Aunque ya tiene edad de solicitar su bien merecida prejubilación, lo cierto es que la izquierda exquisita (radical chic, en inglés), que es así como la bautizó el periodista
Tom Wolfe en el ya lejano 1970, no solo se resiste a morir, sino que a lo largo de los años ha ido asentándose en otros muchos lugares, sobre todo en
Europa. Eso sí, con otros nombres y costumbres, pero que en el fondo es siempre más de lo mismo.Durante algún tiempo era conocida como la izquierda caviar o, más cerca de casa, la gauche divine, pero se llame como se llame, en esencia sigue fiel a la versión original. Es decir, felizmente aficionada a la impostura y el disfraz, a las palabras huecas y la hipocresía.
Tom Wolfe basa su despiadado, aunque ecuánime y a ratos hilarante reportaje sobre la fiesta del 48º cumpleaños del célebre director de orquesta
Leonard Bernstein, que no solo llenó los salones de su lujoso apartamento de
Manhattan —un dúplex de trece habitaciones en
Park Avenue— con la crema y la nata de la alta sociedad biempensante, sino que… ¡Fueron invitados al sarao varios miembros de los
Panteras Negras! O sea, lo nunca visto. La fiesta tuvo lugar el 25 de agosto de 1966, año de incesante agitación callejera en plena guerra de
Vietnam.Lo que pretendían el bueno de Leonard (Lenny) y su encantadora esposa,
Felicia, era permitir que los
Panteras Negras, ya lanzados en su lucha armada contra el sistema capitalista racista, opresivo y corrupto, pues que pudieran expresar libremente su ideología y sus reivindicaciones ante tan selecto público, ya que, de cualquier otra manera, difícilmente les llegaría su mensaje. Ah, y que los ricachones invitados convencidos aportasen generosos donativos a la causa, que en el fondo lo único que buscaba era acabar con ellos… y ellos con ellos. Pero eso no se dice, ¿verdad?Es más: como insistiría Lenny después, al ser duramente criticado por haber invitado a su casa a esos radicales violentos, no se trataba de ninguna “fiesta”, sino que era un “mitin”, que no es lo mismo, ¿verdad?Ahora bien, por aquellas fechas, sobre todo después del asesinato el año anterior de
Malcolm X, no era de recibo entre la élite neoyorquina izquierdista emplear criados negros ni tampoco hispanos, de modo que solo podían ser servidos por obsequiosos blanquitos. Mas en el fondo lo único importante no era el color de la piel, sino el tener a toda costa y a todas horas mal pagados criados sumisos, y eso que no siempre era tarea fácil encontrarlos, ni mucho menos retenerlos, por razones obvias.Los Panteras se presentaron ataviados con sus habituales pantalones ajustados, los igualmente ajustados jerséis de cuello alto, los abrigos de cuero, las gafas de sol cubanas y los exuberantes peinados afros. Wolfe saca abundante jugo socarrón del disfrute que producen en ellos los bocaditos de roquefort rebozados con nuez molida servidos por criados blancos.Y, por supuesto, pudieron los Panteras airear sus alegatos y hubo algún que otro rifirrafe dialéctico, sin que la sangre llegara al río, claro. En un momento acalorado del intercambio, el Pantera Don Cox soltó esta consideración: “Nosotros no amenazamos a nadie. En realidad, solo abogamos por la violencia en defensa propia, porque somos un pueblo colonial en un país capitalista, y lo único que podemos hacer es defendernos contra la opresión”. Solo para añadir, tras escuchar las dudas expresadas por Lenny y otros ilustres invitados: “Creemos que este país se está haciendo cada vez más fascista para hacer más eficaz la represión contra las personas que tienen la intención de defenderse…”.Wolfe describe la fiesta, perdón, mitin con un bisturí bien afilado, con el que pone el dedo en la llaga, pero sin condenar a nadie, dejando esto para sus lectores. Pues bien, han pasado sesenta años y la izquierda exquisita no da señales de desfallecer. Al contrario, ahora navega a bordo de una alegre flotilla de yates rumbo a Cuba o sale de su casoplón para protestar contra la ubicación de un molino de viento que afea el paisaje.Lo que en absoluto ha cambiado son los problemas de fondo que el bueno de Lenny quiso abordar con los
Panteras Negras aquel día de su cumpleaños en 1966. Ojalá estuviera ahora
Tom Wolfe para captar y medir las vibraciones de la izquierda exquisita en estos aciagos días de la Administración Trump. Porque la izquierda exquisita no piensa jubilarse ni a tiros y la necesidad de contar a todas horas con criados, sean negros, hispanos o blancos, es más acuciante que nunca.