CULTURACulturaEl epistolario 'No te olvides de escribir', editado por el periodista V�ctor Fern�ndez muestra la cara m�s �ntima del poeta a trav�s de varias misivas in�ditas que exploran su profunda relaci�n con sus padres y hermanos. "Estas cartas miran por el ojo de la cerradura familiar. Aqu� est� el Federico m�s humano, el hombre tras el mito", diceMontaje sobre una carta de Federico Garc�a Lorca a su padre. Se desconoce el paradero actual del manuscrito. Copia en el archivo
Ian Gibson.Actualizado Domingo, 22 marzo 2026 - 22:45Pocos personajes de la historia espa�ola han sido tan estudiados, citados, desmenuzados, pero tambi�n incomprendidos y utilizados, como Federico Garc�a Lorca (
Fuente Vaqueros, 1898-
Granada, 1936), sin duda el escritor m�s renombrado y recordado de la Edad de Plata. Aunque asimismo se da la paradoja de que la gran potencia de su genio literario y su tr�gica y simb�lica muerte le han hecho presa de t�picos y sobreentendidos simplistas que han esculpido en m�rmol la humanidad y carnalidad del poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura espa�ola del siglo XX.A separar el hombre del mito ha dedicado un intenso trabajo el periodista cultural V�ctor Fern�ndez, autor desde hace a�os de vol�menes como De viva voz. Conferencias y alocuciones (DeBolsillo), que re�ne todas las intervenciones p�blicas y charlas de Lorca, Querido Salvador, Querido Lorquito (Elba) que recoge su relaci�n epistolar con Dal� o Palabra de Lorca (Malpaso), donde recopila las 133 entrevistas, un tercio de ellas in�ditas, que ofreci� el poeta a diferentes medios. Ahora da un paso m�s en este quehacer a trav�s del epistolario No te olvides de escribir. La familia Lorca en sus cartas (Akal), una correspondencia llena de misivas in�ditas que retrata la �ntima y amorosa relaci�n entre el poeta y sus padres y hermanos y encierra varias claves de la vida y obra de Federico."Leer estas cartas es como entrar en la casa de la familia Garc�a Lorca y escucharlos hablar. Como mirar por el ojo de la cerradura y asistir, como espectadores pasivos, a una relaci�n llena de cari�o y cercan�a, pero tambi�n de reproches, enfados y frustraciones, como en cualquier familia", explica Fern�ndez. "Ante nuestros m�s �ntimos no hay m�scara o impostura que valga, por eso aqu� est� el Federico m�s humano, el hombre tras el mito, que antes que un escritor genial fue un hijo y un hermano", recalca el investigador que lleva a�os recopilando materiales de diversos archivos familiares y privados, como los de los hispanistas
Ian Gibson y Christopher Maurer.Para saber m�sLas primeras misivas, que arrancan en la d�cada de 1910 son relativamente breves, sencillas y directas, cuajadas de referencias familiares y de detalles cotidianos. En ellas, entre afectuosas muestras de cari�o adolescente, Lorca da cuenta a sus padres y hermanos de los viajes de estudios realizados junto al catedr�tico Mart�n Dom�nguez Berrueta por las ciudades de Castilla, Le�n y Galicia. Estas andanzas, de las que surgir�a su primer libro, Impresiones y paisajes (1918), fueron fundamentales en la vida del poeta pues lo decantaron por la literatura frente a la m�sica, su primera vocaci�n, e incluyeron encuentros con figuras clave como Antonio Machado y Miguel de Unamuno, que Lorca exegra d�ndose importancia.Un punto de inflexi�n vital y epistolar es su llegada a Madrid en 1919 con la excusa de continuar sus estudios, pero con el firme prop�sito de hacer una carrera literaria de la que su madre Vicenta fue la gran impulsora y confidente. "Maestra culta y de gran sensibilidad, la