El rol de la mujer a lo largo de la historia ha sido, salvo excepciones, de subordinación al hombre. Es cierto que ha habido civilizaciones donde las mujeres desempeñaban un papel público importante, como la minoica, en la antigua Creta, o el pueblo mosuo, en
China. Pero, en general, y hasta el día de hoy, el hombre ha sido el dominador de la historia. ¿Por qué? ¿Fue siempre así, o el androcentrismo surgió con la aparición de la agricultura, la estratificación social y las jerarquías, quizás también de género? ¿Qué papel desempeña el dimorfismo sexual y las diferencias en cuanto a fuerza física?Estudiar el comportamiento de los primates actuales puede darnos pistas, aunque no muy concluyentes. Los grupos de gorilas, donde los machos son mucho más grandes que las hembras, se componen de un macho alfa y diversas hembras con sus crías, siendo los otros machos expulsados del grupo en cuanto llegan a la edad adulta. Los chimpancés, en cambio, con un menor dimorfismo sexual, forman grupos más numerosos y, aun cuando exista también un macho dominante, están formados por machos y hembras. ¿Significa eso que, a menor dimorfismo, mayor colaboración entre machos?Tras décadas estudiando chimpancés en
Gombe (
Tanzania), la gran primatóloga
Jane Goodall, recientemente fallecida, sorprendió al mundo afirmando que los chimpancés libran “guerras”. Pronto hubo quien dedujo que la violencia humana es intrínseca a nuestra naturaleza. Más tarde, en
Ngogo (
Uganda),
Aaron Sandel describió lo que llamó “guerra civil” entre dos facciones de chimpancés que se disputaban una zona rica en frutos.Sin embargo, este comportamiento violento propio de los chimpancés no se da en los bonobos, quienes forman grupos igual de numerosos o más, pero resuelven sus conflictos a través de las relaciones sexuales, sin distinción de sexos. Entre los bonobos no existe la figura del macho alfa, sino que son las hembras las que desempeñan el papel dominante, aun cuando los machos sean más grandes y fuertes. Los bonobos están tan cerca de nuestra especie como los chimpancés. Entonces, ¿qué hace que su comportamiento sea tan diferente?Ejemplar de bonobo, uno de los primates estudiados y una de las especies con una conducta sexual más compleja Getty Images/iStockphotoPara
José María Bermúdez de Castro, la gran diferencia de talla entre machos y hembras en los primeros homínidos, como el
Australopithecus afarensis y el
Homo habilis, sugiere que los machos competían por el dominio de un harén de hembras. Los primeros homínidos pudieron combinar el modelo gorila y el modelo chimpancé, donde hay colaboración entre los machos. Pero ¿y las hembras?¿Mujeres al poder?En el arte figurativo paleolítico, que se inició en Europa hace unos 40.000 años, son mucho más frecuentes las representaciones femeninas que las masculinas. Además, proliferan las representaciones de vulvas o los colgantes de caninos atrofiados de ciervo asociados a figuras esquemáticas femeninas. Esto evidencia lo que parece ser una preeminencia en la posición de la mujer, o de lo femenino, en la sociedad paleolítica, hasta el punto de que se ha planteado la posibilidad de un matriarcado. Tentador si recordamos los pacíficos bonobos.No todo el mundo está de acuerdo, por supuesto. Eudald Carbonell, en 2003, rechazaba esta hipótesis, sorprendido de que no se hable de las figurillas masculinas, que también existen, y recordando que la Virgen María, tan representada y venerada, en ningún caso significa que el catolicismo sea un matriarcado. Aun así, debe de haber algún motivo que explique una presencia de lo femenino tan importante, en un espacio geográfico tan grande, y sostenida en el tiempo. Ocurre allá donde mires, y no solo con las representaciones humanas: en la región cantábrica, por ejemplo, hay gran cantidad de representaciones de ciervos, pero son, sobre todo, ciervas.¿Qué sabemos de aquellas sociedades? ¿Hasta qué punto eran igualitarias? Glyn Isaac (1937-1985) introdujo una idea muy polémica, pero que cuajó sin dificultad, porque encajaba muy bien en nuestra visión tradicional: el trabajo se repartiría por sexos, la mujer efectuaría labores de recolección y el hombre sería cazador. Aunque se ha ido dando cada vez mayor valor a la recolección, señalando su importancia en la dieta, la imagen del poderoso cazador (hombre) que vuelve al hogar con una gran presa para la familia era evocadora.Sin embargo, en los neandertales se ha observado el mismo tipo de lesiones violentas, presumiblemente producidas por accidentes de caza, tanto en hombres como en mujeres. Aparece una nueva imagen, más evocadora aún, donde hombres y mujeres sanos y fuertes cazan juntos en provecho del clan. Y también recolectarían juntos, según las circunstancias, aunque es probable que las mujeres embarazadas o con niños pequeños, junto con los ancianos y los otros niños, se dedicaran a la recolección.Cráneo de un neandertal en el Museo de Historia Natural de LondresOtras FuentesOtra cuestión es la de la patrilocalidad. El estudio del ADN de una familia neandertal en La cueva del Sidrón (Asturias) confirmó el parentesco entre los hombres, mientras que las mujeres provendrían de otras familias. Eran ellas quienes cambiaban de clan. Dicho esto, es importante añadir que no se observa en los enterramientos diferencias por sexos.Con el Homo sapiens se amplía la red relacional, formándose una sociedad más compleja en torno a un mundo simbólico común y extenso. Aparecen