Donald Trump lleva años sugiriendo que puede sacar a Estados Unidos de la OTAN, pero nunca había insistido tanto en esa idea como ahora. La negativa de sus aliados europeos a sumarse a la guerra de Irán parece habar colmado la paciencia del magnate. Ayer dijo que la salida estadounidense del Tratado del Atlántico Norte es una opción que está barajando muy seriamente.Ante estas declaraciones, surge una primera pregunta: ¿tiene capacidad Trump de sacar a su país de la OTAN?Lo cierto es que, desde la creación de la Alianza Atlántica, en 1949, ningún país miembro ha abandonado el organismo, si bien el artículo 13 del tratado fundacional establece las condiciones para ello. Según esta cláusula, la salida se tiene que notificar, precisamente, al Gobierno de EE.UU., el cual se encarga de informar al resto de partes de la solicitud de renuncia. Una vez realizado ese trámite burocrático, la salida tarda un año en hacerse efectiva.Otra cuestión son las trabas que Trump puede afrontar en su país. La Constitución estadounidense especifica que el presidente tiene la facultad de negociar tratados, pero no aclara si puede romperlos. Fruto de esa indefinición jurídica, en el 2023 –y con la mediación de
Marco Rubio, actual secretario de Estado, entonces senador por
Florida–, se aprobó una ley que establece que la retirada unilateral de la OTAN debe contar con el aval de dos tercios del Senado o con la autorización expresa del Congreso. Sin embargo, los expertos creen que esta norma podría ser esquivada por Trump alegando la autoridad presidencial en materia de política exterior. Se abriría así un escenario incierto, de batallas en los tribunales entre partidarios y contrarios a la medida.Los obstáculos administrativos, pues, son considerables, pero eso no implica que se pueda descartar del todo ese escenario. Y eso lleva a la otra gran pregunta: ¿qué consecuencias tendría la salida de EE.UU. para la OTAN?Los efectos son difícil de predecir, pero lo que sí está claro es que la marcha estadounidense supondría todo un hachazo en las cuentas de la Alianza. El país norteamericano aporta cerca de un 15% del presupuesto final del organismo, igual que Alemania, el otro socio que más contribuye. Asimismo, EE.UU. es el miembro que más invierte en necesidades de defensa: el año pasado destinó 838.000 millones de dólares, cifra que supone cerca del 60% del gasto de la Alianza en este concepto.Llenar ese vacío supondría todo un reto para los 31 aliados restantes. Desde el regreso de Trump al poder, los países europeos ya han tenido que aumentar el gasto militar por exigencia de Washington. Un incremento mayor del previsto en esa partida obligaría a aplicar recortes todavía más severos en el Estado de bienestar. ¿Quién estaría dispuesto a aplicar esta medida, sobre todo sabiendo que acarrea serios costes políticos y que puede disparar el descontento social en un continente cada vez más proclive a abrazar los discursos extremistas?Por otro lado, con la marcha de EE.UU., la OTAN perdería fuerza militar y poder de disuasión. Cerca de la mitad de los 3,2 millones de soldados en activo de los que dispone hoy la Alianza son estadounidenses. Sin ellos, el resto de países tendrían que aumentar sus ejércitos. En los últimos meses, coincidiendo con la creciente fractura con Washington y las negociaciones para poner fin a la guerra de Ucrania, el debate sobre el servicio militar ha cobrado fuerza en Europa. Estados como Francia, Bélgica o Alemania han aprobado programas de reclutamiento voluntario con vistas a paliar su escasez de efectivos. Convencer a la población de la necesidad de tomar las armas no resulta una tarea sencilla.La salida de EE.UU. supondría además la pérdida de su paraguas nuclear, clave para mantener a raya a potencias como Rusia. Reino Unido y Francia, los dos únicos países europeos con armas atómicas, ya han planteado poner su arsenal nuclear a disposición del resto de países del Viejo Continente, pero no está claro cómo podría encajar esta propuesta en la actual arquitectura de seguridad de la OTAN.Asimismo, los aliados se verían obligados a apretar el acelerador en materia armamentística. Según datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, entre el 2020 y el 2024, casi el 64% de las importaciones de armas de los miembros europeos de la OTAN procedían de EE.UU.Pese a todo esto, una OTAN sin EE.UU. todavía sería viable. La suma de fuerzas de los países de la Alianza es considerable incluso si no se tiene en cuenta la aportación estadounidense, y hay margen para que la Alianza se dote de nuevos recursos que permitan hacer frente a las amenazas externas.De hecho, quizás EE.UU. sería quien saldría perdiendo más en una eventual salida de la organización. No solo vería mermada considerablemente su influencia sobre Europa, sino que perdería también sus bases en el continente, fundamentales para afrontar, por ejemplo, sus operaciones militares en Oriente Medio. Además, la OTAN seguramente dejaría de comprarle armamento, y podría empezar a hacer tratos con otras potencias. En definitiva, se reduciría el papel de Washington en el mundo. Un mal negocio para EE.UU., diga lo que diga Trump.Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.