La pulcra y modosa presidenta de la Comisión Europea,
Ursula von der Leyen, ha sido criticada, con razón, por declarar el fin del “orden mundial basado en reglas”. En vista de ello, rectificó ante el Parlamento Europeo, al decir que la Unión Europea “siempre defenderá los principios de la Carta de la ONU”. Bien está que enmiende su yerro, pero ello no obsta para pensar que incumple los dos requisitos que Churchill exigía a
UN político: “Saber historia y ser prudente”. Su error recuerda lo que
Tony Judt denunció en su libro Sobre el olvidado siglo XX: que “de todas nuestras ilusiones contemporáneas, la más peligrosa es aquella sobre la que se sustentan todas las demás, la idea de que vivimos una época sin precedentes, que lo que está ocurriendo es nuevo e irreversible y que el pasado no tiene nada que enseñarnos”. SAUL LOEB / AFPNo es así. El orden internacional basado en reglas no ha muerto. Lo que sucede es que se ha desvanecido el poder hegemónico –es decir, incontestable– que, con extralimitaciones y excesos, lo respaldaba hasta hace poco. Porque no hay orden que valga sin una fuerza que lo ampare. Lo que pasa hoy, por tanto, es que nos encontramos en aquel momento crítico en que la vieja fuerza hegemónica decae, sin que se haya consolidado aún la alternativa. Es
UN vacío de poder, que provoca enfrentamientos y daños.Los blancos, o sea, básicamente Europa y Estados Unidos, han ejercido el poder hegemónico en el mundo desde el Renacimiento hasta ayer mismo. Su declive comenzó con el suicidio de Europa en las dos guerras mundiales del siglo XX. El 9 de mayo de 1945, tras la capitulación alemana, si
UN avión hubiese sobrevolado Europa, a escasa altura, desde el Pirineo hasta el cabo Norte, el espectáculo de devastación visto hubiese sido estremecedor.El viejo orden internacional carece de una fuerza coercitiva que lo haga efectivoEstados Unidos tomó entonces en solitario el relevo de Europa, y la decadencia del Viejo Continente se consumó con la descolonización. Esta había concluido en Asia en 1950, a excepción de Indochina, que se emancipó en 1953. Y en la región musulmana occidental, desde Persia (Irán) hasta Marruecos, la hegemonía británica en el Próximo Oriente terminó en 1956, al ser abortada por Estados Unidos la operación para recuperar el canal de Suez nacionalizado por Naser; mientras que la presencia francesa en Argelia concluyó en 1962.Estados Unidos, que había tomado el relevo de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, protagonizó, con la URSS, la guerra fría. Esta terminó con el hundimiento de la URSS por su inconsistencia interna, dando lugar al espejismo del “fin de la historia” anunciado por Fukuyama. Fue el gran momento de Estados Unidos, que tuvo ante sí una alternativa decisiva. Primera opción: Impulsar como primus inter pares la consolidación de
UN orden jurídico internacional expresado en leyes y encarnado en instituciones, partiendo de las ya existentes ONU, OIC, OMS, OIT, TPI… Segunda opción: Asumir unilateralmente las funciones de
UN sheriff universal al servicio no de
UN orden democrático y de los derechos humanos, sino de los intereses de EE.UU. en el extranjero, de su control del comercio mundial y de la preservación del dólar como moneda de referencia.El país norteamericano eligió la segunda opción y pareció, por pocos años, que había acertado, pero pronto se percibió como
UN error histórico. Estados Unidos no tiene capacidad para librar simultáneamente dos guerras en dos lugares distintos, así, en el frente oriental y en el Pacífico (Taiwán). Y lo sabe. En esta situación, no es que haya muerto el viejo orden internacional fundado en la ley –el único orden justo que ha existido y el único que podrá existir en el futuro–, sino que dicho orden, fruto de una compleja evolución multisecular, carece hoy de una fuerza coercitiva que lo respalde y haga efectivo.EE.UU. no puede imponerlo por sí solo aunque quisiera, que no quiere, pues va exclusivamente a lo suyo. Y mientras no surja la alternativa, que afortunadamente será multilateral, imperarán la anomia y el caos.
UN caos que ha adoptado los rasgos de una tragedia bufa protagonizada por el presidente Trump.