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SUN · 2026-04-05 · 03:30 GMTBRIEF NSR-2026-0405-52827
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Pete Hegseth, el secretario de Defensa en guerra contra el Pentágono

Pete Hegseth, el secretario de Defensa de EE. UU., busca transformar las fuerzas armadas en una máquina de destrucción enfocada en la "letalidad".

Macarena Vidal LiyEl PaisFiled 2026-04-05 · 03:30 GMTLean · Center-LeftRead · 7 min
Pete Hegseth, el secretario de Defensa en guerra contra el Pentágono
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Pete Hegseth, el secretario de Defensa de EE. UU., busca transformar las fuerzas armadas en una máquina de destrucción enfocada en la "letalidad". Desde su llegada al Pentágono en enero del año pasado, Hegseth, ex presentador de Fox News, ha purgado a altos mandos con los que tiene desacuerdos, muchos de ellos mujeres o afroamericanos, y promueve una imagen de soldado "guerrero" blanco, cristiano y varón. Su gestión ha dado carta blanca al presidente Trump para usar las fuerzas armadas en funciones policiales, operaciones militares y guerras en el extranjero sin autorización del Congreso. En medio de la guerra contra Irán, Hegseth ha empleado un lenguaje agresivo, invocando a Dios y prediciendo "pura destrucción" contra el adversario. Trump ha priorizado las fuerzas militares, solicitando un presupuesto de Defensa de 1,5 billones de dólares.

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Trump has deployed the armed forces in democratic cities for police functions.

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Pete Hegseth prefers to call himself Secretary of War.

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Hegseth forced the resignation of General Randy George.

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Hegseth has purged many senior officials for disagreements within 14 months.

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Hegseth wants to transform the US armed forces into a machine of destruction.

