La celebración de los 2.500 años de la monarquía persa, en 1971, fue calificada como “la mayor fiesta de la historia”. Los anfitriones, el sha Mohamed Reza Pahlevi y su esposa,
Farah Diba, querían honrar la cultura de su país, pero casi todo se trajo de Francia. Durante meses, a Irán llegaron desde París decenas de aviones de carga, atiborrados de objetos de lujo: desde tiendas recubiertas de lentejuelas hasta frascos de perfume, pasando por kilómetros de sedas, kilos de caviar, toneladas de flores, cuberterías de plata, exquisitas vajillas y cristalerías, y centenares de cajas con los mejores vinos.
Maxim’s, el restaurante encargado del catering, fletó a todo su personal.
Lanvin diseñó los uniformes de los camareros, ribeteados en oro.La fiesta duró cinco días y se celebró en
Persépolis, la antigua capital del imperio persa. Acudieron 600 invitados, entre ellos, reyes, reinas y jefes de Estado. Todos rindieron homenaje al sha y a la emperatriz, que se presentaron como la encarnación de una monarquía milenaria.Reza Khan se propuso construir un país moderno y más secular, pero para ello usó la violenciaSin embargo, la dinastía Pahlevi no llevaba ni cincuenta años reinando en Irán. Reza Khan Pahlevi, el padre de Mohamed, fue proclamado sha en 1925. Un destino inesperado para el hijo de un soldado: un joven casi analfabeto, de físico imponente, que hizo una fulgurante carrera en la Brigada de los Cosacos de Persia.A pesar de que no corría una gota de sangre azul por sus venas, Reza Khan fue llamado: “El sha Reza el Grande, Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo” y gobernó sin contemplaciones. “Tiene una prusiana mano de hierro y sencillos métodos de capataz”, escribió
Ryszard Kapuściński en El Shah o la desmesura del poder (Anagrama).El sha y
Farah Diba con sus hijos en su chalet de Saint MoritzParis Match via Getty ImagesReza Khan se propuso construir un país moderno y más secular, pero para ello usó la violencia. Cuando ordenó vestir a la europea, por ejemplo: “Las calles se llenaron de policías que arrancaban los chadores de las caras de las mujeres horrorizadas”, cuenta Kapuściński. También cerró periódicos y arrestó a sus opositores, ajusticiándolos sin piedad. Era temido por todos. Incluso las damas de la aristocracia “se desmayaban de miedo” cuando las miraba en las recepciones.Todo esto lo absorbió su hijo, Mohamed, que le sucedió a los 22 años, cuando, presionado por los ingleses, Reza Khan abdicó y se exilió en Sudáfrica. Se inició así el mandato del segundo sha de la dinastía Pahlevi: un joven pálido y de constitución menuda, que nació en una casa de alquiler y creció en un palacio; fue educado por preceptores franceses y estudió en el exclusivo internado Le Rosey, en Suiza.El sha de los inicios estaba más interesado en esquiar, pilotar aviones y cortejar a bellas mujeres que en gobernarEl sha de los inicios estaba más interesado en esquiar, pilotar aviones y cortejar a bellas mujeres que en gobernar, tarea que delegó en el primer ministro, Mohammad Mosaddeq. Pero la iniciativa de Mosaddeq de nacionalizar el petróleo
Iraní provocó un golpe militar, orquestado por la CIA, que liquidó su gobierno de izquierdas. En 1953, el sha ostentaba el poder absoluto en Irán.Gracias al boom del petróleo, de cuyas ganancias disponía libremente, Pahlevi se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo. Ello hizo que todos lo cortejaran y se obviaran los incontables abusos perpetrados por su policía secreta, la temida Savak. El dinero del petróleo no se aplicó a su proyecto para modernizar Irán, sino a acumular propiedades, joyas y obras de arte, a comprar destructores vía catálogo, favorecer a sus amigos y coronarse en un trono de piedras preciosas. Pese a algunos avances sociales, el reinado del último sha ha pasado a la historia por sus fastos y su crueldad.El sha y la emperatriz
Farah Diba recorren las calles de Teherán tras la ceremonia de su coronaciónAlbum / AlamyEn su coronación le acompañó
Farah Diba, su tercera esposa tras repudiar a la bella Soraya Esfandiary, que no pudo darle hijos. Farah, una joven
