Durante décadas han sido una máquina de hacer dinero que ha engrasado las finanzas mundiales, pero la guerra ha revelado su fragilidad. Hoy las monarquías del Golfo temen que Trump deje el trabajo a medias con un Irán más belicoso.El ministro saudí de la Energía,
Khalid al-Falih, escucha las malas noticias AFP)FAYEZ NURELDINE / AFPEl final está escrito en un artículo publicado el 18 de marzo en The Economist por
Badr bin Hamad Al Busaidi, el ministro de Exteriores de Omán. La guerra de Irán no la ganará nadie.
Israel se sentirá vencedora, pero seguirá sin dormir tranquila. Irán será un país en escombros y es posible que Ormuz sea el canto del cisne del poder militar de Estados Unidos, del mismo modo que la crisis de Suez de 1956 lo fue para el poderío naval francobritánico.Washington lleva décadas afirmando que su prioridad es
China, pero siempre vuelve a Oriente Medio. Lo hizo en 1991 y en 2003. En los dos casos el principal escenario fue Irak. Esta será, aunque a ellos les guste hablar de “incursión”, la Tercera Guerra del Golfo.
Israel convenció a
Donald Trump de atacar Teherán el 28 de febrero, el día en que el líder supremo, Alí Jamenei, se puso a tiro en una reunión con jerarcas del régimen. Descabezado el sistema (como le llaman los
Iraníes) todo se desmoronaría. No hubo cálculo del riesgo de que esto pudiera no pasar, de que Irán fuera más duro de pelar. Tampoco de lo que podía ocurrir si los persas bloqueaban el estrecho de Ormuz.Irán ha cerrado ese punto geográfico y ha dejado sin salida el petróleo y el gas de los países del Golfo (Omán, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes, Arabia Saudí y Bahréin), esenciales en la economía global. También ha atacado aeropuertos, infraestructuras y hoteles y las bases militares estadounidenses en la región.Los árabes, mayoritariamente suníes, no son amigos de los persas. Han sobrellevado la amenaza chií pese a tenerlos a menos de un centenar de kilómetros al otro lado del mar. Confiados en que Estados Unidos, su amigo, les protegía. Nunca han dejado de extraer gas y petróleo y se han convertido en una máquina de hacer dinero que engrasa las finanzas mundiales. En los últimos cuatro años han generado un excedente de 800.000 millones de dólares que ha ido a bancos, inmobiliarias, bonos, hedge funds o empresas de inteligencia artificial.Los folletos turísticos dicen que si el día es claro y el aire es limpio es posible ver la costa
Iraní desde los pisos más altos de Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo, en Dubai. La ciudad emiratí, tercera urbe global por detrás de Nueva York y Londres, es el producto más acabado de esta cultura surgida del desierto, en la que unos monarcas integristas, con la ayuda de consultores británicos y del lujo asiático, han atraído con bajos impuestos a financieros, influencers y family offices de todo el mundo.Dubai se ha hecho grande en la convicción de que se podía funcionar al margen de la geopolítica regionalDubai es, era hasta hace un mes, el paraíso neoliberal, una ciudad sin raíces ni identidad, en la que se vivía o se iba para hacer negocios o turismo, un castillo que flotaba por encima de la endiablada geopolítica de la región.Pero en la demografía está su debilidad. De los cuatro millones de habitantes de la ciudad (81.000 millonarios), el 90% son extranjeros, unos cuantos de ellos occidentales, y la gran mayoría asiáticos inmigrados que trabajan en los empleos más bajos y que son expulsados si los pierden. ¿Quién defiende entonces Dubai?En el último mes, Irán ha lanzado 5.000 misiles y drones contra los países del Golfo. Suficientes como para agotar la paciencia incluso de los más moderados. Como Omán y Catar, que han tratado de mediar entre Washington y Teherán y practicaron la política del halago con Trump, pero que han constatado que las opiniones de
Israel pesan más que sus consejos.Hoy meditan si existe una alternativa al imprevisible poder estadounidense. Algunos, como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, asumen incluso una escalada del conflicto y le piden en privado a la Casa Blanca que acabe el trabajo que empezó, que priven a Irán de la infraestructura necesaria para fabricar más misiles y drones. Quieren estar en las negociaciones y asegurarse de que podrán seguir bombeando hidrocarburos y hacer funcionar sus grandes aeropuertos con tranquilidad.Los árabes temen que un Trump presionado por los mercados financieros -que han dejado de creer en él- declare victoria y deje el conflicto sin resolver con un Irán más decidido que nunca a lograr el arma nuclear. Su peor pesadilla es que Teherán pueda prolongar su control sobre Ormuz más allá de un alto el fuego. No hay nada que haya inquietado más a estas monarquías que ese puesto aduanero que los
Iraníes han instalado en la pequeña isla de Larak, en medio de Ormuz, desde la cual coordinan y autorizan el paso de los barcos comerciales sobre sus aguas.La peor pesadilla es que Teherán controle el Estrecho de Ormuz más allá de un alto el fuegoEs un escenario extremo que situaría a los países del Golfo en una situación de dependencia inédita del belicoso vecino persa. Un desenlace que ahora mismo parece inverosímil. Pero, ¿quién está seguro de nada con el inquilino de la Casa Blanca, alguien que tiene como principales consejeros de su política exterior a un familiar y a un amigo?Redactor jefe de Internacional