madre fue la primera lectora del joven Lorca, quien descubre los numerosos manuscritos y cuartillas que deja en su casa y la primera que se preocupa de d�nde y c�mo va a publicar", apunta Fern�ndez. A este respecto, alguno de los in�ditos m�s reveladores son un par de cartas enviadas en 1921 por Vicenta al editor Gabriel Garc�a Maroto, impresor del Libro de poemas de Lorca concertando los pagos y la distribuci�n de este libro costeado por la familia.Tambi�n es reveladora otra carta de 1926 en la que, ante la frustraci�n de Lorca por las promesas incumplidas del "zorro sinverg�enza de Mart�nez Sierra" que le daba largas para representar La zapatera prodigiosa o Mariana Pineda, le dice que contacte con Margarita Xirg�, de paso por
Granada, en una carta en la que tambi�n escribe a su hijo: "supongo que no descuidar�s la publicaci�n de tus libros, que ya esty� un poco pasada y te est�s perjudicando [...] eso es una majader�a que a ti mismo te fastidia; porque sin darte t� cuenta te cansas de tus cosas y acabas porque nada te gusta y de ah� nace tu apat�a y dejadez".Muchas son las alusiones paternas y maternas a cierta indolencia del poeta, tanto en los estudios como en su labor literaria. A este respecto, los roles de sus padres se reparten de forma natural. Federico Garc�a Rodr�guez es un agricultor acomodado y m�s adusto que quiere que su hijo haga carrera, se centre en terminar Derecho y olvide sus veleidades art�sticas. La madre, por su parte, hace de bisagra entre los temperamentos y deseos de ambos. Uno de los documentos fundamentales del volumen es una carta in�dita de Federico a su padre fechada el 10 de abril de 1920 en la que el escritor despliega toda su labia para convencer a su padre de que no le obligue a regresar al hogar familiar."Recibo una carta tuya en tono serio y discreto y en tono serio y discreto te contesto yo tambi�n", comienza la misiva Federico, antes de a�adir sus razones. "Yo te digo y te prometo solemnemente que cuando un hombre se coloca en su camino ni lobos ni perros pueden hacer que vuelva atr�s. [...] En mi camino estoy, pap�, �no me hagas volver a la vista atr�s! [...] �Qu� hago yo ahora en
Granada? Escuchar muchas tonter�as, muchas discusiones, muchas envidias y muchas canalladas (esto naturalmente no les pasa m�s que a los hombres que tienen talento). Y no es que a m� se me importe nada, porque gracias a Dios estoy muy por encima, pero es molest�simo, molest�simo"."Por desgracia, no se conserva o no se ha hecho p�blica la carta que Francisco envi� a su hijo, pero, podemos suponer los t�rminos de ultim�tum", aduce Fern�ndez. Sin embargo, en esa larga carta Federico prosigue argumentando que la Residencia de Estudiantes "no es ninguna fonda" antes de sacar toda la artiller�a. "Yo te suplico de todo coraz�n que me dejes aqu� hasta fin de curso y entonces me marchar� con mis libros publicados y la conciencia tranquila de haber roto unas espadas luchando contra los filisteos para defender y amparar al Arte puro, al Arte Verdadero. A m� ya no me pod�is cambiar. Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, como el que nace ciego, como el que nace guapo. Dejadme las alas en su sitio, que yo os respondo que volar� bien"."Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, ciego o guapo. Dejadme las alas en su sitio que volar� bien"Y termina diciendo a su padre: "Yo, querid�simo pap�, �soy un hombre formal! �Te he dado nunca un disgusto? �No te he hecho caso siempre? Cont�stame como yo te he contestado y por �ltimo te suplico de todo coraz�n que leas bien la carta y recapacites. Piensa adem�s que yo no soy un objeto que te pertenece y que amas mucho; piensa que tengo vida propia, resoluci�n, y que este ir y venir me perjudica y no es formal. Hay que ser audaces y valientes. Lo mediocre y el t�rmino medio es fatal. No consultes estas cosas con amigos abogados, m�dicos, veterinarios, etc. -gentecilla mediocre y antip�tica-, sino con mam� y los ni�os. Creo que tengo raz�n. Sabes que te quiere de coraz�n tu hijo, Federico".Poco despu�s, seguramente intranquilo, escribe a la madre: "Querid�sima mam�: Le he escrito a pap� una carta d�ndole mis acertadas razones para convencerlo de que debe dejarme aqu�. Ya ver�s si tengo o no raz�n. Ir a
Granada para estar en el caf� Alameda y o�r (porque esto t� sabr�s y te lo supondr�s) multitud de majader�as es cosa inaguantable dada la vida seria y buena y provechosa que hago aqu�. No [te] disgustes, tontica, conmigo porque te diga que escribir cartas es un latazo".M�s indulgente, Vicenta salpica sus misivas de preocupaciones por la salud, sospechas por el bienestar del hijo y reproches bienintencionados: "Nos alegramos tant�simo de que est�s bueno y contento, pero yo me temo que son exageraciones tuyas, pues sin pan y con preocupaciones por tus trabajos no puedes estar muy contento. [...] De cualquier modo ten tranquilidad, yo conf�o en que Dios mediante conseguir�s ver realizados con �xito todos tus deseos".Federico Garc�a Rodr�guez con sus hijas Isabel (delante) y Concha y una amiga (detr�s) en la casa familiar del actual n�mero 50 de la Acera del Darro,
Granada, en la d�cada de 1910.Archivo Patronato Lorca"Nosotros, que sabemos qu� clase de vida bohemia llevaba Lorca, s�lo podemos sonre�r de medio lado al leer las constantes peticiones de dinero para 'para libros y matr�culas', las promesas de estar 'encerrado en mi habitaci�n' y 'estudiando y trabajando' o sus en un comienzo exageradas descripciones del inter�s que generaba su obra en figuras como Juan Ram�n Jim�nez 'quien me ha pedido encarecidamente que le d� mis poemas para d�rselos a leer a su mujer'", relata Fern�ndez."El padre siempre fue muy duro, muy dolido respecto a que el hijo no tuviera una carrera como su hermano Francisco, que fue diplom�tico, diplom�tico de prestigio y sacaba muy buenas notas. Por eso hay ese inter�s de Lorca por mostrar que lo que est� haciendo es una labor literaria seria, que no es un divertimento, cuatro art�culos que escribe en la prensa. Y, evidentemente, no se equivoc� porque hoy hablamos todav�a de �l y de esa obra".Como sabemos, felizmente Lorca pudo desarrollar en Madrid esa carrera que, en cuanto despeg�, ser�a mete�rica. As�, sucesivamente, entre los muchos besos y abrazos, peticiones de dinero (ese "asunto espinoso"), ropa y "sablazos" y quejas rec�procas por escribir poco -"sois unos sinverguenzas con no escribirme, sobre todo Paquito y las ni�as [...] que son unos descastados que no se acuerdan de m�", escribe Lorca; "Pap� y mam� est�n de p�simo humor con esa obstinaci�n ya excesiva de no poner aunque sea dos letras", le echa en cara su hermano- comienzan a filtrarse en las cartas los �xitos del poeta."Querido Federico: Entre todas las felicitaciones que recibas por tu triunfo, esta ser� la m�s humilde, pero tambi�n de las m�s sinceras; y aunque tard�a bien hubi�ramos deseado disponer de aquel [ilegible] que junto con nuestros afectos, hubiera hecho simult�nea la fiesta magna de tu esp�ritu con nuestra satisfacci�n y regocijo", le escriben en 1927, tras el apot�osico triunfo de Mariana Pineda en Barcelona, en una carta firmada por multitud de primos, t�os y otros