Iraní de buena familia, estudiante de arquitectura, sí le dio descendencia: el príncipe Reza Ciro, el ansiado heredero, y tres hijos más: Farahnaz, Ali Reza y Leila.Los Pahlevi eran una familia en apariencia perfecta, que tanto lucía coronas con esmeraldas gigantes como se enfundaba en trajes de esquí y posaba en su chalet de St. Moritz. El monarca sabía de la importancia de la imagen y, como todo buen sátrapa, necesitaba verse: en Irán, su efigie y la de su familia estaban por todas partes.Irán era rico en petróleo, pero muchas familias luchaban por satisfacer sus necesidades básicas”Nahid Persson SarvestaniCineasta“Crecí cuando los Pahlevi gobernaban el país y lo que recuerdo con mayor claridad es el contraste entre su imagen pública y la realidad que muchos vivíamos”, cuenta al Magazine la cineasta
Iraní Nahid Persson Sarvestani. La familia real, continúa: “Promovía una idea de progreso, occidentalización y desarrollo. Simbolizaban el poder, la estabilidad y la sofisticación”. Sin embargo, para mucha gente corriente, la realidad era muy diferente: “Existían profundas desigualdades sociales y económicas. Irán era rico en petróleo, pero muchas familias luchaban por satisfacer sus necesidades básicas. Al mismo tiempo, el sistema era represivo: las personas que confrontaban al sha se arriesgaban a ser detenidas, encarceladas, torturadas o ejecutadas”. Esto creó un clima de terror y paranoia que nada tenía que ver con las simpáticas fotografías de los Pahlevi y las fiestas con las que deslumbraban a Occidente.Con 20 años,
Farah Diba se convirtió en la emperatriz de la antigua Persia. Su colección de joyas era legendariaParis Match via Getty ImagesEn su juventud, Nahid luchó contra el régimen del sha, pero cuando fue derrocado, en la revolución de 1979, ella también tuvo que escapar. La oposición, dice, estaba tan enfocada en librarse del monarca que creyó lo que les prometió el ayatolá Jomeini; no vieron venir el nuevo horror. Desde entonces, vive en Suecia y ha rodado varias películas, con Irán como eje. Destaca La reina y yo (2008), un documental sobre la emperatriz
Farah Diba, que fue una figura popular: familiar pero moderna, defensora de los derechos de las mujeres, la cultura y la educación. Sin embargo, su debilidad por el lujo y su lealtad ciega al régimen siguen siendo muy cuestionadas.Tras la muerte del sha en el exilio, en 1980, Farah se convirtió en la matriarca de una saga que no encontraba su lugar en el mundo. Hoy, como se muestra en La reina y yo, la ex emperatriz de Irán vive en un lujoso piso en París, donde aún la paran por la calle: no en vano fue un icono de la prensa rosa, que exaltaba su elegancia.Reza Ciro ha sido incapaz de crear una oposición unida y plural y sigue empeñado en presentarse como figura centralEl dinero no parece ser un problema para los Pahlevi. Es vox populi que se llevaron considerables riquezas de Irán: “La familia ha vivido en el exilio con un estilo de vida muy privilegiado, lo que plantea preguntas sobre la rendición de cuentas y el origen de esos bienes. No se trata solo de lujo, sino de una cuestión más profunda de justicia”, dice Nahid Persson.Pese a ser antimonárquica, en su documental hay simpatía por Farah, que se revela como una mujer muy agradable: “Sí, era encantadora y tenía sentido del humor: fue algo que realmente me sorprendió”, dice la cineasta. Pero lo que más le llamó la atención fue el contraste entre esa calidez y la realidad histórica de la que formó parte: “¿Cómo alguien tan afable estaba en un sistema que causó tanto sufrimiento?”. Un pasado muy oscuro, que la viuda del sha prefiere obviar. “Siempre evadía esta cuestión. Me impactó esta profunda sensación de desconexión”, dice Nahid.Reza Ciro Pahlevi y su esposa, Yasmin, abogada de origen
Iraní, con sus hijas mayores, Noor e Iman, en su casa de WashingtonGetty ImagesUna desconexión patente en lo que queda de la familia Pahlevi (dos de los hijos, Leila y Ali Reza, se suicidaron en 2001 y 2011). Mientras Farahnaz lleva una vida discreta en Nueva York, el heredero, Reza Ciro, de 65 años, vive en un elegante suburbio de Washington, con su esposa Yasmine y sus tres hijas, las princesas Noor, Iman y Farah. Desde que se exilió, con 18 años, su principal trabajo es presentarse como alternativa para liderar Irán, reivindicación que se ha acelerado con los últimos acontecimientos.Pero su retorno no parece probable: Trump ya ha expresado sus reticencias y los analistas aseguran que, en Irán, su figura es muy cuestionada. En parte, porque, pese al tiempo transcurrido, Reza Ciro ha sido incapaz de crear una oposición unida y plural y sigue empeñado en presentarse como figura central: “Y eso es, exactamente, lo que los
Iraníes queremos evitar”, enfatiza Nahid Persson. Casi medio siglo después de su derrocamiento, las sombras sobre la dinastía Pahlevi siguen siendo alargadas y oscuras.