Las conversaciones se detienen y cada uno de los que está en el jardín mira hacia el cielo. El sonido del caza se va distanciando del centro de la ciudad y segundos después llega el eco de la explosión. “Creo que fue en el este”, dice
Shagayeh que inmediatamente coge el teléfono para llamar a su madre que vive en ese sector y que lo desmiente. “Mi padre, en el este de la ciudad dice que allí tampoco”, repica
Zahra. “Tiene que haber sido en el sur”, concluye
Maryam que, como el resto, olvida rápidamente lo que ha pasado y sigue disfrutando de la tarde soleada del
Sizdah Bedar, el día de la naturaleza.Históricamente esta fecha marca el fin de las vacaciones de
Nowruz y la mayoría de
Iraníes aprovechan para reunirse al aire libre. Este año, a pesar de la guerra, no ha sido la excepción, aunque el sentimiento que ronda en el ambiente es diferente; al menos en este jardín. No solo no hay la misma euforia de años anteriores; hay tensión. Y no por la posibilidad de un posible ataque.Lee también“Prefiero no interactuar mucho para no caer en discusiones”, dice Shagaheh que se ha sentado en una mesa alejada del grupo. Cuenta que dos días atrás estaba en una cena y una amiga lejana empezó a justificar la guerra: “los muertos y la destrucción es el precio que tenemos que pagar por nuestra libertad. Solos no podemos lograr un cambio”, decía. Muchos de quienes la escuchaban asentían y si bien reconocían que las cosas no estaban saliendo como esperaban, coincidían en que la guerra tenía que seguir adelante si querían un cambio en el país.
Shagayeh, cuenta, se alejó discretamente del grupo. “Muchos de ellos son igual de fanáticos que los que apoyan el sistema”, dice. Un día más tarde la llamó la amiga y al comentar la cena, le dijo “¿Puedes creer que había gente que estaba en contra de la guerra?”
Shagayeh le respondió que ella era uno de ellos. Sorprendida, se despidió rápidamente“Yo me opongo a esta guerra no porque apoye a la
República Islámica, lo hago porque más allá de quien nos gobierne, nuestra responsabilidad es defender la soberanía de Irán”, explica. Su historia no es muy diferente a la de muchos
Iraníes que han visto su vida personal truncada por la
República Islámica. “Tengo mil motivos para odiarlos -a los gobernantes-, pero lo que defiendo es mi país”, dice.Mucha gente que celebró la guerra en los primeros días, ahora duda de que lleve la democracia al paísMarzieh, tres décadas más jóven que Shagaheh, también se ha distanciado de muchos amigos. Desde que comenzó la guerra, dice, ha conocido parejas que se han divorciado, familias que han preferido no celebrar el año nuevo con los suyos. “Tengo la esperanza de que cuando acabe, todos podamos volver a encontrar puntos de encuentro”, cuenta
Marzieh, que regresó hace dos meses de estudiar en el extranjero.“Siento que muchos de mis amigos tienen tantas ganas de cambio que no reflexionan; piensan que la guerra derrumbará al régimen y que todo irá bien en el futuro”, dice
Marzieh. “Yo les pregunto: ¿de verdad creen que la guerra es el camino a la democracia? Algunos dicen que sí, pero otros se empiezan a dar cuenta de que estaban equivocados”. Algunos de los que celebraron los ataques hoy se arrepienten.Lee tambiénReconoce que si dentro de Irán la guerra ha creado rupturas entre familias y amigos, las diferencias son aún mayores con la diáspora. “Muchos creen que Trump es el salvador. Pero si todo sale mal, como posiblemente saldrá, ellos seguirán viviendo afuera sin sufrir las consecuencias”, sentencia
Marzieh, que confiesa que en estas últimas semanas se siente confundida respecto a todo lo que pasa en Irán.Relaciona la represión que se vivió hace unos meses en las calles de todo el país con las milicias y seguidores del sistema, los mismos que cada noche se reúnen en las plazas y calles de Teherán para ondear banderas de Irán y cantar eslóganes del régimen. “Ellos también apoyan la guerra; quieren que Irán pelee hasta el final sin importar cuántos mueren; les han enseñado que lo mejor que les puede pasar es el martirio”.Las diferencias entre la oposición local y la diáspora se han engrandecido en la últimas semanasEntre el grupo de los que salen a la calle con banderas de Irán está Samira, física de 42 años. La encontramos el pasado miércoles en la avenida Enqelab durante el funeral multitudinario del comandante de la fuerza naval de la Guardia Revolucionaria. Era evidente que por su manera de vestir y su lenguaje corporal no pertenece a ese grupo. “He participado en protestas en contra del sistema, y aún lo hago, pero ahora no es momento de protestar. Ahora tenemos que defender el país”, dice esta mujer que reconoce que ha tenido muchos problemas con su familia en estas últimas semanas.“Me dicen que apenas se acabe la guerra esta misma gente vendrá a por mi y me obligarán a usar el velo de nuevo”, cuenta. Pero justifica su asistencia por dos motivos: “quiero conservar nuestra tierra y también decirles a estas personas -los que siguen el sistema- que este país no les pertenece, que yo también siento dolor por nuestros mártires”, concluye.Al contarle a
Shagayeh la historia de Samira, responde: “es muy raro que alguien que se opone al régimen esté en un funeral de un general. Debe ser uno de ellos, pero aparenta ser otra cosa para hacer creer que otros sectores los apoyan”. La guerra ha hecho que quienes tenían una visión compartida, eviten ahora sentarse en la misma mesa.