quoteArticle's interpretation of Hegseth's mission
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“Máxima letalidad, nada de tibia legalidad” o “efecto violento, no a lo políticamente correcto”. Son algunos de los lemas, con ripio inclu, que proclama el secretario de Defensa —o de Guerra, como prefiere autodenominarse—, Pete Hegseth, en comparecencias públicas. En las ruedas de prensa sobre la ofensiva estadounidense e Israelí contra Irán, su lenguaje ha sido igualmente agresivo: predice “pura destrucción” y una “lucha sin cuartel” contra el adversario. Siempre, eso sí, invocando a Dios. En un servicio religioso en el Pentágono hace un par de semanas, suplicaba que bendijera “una violencia abrumadora” contra “aquellos no merecen piedad”. Él mismo no ha tenido compasión contra los que percibe como adversarios dentro del Pentágono: en 14 meses ha purgado a toda una galería de altos mandos por desacuerdos con ellos. Muchos eran mujeres, o varones afroamericanos.Desde su llegada al Pentágono en enero del año pasado, el antiguo presentador de la cadena de televisión conservadora Fox News, autor de libros de opinión y veterano de la guerra en Irak, ha tenido una misión en mente: convertir las fuerzas armadas de su país ―en su opinión, demasiado políticamente correctas, demasiado respetuosas de la legalidad y sin fondos ni la autoestima necesarios― en una máquina de destrucción del enemigo, especializado en esa “letalidad” que no se le cae de la boca. Y transformar, por el camino, el fenotipo del militar estadounidense. Deben ser soldados “guerreros” y no “defensores”, dice. Y preferiblemente ―aunque esto no lo diga abiertamente―, reflejar la propia imagen de Hegseth: blanco, cristiano y varón. Musculoso y fotogénico.Bajo su gestión del Pentágono, el presidente estadounidense, Donald Trump, ha gozado de carta blanca para utilizar las fuerzas armadas estadounidenses a su antojo: las ha desplegado en ciudades demócratas ―o lo ha intentado, hasta que los jueces se lo han impedido― para funciones policiales o forzar el cumplimiento de la política migratoria; para bombardear supuestas narcolanchas en el Caribe y en el Pacífico; para operaciones militares y guerras en el extranjero sin autorización previa del Congreso. A su vez, el jefe de la Casa Blanca ha elevado a las fuerzas militares a gran prioridad y les ha dado un cheque casi en blanco: para el próximo año fiscal solicita un presupuesto de Defensa de 1,5 billones de dólares, el equivalente al PIB de Turquía.Ahora, en plena guerra contra Irán, y cuando Trump debe decidir si autoriza una posible incursión de tropas estadounidenses en suelo del país adversario, Hegseth ha forzado la salida del general Randy George, jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, el máximo mando de esa rama de las fuerzas armadas. Un militar de carrera con una hoja de servicios impecable y valiosa experiencia en Irak y Afganistán. No se ha dado una razón oficial para la destitución, anunciada como una dimisión este jueves y con efecto inmediato. George fue asesor militar del predecesor de Hegseth, Lloyd Austin, demócrata y afroamericano y cuyo legado el actual secretario de Defensa se ha esforzado en borrar sin dejar rastro. Aunque el cargo de asesor militar es apolítico y se reserva para profesionales destacados, esa asociación con la anterior Administración puede haber pesado en contra del general. Otros conjeturan que, con esa marcha, el secretario de Defensa supuestamente busca castigar al secretario del Ejército, Dan Driscoll, considerado un posible reemplazo de Hegseth en el futuro y que mantiene una buena relación con el mando defenestrado. Driscoll y Hegseth mantienen una relación tensa, crispada en ocasiones. La salida de George ha motivado lo más parecido a una protesta en el disciplinado lenguaje de la junta de jefes del Estado Mayor. Tras conocerse su renuncia, la JUJEM publicaba en redes sociales un cálido mensaje de agradecimiento al jefe saliente: “Estamos profundamente agradecidos al general George y su esposa, Patty, por sus muchos años de sacrificio y devoción hacia nuestros militares. Al poner fin a este distinguido capítulo de su servicio y de cara al futuro, les deseamos continuo éxito y felicidad”. Ningún secretario de Defensa en tiempos recientes ha politizado tanto el Pentágono, al que quiere imbuir de los valores de la derecha trumpista y de la variante de cristianismo evangélico nacionalista que él abrazó hace más de una década. Ha instaurado desayunos de oración a los que asiste sin falta; ha impuesto un código mordaza de conducta a los periodistas acreditados en el departamento que hizo que la inmensa mayoría renunciara a sus credenciales, y que ha sido anulado por los tribunales; ha perdonado a los pilotos de un helicóptero sancionados por utilizar la aeronave para uso particular en el hostigamiento a una manifestación anti-Trump y un saludo ante su casa al músico Kid Rock, ídolo del movimiento MAGA (Make America Great Again). Hegseth reserva su rechazo más furibundo para las políticas