26/03/2026 06:00 Actualizado a 26/03/2026 06:40 Una mujer
Iraní mira hacia las columnas de humo sobre una refinería en Teherán ABEDIN TAHERKENAREH / EFEHoy hablan las armas con una intensidad que hace imposible cualquier conversación política sosegada. Pero ninguna guerra dura para siempre. Cuando el ruido de las bombas se extinga, llegará el tiempo de la diplomacia. La pregunta será entonces si esta brutal guerra puede suponer el punto de partida para construir una nueva arquitectura política y de seguridad para Oriente Próximo. Una guerra puede modificar equilibrios de fuerzas. Pero no habrá orden duradero si las partes no aceptan límites al uso de la fuerza, esa que ha generado el estado de fragilidad crónica en el que la región está instalada. Ello requerirá respuestas a cuatro cuestiones interrelacionadas.La primera de ellas será definir el papel de Irán. Ningún orden regional puede construirse ignorando a un país con más de dos mil años de continuidad política, que conecta el
Golfo con
Asia Central y que ha sabido proyectar influencia cultural e ideológica durante generaciones. Pero el futuro no puede ser la prolongación de un Irán mesiánico, volcado en la exportación de su revolución y en el uso sistemático de milicias transnacionales como herramientas de política exterior. Un nuevo orden exige un Irán más Estado y menos causa, más institucional y menos providencial. Eso significa asumir su papel como potencia regional legítima, pero también compatible con la presencia y los intereses de otros en la región. Oriente Próximo solo respirará cuando Irán acepte coexistir, no prevalecer. Esta transformación exige, además, una reflexión inevitable sobre la cuestión democrática interna. Para que Irán abandone su pulsión ideológica en política exterior necesitará instituciones más representativas y una sociedad civil menos asfixiada, es decir, espacios políticos que permitan que las decisiones estratégicas respondan al interés nacional y no a la épica revolucionaria.
Israel no ganará estabilidad solo debilitando a sus enemigosEl
Golfo requerirá garantías de seguridad creíbles. Sus estados han vivido bajo la sombra protectora de potencias externas, en particular Estados Unidos. Ese modelo es cada vez menos viable: genera dependencia, vulnerabilidad y frustración ante la imprevisibilidad de quienes deberían ser sus aliados. El nuevo orden debe permitir al
Golfo disponer de capacidades propias que aseguren su defensa sin caer en la trampa de la hegemonía. Ni sometidos a Irán ni convertidos en extensiones militares de terceros. Un equilibrio antihegemónico, basado en cooperación defensiva, autonomía estratégica y una diversificación de alianzas permitiría a la región protegerse sin convertirse en escenario permanente de guerras ajenas. Además, su prosperidad depende de ello.
Israel necesitará traducir su indiscutible superioridad militar en seguridad política. Durante décadas, ha mostrado capacidad para neutralizar amenazas inmediatas, pero no ha logrado construir una arquitectura de seguridad que reduzca de manera estable la capacidad de sus vecinos para atacarla. Un nuevo orden exige que las capacidades hostiles -milicias, misiles, drones - se reduzcan de forma verificable. Pero la seguridad de
Israel no puede basarse únicamente en la fuerza. Necesita, también, una integración política más sólida en la región.
Israel no ganará estabilidad verdadera solo debilitando a sus enemigos, sino construyendo acuerdos duraderos, reconocimiento mutuo y espacios de cooperación que sustituyan la excepcionalidad constante por una normalidad política hasta ahora esquiva.El cuarto elemento es la pieza que falta en cualquier intento de orden regional: la cuestión palestina. No habrá seguridad para
Israel sin una solución política a este conflicto. La actual Autoridad Palestina carece de la credibilidad necesaria y Hamas no puede ser el interlocutor de un proceso que aspire a estabilidad. Es imprescindible una representación palestina renovada, legítima, coherente y capaz de negociar. Sin dignidad, derechos y un horizonte político real para los palestinos, Oriente Próximo seguirá atrapado en ciclos interminables de violencia.La lección de la historia es nítida: solo cuando el equilibrio contenga la fuerza y la legitimidad sostenga las reglas podrá Oriente Próximo aspirar por fin a un orden que no se imponga, sino que se acepte. ¿Es esto ingenuidad? Dejará de serlo el día en que el caos sea más costoso que la alternativa.