Hasta hace unos meses, viajar entre
Barcelona y Puigcerdà en tren era un trayecto largo, pero asumible. La línea
R3, una de las más extensas de
Rodalies, conecta L’Hospitalet de Llobregat con
Latour-de-Carol —ya en territorio francés— a lo largo de 149 kilómetros y 35 estaciones. En su recorrido atraviesa comarcas como el
Vallès Oriental,
Osona o el
Ripollès, hasta adentrarse en el Pirineo catalán y cruzar la frontera. Puigcerdà, capital de la Cerdanya, es uno de los principales núcleos de población de esta comarca de montaña, mientras que
Latour-de-Carol actúa como enlace con la red ferroviaria francesa. Durante años, esta línea ha sido la principal conexión ferroviaria de estos territorios con
Barcelona, tanto para residentes como para estudiantes, trabajadores o turistas. El trayecto completo podía realizarse en poco más de tres horas. Pero, actualmente, la duración del viaje dista mucho de esos tiempos. Los usuarios deben encadenar autobuses, transbordos y esperas que pueden alargar el viaje hasta las cinco horas para recorrer apenas 150 kilómetros, convirtiendo un trayecto habitual en una carrera de obstáculos. Desde el accidente ferroviario de
Gelida, el tramo entre Vic y Puigcerdà permanece sin servicio ferroviario y no hay una previsión clara para su restablecimiento. A este corte se suman las obras en otros puntos de la línea, como el tramo entre L’Hospitalet y La Garriga, lo que ha dejado la
R3 fragmentada y sin una conexión ferroviaria continua entre
Barcelona y el Pirineo. Viajar con incertidumbre Uno de los colectivos que más utilizan la línea es el de los jóvenes de la comarca que estudian, trabajan o viven en
Barcelona. Muchos de ellos son usuarios habituales del tren, especialmente los fines de semana, cuando regresan a sus pueblos. Para
Emma Morralla, una joven de 24 años de Puigcerdà que se trasladó a
Barcelona hace cuatro años para estudiar Pedagogía, el cambio ha sido radical. Cada fin de semana vuelve a su pueblo, no solo para ver a su familia, sino también para trabajar. Pero el trayecto, explica, se ha convertido en "una auténtica yincana". Morralla ha optado por recurrir al servicio de autobús de una compañía privada como alternativa, “porque es mucho más rápido y cómodo”. El trayecto dura unas tres horas, dependiendo del tráfico, un tiempo similar al que tenía el tren antes de la interrupción. Aunque es una opción más cara, muchos usuarios la han priorizado ante la falta de alternativas eficaces. Manifestación del pasado mes de febrero en
Barcelona para protestar por el servicio de
Rodalies. (EFE/ Marta Pérez) Para quienes optan por la opción habilitada por
Rodalies, el trayecto se convierte en una cadena de transbordos. En
Barcelona deben desplazarse hasta la estación de Fabra i Puig, desde donde salen los autobuses. El primero conecta con Vic de forma directa. Desde allí, un segundo autobús continúa hasta Puigcerdà, realizando múltiples paradas una vez superado Ripoll y atravesando la Collada de Toses, un puerto de montaña que conecta el
Ripollès con la Cerdanya. "El segundo bus pasa cada dos horas y en total puedes tardar hasta cinco para llegar a casa", explica Morralla. El funcionamiento de este sistema, sin embargo, no es homogéneo en toda la línea. Algunos usuarios de los tramos más cercanos a
Barcelona valoran positivamente el servicio, ya que en determinados casos incluso se ha reducido el tiempo del trayecto respecto al tren. Pero a medida que el recorrido se adentra en zonas menos pobladas, la alternativa se vuelve más lenta, menos frecuente y peor coordinada. En este contexto, la percepción general de la
R3 tampoco invita al optimismo. Para muchos usuarios habituales, las incidencias no son una excepción, sino parte del funcionamiento cotidiano de la línea, que arrastra problemas desde hace años. "Siempre hay problemas. El año pasado ya hubo otro tramo cortado y tenías que combinar tren, autobús y otra vez tren. Los retrasos son constantes. Se han intentado hacer mejoras, pero en la práctica el trayecto tarda lo mismo o incluso más que hace años", concluye la joven. Un sistema que pierde usuarios Ante esta situación, en los últimos años han surgido organizaciones de usuarios que denuncian el deterioro del servicio y reclaman mejoras en la red ferroviaria. Es el caso de la plataforma Perquè no ens fotin el tren (Para que no nos fastidien el tren), centrada en la defensa de la línea
