Hay países sobre los que parece haber caído una maldición del destino y de la historia. Uno de ellos es Líbano. Esta nación, vecina de
Israel, se ve una vez más atacada, masacrada, desplazada e invadida, sin que parezca haber grandes lamentos en la comunidad internacional. Es una de las principales víctimas colaterales de la guerra de
Israel y EE.UU. contra Irán, pero, de nuevo, ha quedado en un segundo plano, como si su sufrimiento no pareciera importar a nadie.No es la primera vez ni la segunda. Las guerras entre
Israel y Líbano han sido recurrentes, marcadas por las invasiones judías (1978, 1982, 2006, 2024) destinadas principalmente a combatir a grupos armados palestinos y, luego, a la milicia proiraní de Hizbulah. Estas confrontaciones han provocado ocupaciones a largo plazo, alta mortalidad civil y tensiones fronterizas constantes.El 2 de marzo, y en solidaridad con Irán, Hizbulah disparó varios misiles contra
Israel, que, junto con EE.UU., había iniciado tres días antes los bombardeos contra el país persa. El Gobierno de Beniamin Netanyahu tuvo ahí la excusa perfecta para lanzar una nueva ofensiva y consolidar su dominio en el sur de Líbano. Desde entonces ha atacado infraestructuras civiles, ha destruido los puentes sobre el río Litani y ha consolidado su presencia en esa franja de suelo libanés, unos 30 kilómetros dentro del país vecino. Se ha apoderado de casi el 10% de territorio de Líbano, donde aplica la estrategia de tierra quemada, como ya hizo en algunas poblaciones de Gaza, arrasando los edificios para crear una zona tampón totalmente yerma. Hizlulah, debilitado pero con una especial habilidad para sobrevivir, ha lanzado más de un centenar de cohetes contra
Israel en plena Pascua judía, replicados ayer por el Tsahal con bombardeos sobre posiciones chiíes en
Beirut.
Israel ocupa y arrasa el sur de un país que vive un vacío de poder y una crisis económica devastadoresIsrael pretende dividir Líbano entre el sur del río, que entiende como una zona de amortiguación para proteger a las comunidades
Israelíes del norte, y el resto del país, que considera Estado libanés. Los ataques y los bombardeos
Israelíes han provocado ya más de 1.300 muertos y el desplazamiento forzoso de un millón de civiles, lo que está generando también una auténtica crisis humanitaria porque el sistema sanitario y las infraestructuras básicas del país, ya muy debilitados, no pueden responder a una emergencia de esta magnitud. Los ataques
Israelíes han colocado también en grave peligro al contingente de cascos azules de la ONU destacado en esa zona, tres de los cuales han resultado muertos y otros dos heridos, todos ellos indonesios.Líbano es un Estado fallido, ahogado por la corrupción, con una crisis económica devastadora y una parálisis política crónica. El país vive sumido en un vacío de poder desde hace años, fruto de un sistema político desfasado y basado en las distintas religiones del país. Esta nueva guerra llega cuando todavía arrastra las consecuencias del anterior conflicto bélico con
Israel y esperaba financiación internacional para reconstruir infraestructuras dañadas. A la guerra y la crisis humanitaria se suma ahora otro problema político: el aplazamiento de las elecciones legislativas. El Parlamento libanés ha aprobado extender su mandato durante dos años, decisión que permite posponer los comicios previstos para mayo. La medida fue justificada por la imposibilidad de organizar elecciones en medio de la guerra.Hizbulah, incluso más débil, es un actor político y militar más poderoso que el propio Estado libanésEn el sistema político libanés, el Parlamento desempeña un papel clave porque es el encargado de elegir al presidente y abrir el proceso para la formación de gobierno. La prórroga del mandato mantiene el equilibrio político actual, pero retrasa cualquier posibilidad de renovación institucional. El primer ministro, Nauaf Salam, que llegó al poder hace poco más de un año, tras superar un largo bloqueo político, enfrenta ahora el desafío de gestionar simultáneamente la guerra, la crisis humanitaria y la estabilidad interna. El actual presidente, Joseph Aun, ha criticado duramente a Hizbulah por atacar a
Israel, al considerar que arrastra al país a un conflicto que podría tener consecuencias devastadoras. Porque los ataques de la milicia chií colocan al Estado libanés en una posición muy compleja: si el ejército interviene contra
Israel, Líbano se convierte en parte directa de la guerra; si no lo hace, el Gobierno queda expuesto a acusaciones de debilidad y existe el riesgo de una nueva guerra civil.Esta nueva crisis es consecuencia también de una realidad incuestionable: Hizbulah sigue siendo hoy un actor armado –y político– que opera con autonomía respecto al Estado, que es más poderoso que el propio ejército regular libanés y al que el Gobierno ha sido incapaz de desarmar. Líbano, una vez más, vuelve a pagar los platos rotos de una guerra ajena.