Hubo un tiempo en que mirar a la Luna era un acontecimiento colectivo. En diciembre de 1968, cerca de mil millones de personas siguieron por televisión a tres hombres que orbitaban otro mundo.Hoy, más de medio siglo después, la
NASA se dispone a repetir aquel viaje.
Artemis II llevará de nuevo astronautas a la órbita lunar. La comparación con el Apolo VIII es inevitable. Pero quizá lo más revelador no esté en lo que ha cambiado la tecnología, sino en lo que ha cambiado la mirada.Varias personas fotografían el Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS), con la cápsula tripulada Orion, en la plataforma 39B antes del lanzamiento de la misión
Artemis II Brendan McDermid / ReutersEn 1968, Estados Unidos necesitaba ganar algo más que una carrera espacial. La guerra de Vietnam, los asesinatos de
Martin Luther King y
Robert Kennedy, y la tensión permanente de la Guerra Fría habían erosionado la confianza de una sociedad entera. El Apolo VIII fue, en ese contexto, una demostración de poder y, al mismo tiempo, un raro momento de cohesión.La misión era arriesgada. Sin módulo de alunizaje, con sistemas limitados y una precisión extrema en los cálculos, cualquier error podía ser fatal. Pero funcionó. Y no solo eso si no que ofreció un relato en el que millones de personas quisieron reconocerse.
China está a punto de llegar, y Estados Unidos no quiere quedarse atrás”Rafael ClementeIngeniero, divulgador científico y experto en exploración aeroespacial“Se fue a la Luna hace 50 y pico años por prestigio nacional”, explica
Rafael Clemente, ingeniero y divulgador que ya cubrió para La Vanguardia el Apolo 11 en 1969. “Y ahora, aunque se hable de ciencia o de bases lunares, el fondo es parecido:
China está a punto de llegar, y Estados Unidos no quiere quedarse atrás”.También entonces hubo una puesta en escena. La retransmisión navideña desde la órbita lunar culminó con la lectura del Génesis por parte de
Frank Borman. Un relato cuidadosamente construido, capaz de atravesar fronteras y creencias.
Artemis II recoge parte de ese esquema. Como el Apolo VIII, no alunizará. Como entonces, busca marcar un punto de inflexión. Despegará, además, en plena Semana Santa, otro guiño simbólico que remite (aunque de forma más tenue) a aquella Navidad de 1968.Pero las diferencias son profundas. El programa Artemis ya no pertenece solo a Estados Unidos: integra agencias internacionales y empresas privadas como
SpaceX o Blue Origin. Y su objetivo no es plantar una bandera, sino preparar una presencia sostenida en la Luna como antesala de Marte.Ni siquiera la tecnología genera consenso. Clemente es tajante: “El cohete SLS es un dinosaurio que solo se justifica por razones políticas”. Un sistema heredado, costoso y poco competitivo frente a los nuevos cohetes reutilizables.A cambio, la misión incorpora mejoras de seguridad y seguirá una trayectoria de “retorno libre”. Esta técnica permite regresar automáticamente a la Tierra en caso de fallo, una lección aprendida tras el Apolo XIII, que muchos —entre ellos Clemente— ponen por encima del alunizaje del Apolo 11 como el verdadero triunfo de la
NASA.Cambios en la tripulaciónArtemis II trae a la primera mujer y al primer astronauta negro en una misión lunarTambién cambia el relato humano. La tripulación incluirá a la primera mujer y al primer astronauta negro en una misión lunar, reflejo de una narrativa más inclusiva que la de la era Apolo.Y, sin embargo, algo no encaja del todo. “Para los que lo vivimos,
Artemis II es un poco decepcionante”, admite Clemente. “No es comparable con Apolo VIII. Aquello ocurrió en un momento histórico irrepetible”.Imagen de archivo de un usuario frente a su teléfono móvil Getty Images/iStockphotoQuizá no sea solo la historia. Quizá sea también el presente. En un mundo saturado de estímulos, donde cada día compite con el siguiente por un instante de atención, resulta difícil que una misión espacial, por ambiciosa que sea, consiga detener la conversación global.En 1968, la revista Time escribió que el Apolo VIII había “salvado el año”. Hoy cuesta imaginar una frase así. No porque falten conflictos, crisis o incertidumbre, sino porque quizá ya no esperamos que nada —ni siquiera la exploración espacial— los redima.
Artemis II no salvará el año. Tal vez ni siquiera logre interrumpirlo. Pero volverá a trazar, aunque sea por unos días, una línea entre la Tierra y la Luna. La pregunta es si todavía sabremos mirarla o si, en realidad, llevamos demasiado tiempo estando en la Luna.Nico Escorcia trabaja en el departamento de video de La Vanguardia desde 2019. Especializado en entrevistas y reportajes