R3. Para Marc Janeras, portavoz del colectivo, lo que ocurre en esta línea no es una anomalía puntual, sino el resultado de años de deterioro. "Es el fondo del pozo en el que llevamos cayendo décadas. Es la crónica de una muerte anunciada", resume. La plataforma señala desde hace diez años las deficiencias de una línea que, a su juicio, representa un caso extremo de los problemas estructurales de
Rodalies. Desde su perspectiva, el problema no responde a una incidencia concreta, sino a una degradación progresiva y constante del servicio a lo largo del tiempo. "Estamos ante una crisis provocada por años de falta de mantenimiento e inversión. Todo falla". Esa acumulación de deficiencias se traduce directamente en la experiencia diaria de los usuarios, que han dejado de percibir el tren como un medio fiable. A esa falta de fiabilidad se suma, además, otro elemento clave: la ausencia de información clara. Según Janeras, la incertidumbre no solo tiene que ver con el funcionamiento del servicio, sino también con la manera en que se comunica a los usuarios. "Se insiste en que la comunicación es importante, pero está muy mal gestionada. Se da información incierta, no hay compromisos claros ni fechas", declara el portavoz de la entidad. Las consecuencias de este fenómeno no pasan desapercibidas: "El servicio es tan deficiente que ha perdido muchos usuarios en los últimos años. Ha habido un éxodo progresivo: quien ha tenido alternativa, la ha escogido", añade Janeras. No se trata únicamente de una percepción, puesto que, tras el inicio de las obras en el tramo sur de la línea el pasado mes de octubre, la
R3 perdió en apenas un mes alrededor de un 20% de sus viajeros habituales. El servicio alternativo por carretera apenas consiguió retener a la mitad de los usuarios que utilizaba el tren de forma regular. Varios viajeros esperan el autobús en la Estación de Fabra i Puig de
Barcelona para coger el autobús sustitutivo, el pasado mes de enero. (EFE/ Alejandro García) Sin embargo, no todo el mundo puede permitirse ese cambio. Frente a quienes han optado por alternativas como el coche o el autobús, hay una parte de los usuarios que dependen exclusivamente del transporte público. "Hay mucha gente que no tiene alternativa. Y ahí es donde el transporte público tiene un componente social muy fuerte", zanja el portavoz de Perquè no ens fotin el tren. ¿Quién gestiona el tren? Paralelamente, el funcionamiento de
Rodalies se basa en un modelo dividido entre distintos actores. Por un lado, Renfe se encarga de la operación de los trenes, es decir, de prestar el servicio. Por otro, la infraestructura —vías, estaciones o túneles— depende de Adif, la empresa pública responsable del mantenimiento y la gestión de la red ferroviaria. A su vez, la Generalitat tiene competencias sobre la planificación del servicio, como los horarios o las tarifas, pero no controla directamente los elementos clave que determinan su funcionamiento. Esta distribución de responsabilidades hace que la gestión del sistema dependa de varios organismos a la vez, lo que dificulta la coordinación y se sitúa, según los usuarios, entre las principales causas de las incidencias recurrentes. En este contexto, en los últimos meses el Gobierno central y la Generalitat han impulsado un cambio de modelo con la creación de una nueva empresa mixta que deberá gestionar
Rodalies en el futuro. Esta sociedad, participada en un 50,1% por Renfe y en un 49,9% por la Generalitat, busca acercar la gestión al territorio y mejorar la gobernanza del servicio. No obstante, su puesta en marcha no está prevista hasta, como mínimo, 2027, ya que debe obtener previamente las licencias y certificaciones necesarias. Mientras tanto, la estructura actual se mantiene sin cambios y los problemas que arrastra la red siguen afectando al día a día de los usuarios.