreso con un puro encendido: “Técnicamente no estoy incumpliendo nada”, ha alegado en alguna ocasión al decir que lo apaga justo al cruzar las puertas, pero el puro aún humeando por los pasillos del vetusto edificio apuntan a lo contrario. Ilustrando el proceder de un diputado que, según coinciden en apuntar sus colegas, se mueve en los márgenes, entre lo reglado y lo performativo.Sánchez cuenta a sus espaldas con una trayectoria profesional y académica dilatada. Ha pasado la mayor parte de su carrera trabajando como abogado en el sector privado para despachos internacionales de referencia, como socio en Baker & McKenzie y en Olswang. También fue abogado del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas y juez del Tribunal Superior de Justicia. Sánchez García es catedrático de Derecho Canónico en la Universidad de Sevilla, aunque ha impartido formación jurídica en otras universidades. Redactor de la sección de política tras una década cubriendo la actualidad de Madrid entre 2011 y 2022. Antes en Microsoft News y el diario Metro