los llamados “santuarios”, lugares de socialización y culto. A través del arte y, más concretamente, de las imágenes femeninas, podemos intuir el carácter de estas sociedades respecto a la mujer paleolítica. Las figurillas femeninas, las famosas “Venus”, nunca se encuentran en contextos funerarios, sino dispuestas en torno a los hogares, por lo que es indudable su vinculación al mundo doméstico y cotidiano.En algunas se han hallado restos de ocre rojo, lo que sugiere que estuvieron coloreadas originalmente. Tal como nos dice Cristina Masvidal en Las mujeres en la Prehistoria (2006), “a nadie se le escapa que el uso del ocre en la Prehistoria está asociado a actividades fuera del ámbito utilitario y que deben adscribirse a manifestaciones simbólicas.” El mismo sentido ritual tendrían las roturas intencionadas.Henri Delporte, en su libro La imagen de la mujer en el arte prehistórico (1979), veía en las figurillas femeninas un carácter religioso. Resulta muy interesante su observación sobre las diferencias entre la representación de los animales, que es naturalista, y la del grupo humano, exagerada y caricaturesca. La representación animal, sostiene, sería “la del mundo viviente exterior.” En contraste y por oposición, la imagen femenina representaría a la humanidad, puesto que es la mujer la que asegura la renovación y la subsistencia de la especie a través de la maternidad.Venus de LausselTercerosSea como fuere, “los grandes valores de los cazadores-recolectores paleolíticos se expresan en un universo femenino que es continuamente representado”, como recalca también el catedrático José Ramos Muñoz.De lo femenino a lo masculinoAl final del periodo glacial, este arte centrado en lo femenino se esfuma bruscamente, ya sea por extinción o por emigración. Los santuarios quedan abandonados. Con el tiempo, ocuparán su espacio otros grupos con una cultura diferente.En el arco mediterráneo, entre el final de la época glacial y el Neolítico, apareció, hace unos 10.000 años, el arte rupestre levantino, un arte que ya no es eminentemente animalístico, sino que es la figuración humana la protagonista, con prevalencia de la figura masculina; un arte, además, en movimiento, con escenas de caza, recolección, danza, agrícolas y ganaderas. Esther López-Montalvo, en su ensayo “La mujer en el Arte levantino: imágenes del pasado, miradas del presente” (2024) destaca que el número de mujeres que aparecen es reducido, junto con su aparente exclusión de las actividades que debieron de tener reconocimiento social, como la caza mayor o la guerra. “Si la identidad masculina es indisociable del armamento, su uso estuvo probablemente vetado a las mujeres, incluso en situaciones de máxima tensión […]. Además, no es descabellado pensar […] que las competencias técnicas necesarias para fabricar y manejar arcos, flechas o bumeranes les estuvieran igualmente censuradas. Estos indicios de desigualdad, que alguna corriente antropológica interpreta en términos de complementariedad de tareas en base a diferencias biológicas, pueden ser leídos igualmente como un mecanismo de control y sumisión hacia las mujeres”. Algo parece haber cambiado.En su libro Aborígenes (2002), Juan Luis Arsuaga nos dice: Hacemos lo que podemos por no dejarnos influir por lo que nos rodea, pero es más fácil hacer ciencia objetiva estudiando el átomo, las mariposas o los volcanes, que abordando la espinosa cuestión de la condición humana. Ciertamente ha predominado una visión androcéntrica de la prehistoria. Hoy en día, disponemos de una visión más amplia y seguramente más objetiva, aunque también estará condicionada.Lo más probable es que no debamos hablar de la posición de la mujer en la prehistoria como una posición uniforme en el tiempo y el espacio. Dependerá de cuándo y dónde. Si buscamos inspiración en las sociedades de cazadores-recolectores recientes, observaremos casos opuestos.Escena de caza. Pinturas rupestres en las Montañas Akakus (Acacus), Sahara, LibiaGiampaolo Cianella / iStockRebecca Bliege Bird, estudiando a los Martu del Gran Desierto Arenoso del oeste de Australia, observó que ambos sexos cazaban y recolectaban, aunque a los hombres les gustaba rastrear en solitario presas grandes, mientras que las mujeres cazaban en grupo pequeños mamíferos y lagartos. Según esta investigadora, las calorías obtenidas por las mujeres eran un poco superiores a los hombres y más regulares. Eran, por tanto, más eficaces y reconocidas por ello. Por lo visto, la caza mayor para los hombres estaría más vinculado al prestigio.Por el contrario, los pueblos pedestres y canoeros de Tierra del Fuego mostraban una clara diferenciación de las actividades en función del género, recayendo la mayoría de las tareas en las mujeres, incluida la recolección, mientras los hombres fabricaban armas y cazaban. Son ejemplos que nos indican que, entre los grupos sin agricultura, la posición de la mujer no es estática.Aun cuando es imposible saberlo con certeza, a través del arte prehistórico que nos ha llegado, podemos intuir que, durante el Paleolítico, la mujer parece haber tenido una posición preeminente, para perderla después, quizá simplemente por sustitución de unos grupos por otros, que venían con nuevas ideas y otra organización sociocultural.Algo parecido nos muestra la diferencia entre la sociedad “de machos” de los chimpancés y la “de hembras” de los bonobos, a los que únicamente les separa el cauce de río Congo.