La estrategia comunicativa de
Pedro Sánchez nunca deja indiferente. Solo había pasado un día de la decisiva cumbre europea, en la que volvió a abanderar el “no a la guerra” de Trump, cuando le dio por recomendar el último disco de
Gorillaz a través de las redes. Más allá de si le gustó o no —a mí también, por cierto; estos aires indios le sientan bien al sonido de los de
Damon Albarn—, el presidente español no da puntada sin hilo. La banda virtual británica se ha significado políticamente en una línea de izquierdas, “a contracorriente de los tiempos que corren”, como han declarado ellos mismos. Para Sánchez, doble satisfacción: buena música para liberar tensiones bélicas y mensaje acorde con su posición política.Al día siguiente, Sánchez volvió a la carga en su papel de ilustre prescriptor al que ya nos tiene acostumbrados los fines de semana. Esta vez, con motivo del día mundial de la Poesía, que se celebró el sábado, recomendó una edición ilustrada de Poeta en Nueva York, de
Federico García Lorca, además de una canción, Está sexy, del gallego
Sen Senra. Otra vez, sugerencias con mensaje. Por supuesto, afines y detractores reaparecieron y quisieron dar su opinión. Los más respetuosos de los segundos reprocharon a Sánchez que “se olvidara” de Irán con tanta cultureta. La red también es espacio para compartir versos, aprovechando el día mundial de la Poesía, y ofrecer su cara más esperanzada entre tanto cinismo y rencor digitalEstos últimos, con su desprecio a la cultura y su contraposición a la “dura realidad”, tan de moda estos días, parecen ignorar la fuerza que puede tener una canción o un poema, más allá de permitir al político de turno proyectar una imagen culta o amable para sus seguidores. Como si solo fuera mera evasión en tiempos complicados. Como si no pudiera tener efectos. Como si, por ejemplo, la escucha atenta del conceptual The mountain de
Gorillaz no fuera una alternativa a un tipo de consumo acelerado y neurótico que, en parte, explica por qué estamos donde estamos. O como si leer y compartir poesía fuera solo deleite y no, quizás, una posición ética en sí misma, que se opone a un mundo sin belleza, sin ternura o sin emoción. Al mundo del conflicto y de la guerra, en definitiva.Algunos dirán que es una mirada naïf o, mucho peor, woke. Pero hay un pequeño ejército de poetas allí fuera escondidos, a tenor de lo que se pudo ver en las redes el primer sábado de primavera. Entre memes sobre Chuck Norris —también poéticos, a su manera—, no fueron pocos los que quisieron compartir versos por el simple deseo de hacerlo, pero también para ofrecer la cara esperanzada de la red, la que muchas veces no se ve entre tanto cinismo y rencor digital. Un poquito de humanidad, por muy cursi que nos parezca, siempre viene bien. (Aviso: la selección que sigue es a cargo de este, el que escribe, y su máximo colaborador, el soberbio e insondable algoritmo.) iStockLa poesía puede ser un ingenuo pero necesario no a la guerra, como estos versos infantiles de Joana Raspall: “Cel enllà, deu haver-hi un país / sense guerra, ni odi, ni mal, / on tothom és amic i feliç... / però el cel és molt lluny i molt alt!”. O como esta rebelde pero esperanzada composición Tristes guerras, de Miguel Hernández: “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. / Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. / Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes”.También puede ser pura filosofía, como la célebre Las tres palabras más extrañas, de la Nobel polaca Wislawa Szymborska: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, / la primera sílaba pertenece ya al pasado. / Cuando pronuncio la palabra Silencio, / lo destruyo. / Cuando pronuncio la palabra Nada, / creo algo que no cabe en ninguna no-existencia”. O pura añoranza de la luz primaveral, como estos bellos versos de Clementina Arderiu: “L’emboirament que ens acompanya / —ai, la claror!— / batalla perd, batalla guanya / —quina remor! / La primavera se’ns fa estranya, / i el sí i el no.” O vindicación del sigilo y el saber callar, como escribió Emily Dickinson: “Temo a la persona de pocas palabras. / Temo a la persona silenciosa. / Al sermoneador, lo puedo aguantar; / al charlatán, lo puedo entretener. / Pero con quien cavila / mientras el resto no deja de parlotear, / con esta persona soy cautelosa. / Temo que sea una gran persona”. (Cuánta falta nos hace reivindicar el silencio).O lo que es muchas veces la poesía, simples cantos al amor. Por ejemplo, Mario Benedetti: “Si te quiero es porque sos / Mi amor, mi cómplice, y todo / Y en la calle codo a codo / Somos mucho más que dos”. O este fragmento de Criatura dolcíssima, de Joan Fuster, que después versionaría Lluís Llach: “No sé si m'estimaves: t'estimava / i això era tot, i això era prou, i els dies / obraven per a mi racons tendríssims”.Y a mucho más. A la naturaleza. A la vida. A la soledad, a la nostalgia o al paso del tiempo. Porque, como decía Lorca, “la misión del poeta es esta: animar, en su exacto sentido, dar alma”. O sea: personas compartiendo poesía por las redes y nada más. Qué mundo sería ese. ¡Oh, bello ideal imposible!Licenciado en Periodismo y Humanidades, en La Vanguardia desde 2008. Actualmente es redactor del suplemento Cultura/s. Antes pasó por la sección de Última Hora.