de igualdad y diversidad, que considera el origen de todos los males, reales o imaginarios, que padece la jerarquía castrense. Exige a las mujeres alcanzar los “máximos” estándares masculinos para desplegarse en puestos de combate. Una de sus primeras medidas fue prohibir a las personas trans enrolarse en las fuerzas armadas. La corrección política está prohibida y los esfuerzos por fomentar la diversidad son un pecado casi tan grande como la deserción.Según han publicado diversos medios, se ha inmiscuido en nombramientos y promociones. The New York Times denuncia que obstruye desde hace meses los ascensos de cuatro coroneles ―dos varones afroamericanos y dos mujeres― a general de brigada. La cadena de televisión NBC apunta a una posible práctica generalizada: ha encontrado una docena de casos, en todos los niveles de rango y en distintas ramas militares, de promociones canceladas a miembros de minorías.El cese disfrazado de dimisión de George es el más incomprensible a simple vista, dado el momento y la hoja de servicios. Pero no ha sido el único. Inmediatamente después de llegar al cargo, Hegseth cesó al jefe del Estado Mayor, el general C. Q. Brown, el primer afroamericano en llegar al puesto. Junto a él fueron purgados otros cargos, como la comandante del Servicio de Guardacostas, Lisa Fagan, y la jefa del Estado Mayor de la Marina, la general Lisa Franchetti. Ambas fueron reemplazadas por hombres. Cese de los jefes de los servicios jurídicosEn la misma maniobra cesó a los jefes de los servicios jurídicos de cada rama de las fuerzas armadas, conocidos como JAG y responsables de asesorar a los mandos sobre la legalidad de las acciones militares. Una tarea fundamental en el pasado y para evitar la repetición de delitos tan graves como las torturas a presos en la cárcel iraquí de Abu Ghraib. Un mero engorro leguleyo para Hegseth, que con la desaparición de esos puestos evita preguntas o dictámenes incómodos sobre actos como el torpedeo de un barco Iraní en aguas internacionales sin socorrer a los supervivientes, o la muerte de más de 175 personas, la mayoría niñas, en una escuela Iraní por las bombas estadounidenses. O que alguien le recuerde que la lucha “sin cuartel” que proclama es un crimen de guerra: significa ejecutar a los soldados enemigos aunque se hayan rendido.El goteo de altos mandos que han saltado de sus puestos antes de tiempo ha sido constante. Ya se marcharon el director del servicio de inteligencia militar, el teniente general Jeffrey Cruse, y el jefe del Comando Sur, Alvin Holsey. Esta semana, junto a George, han salido el jefe del Comando de Transformación del Ejército, el general de cuatro estrellas David Hodne, y el jefe del servicio de capellanes de Tierra, el general William Green.Cada mes, el Pentágono celebra desayunos de oración. Hegseth hace habitualmente en los discursos públicos y en cuentas en redes sociales abundantes referencias a sus creencias evangélicas ultraconservadoras, y quienes no comparten sus ideas son vistos como enemigos. Lleva tatuada en el pecho la cruz de Jerusalén y en el bíceps derecho el lema “Deus Veult”, el grito de los cruzados medievales en sus guerras de religión contra los musulmanes para imponer el cristianismo en Tierra Santa. Ha llevado a esos desayunos a pastores de su congregación, incluido uno que considera que las mujeres no deben tener derecho al voto. “Estados Unidos fue fundado como una nación cristiana”, ha dicho el jefe del Pentágono. “Sigue siendo una nación cristiana en nuestro ADN, si podemos mantenerlo”.Si el secretario de Defensa prefiere soldados cristianos, varones, y blancos, también los quiere con buen aspecto. Las fuerzas armadas de Hegseth prohíben las barbas y las melenas. También las barrigas. En un acto para el que convocó a todos los altos mandos a Quantico y les hizo venir de todos los rincones del mundo, se declaró “harto” de ver “soldados gordos”. “También es completamente inaceptable ver generales y almirantes rollizos en los pasillos del Pentágono”, afirmó.De momento, y a la espera de cómo se desarrollen las cosas en Irán, este hombre casado tres veces y sobre el que pesó una acusación de violación luego retirada cuenta con simpatías entre las filas militares. “Entre los mandos hay mayor alarma, pero más abajo en el escalafón es distinto. Sus ideas y su estilo son populares”, comentaba recientemente un mando retirado. Gestos como reunirse con los soldados para hacer flexiones agradan a las tropas.También cuenta, al menos de momento, con el respaldo de Trump, que le sentó a su lado en la última reunión de Gabinete, hace diez días. El presidente le ha señalado en público como “el primero” que le recomendó ir a la guerra contra Irán.Aunque ese cumplido puede acabar volviéndose contra él. Si la guerra contra Irán se complica, y acarrea consecuencias negativas para Trump, este puede volverse contra el secretario de Defensa. El hombre que presume de ser un guerrero puede acabar convertido en chivo expiatorio.
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