parientes. A�os despu�s, desde Buenos Aires, donde se celebraron m�s de cien representaciones de Bodas de sangre, el les dira: "El �xito super� a toda ponderaci�n. Fue una fiesta inolvidable. Todos los espa�oles estaban emocionados"."Veo la situaci�n pol�tica muy dura y apasionada, en carne viva. Desde luego hoy en Espa�a no se puede ser neutral"Estas m�s de 200 cartas desvelan, adem�s, otros mitos tejidos en torno a la figura del poeta. Por ejemplo, recalca Fern�ndez "la inexistente ruptura de su relaci�n con Dal�, reflejada en una graciosa carta de la madre de 1930 afe�ndole 'tener tanta frescura' despu�s de que el pintor, expulsado del hogar familiar escribiera a los Garc�a Lorca reclam�ndoles dinero que les adeudaba su hijo. Federico escribi� a Salvador elogi�ndole 'el timo que ibas a dar a mi familia. [...] Me enter� tarde, si no, yo te hubiera girado el dinerito'".Terjeta de identificaci�n de Lorca para viajar en tren durante 1936.Tambi�n refuta su ifentificaci�n y amistad con pol�ticos de derechas como Jos� Antonio Primo de Rivera. "Son habladur�as, leyendas. En una carta Vicenta, firme partidaria de Aza�a, como toda la familia, escribe con prof�tica clarividencia: 'si no ganamos �ya podemos despedirnos de Espa�a! �Nos echar�n si es que no nos matan...!'". Por su parte, el propio Federico hace frecuentes alusiones a la pol�tica. "En 1934, desde buenos Aires, escribe: 'Veo la situaci�n pol�tica muy dura y apasionada, y desde aqu� se tiene la impresi�n de una Espa�a en carne viva'. Y en octubre de 1935, desde Barcelona: 'Desde luego, hoy en Espa�a no se puede ser neutral'".A la espera de quiz� m�s cartas ocultas, pues como apunta Fern�ndez hay archivos todav�a vetados, como el del "gran confidente del poeta Rafael Mart�nez Nadal, que est� en Londres y del que el Estado compr� varios manuscritos -como los de El p�blico o Poeta en Nueva York-, pero no papeles personales, que quiz� no encierren grandes descubrimientos pero s� m�s facetas del escritor, el �ltimo gran misterio lorquiano, contado y recontado su asesinato, es el que afecta a d�nde reposan sus restos.Sin querer entrar "en ese complejo jard�n", el investigador apunta en su introducci�n a que quiz� la familia sabe m�s de lo que se cuenta. "�Hizo la familia alguna gesti�n para salvarlo e, incluso, para recuperar el cad�ver? Se sabe que un periodista granadino tiene en su poder los recibos del dinero que Federico padre trat� de reunir a mediados de ese agosto, que han podido ver personas como el director teatral Llu�s Pasqual". �Dieron fruto las gestiones? �Est� el poeta enterrado, como muchos suponen bajo la fuente del Parque Federico Garc�a Lorca de Alfacar? "Seguramente alg�n d�a se sepa, pero de momento no se puede afirmar".Fern�ndez s� reproduce en este volumen el texto de una nota hoy inencontrable, "que ha llegado a nostoros a trav�s del relato oral", fechada el 16 de agosto de 1936 en la que Federico habr�a escrito: "Te ruego, pap�, que a este se�or le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas". "En aquel momento, el poeta ya estaba muerto, as� que era evidentemente un falso chantaje", apunta. A la espera de aclarar este punto, el editor pone como broche del volumen una carta de Vicente, un primo de la familia, a Francisco fechada en
Granada en octubre de 1947. En ella, escribe: "Ya os pod�is figurar c�mo me he acordado de vosotros y de quien no necesito mencionar, paseando por estos jardines en un atardecer �nico, incre�ble". Algo que, inevitablemente, le ocurre hoy a cualquiera que visite la ciudad nazar�, en la que late el legado del poeta.