Hemos pasado la Semana Santa con los nietos y, por supuesto, no hemos tenido ni un instante de pausa, ni un minuto de aburrimiento. Si no leíamos cuentos, tutelábamos los deberes de escuela (por suerte, todavía hay maestros que los imponen) o rehuíamos las tentaciones: “Abuelo, ¿comprarás cromos de Adrenalyn? ¿Pondrás los vídeos de los mejores goles de Lamine? ¿Podremos mirar los Minions?”. La relación con los pequeños es un incansable tira y afloja. Complacer todos los deseos infantiles es una forma de corrupción. Hay que balancear entre el cariño y la constricción, entre el deseo y la negación, entre la libertad y la brida.He gastado los zapatos chutando córneres para que
Pau rematara y
Lluc intentara despejar el balón. Pasan por el parque otros niños y les invitan a jugar. El abuelo se aparta unos metros y observa. Un primer apunte: a pesar de ser desconocidos, los niños se organizan enseguida en equipos bastante equilibrados. Segundo: ganan quienes han aprendido a pasarse el balón. Fracasan quienes, incluso con gran toque, son individualistas (“chupones”, en la jerga infantil). Han coincidido con niños magrebíes, franceses e italianos, de vacaciones en
Girona, y es una delicia observar que se entienden a la perfección hablando lenguas distintas. Mis nietos, que son de natural alegre y expansivo, a menudo se pelean por cualquier tontería; sin embargo, en presencia de niños desconocidos, son más sobrios y pausados, más concesivos. La presencia del diferente aviva la cautela y la contención.Vosotros, los niños, sois como las flores y hojas de un mundo devastadoTambién hemos visitado la montaña. Atravesando los bosques de Molló, quedamos aterrados. Tres episodios seguidos de vendaval, que nadie del país recordaba, han destrozado las arboledas. Han caído imponentes robles, esbeltos abedules, fresnos de varios tamaños, enormes hayas, ínfimos avellanos, pinos que luchaban contra la insidiosa procesionaria, cerezos silvestres, abetos gigantes, alisos antiquísimos. El bosque es gris y ruinoso. En la montaña, la primavera no ha estallado, siempre se retrasa, lo que refuerza la impresión de tristeza y desolación. “¿Por qué han caído tantos árboles, por qué?”, me preguntan los niños; y, como cuando me preguntan por los ataques a
Ucrania, Gaza e
Irán, no sé muy bien qué contestar. No hay una sola causa, les digo. Mejor escuchemos a la gente del país, como
Jordi de Can Parruc, que mientras nos vende sus excelsos embutidos reflexiona, perspicaz, sobre el clima.Explica Jordi que son tres las causas encadenadas de la destrucción de los bosques. Primero fueron unos años de sequía extrema: las raíces de los árboles se extendieron superficialmente en busca de la humedad del rocío. Después llegaron las lluvias, persistentes y muy abundantes: la montaña está tan empapada que el agua se desparrama por cualquier parte, cual balón profusamente reventado. Después han venido los vendavales, que, con la tierra empapada y las raíces tan superficiales, han encontrado las condiciones ideales para la devastación. Pere Duran / NORD MEDIADe forma similar, explico a mis nietos, las condiciones ideales para los proyectos destructivos de Putin, Trump o Netanyahu son consecuencia de diversas causas: las divisiones internas, por ejemplo; o la falta de comprensión de las razones del otro; o creer que nada hay más importante en el mundo que nuestra pequeña vida; o la mezquindad de una política que tiende a complicar los problemas que no sabe o no puede resolver.A mis nietos les gusta la geografía, y les he mostrado en un mapa los estrechos de Ormuz y de Bab el Mandeb, que, de quedar bloqueados, podrían hundir la economía mundial, aunque procuro insistirles en el mal esencial de las guerras: aquellos que las provocan juegan con la gente como si en vez de personas fueran muñequitos de Playmobil.Paseando por el bosque,
Lluc ha tocado sin darse cuenta unas orugas que están infectando los pinos. Le ha salido una buena urticaria. Después hemos observado que muchos de los árboles caídos por los vendavales empiezan a florecer. A pesar de su derrota, fructifican. Han sido severamente castigados, pero no han muerto. El florecimiento de estos árboles caídos es el símbolo de la esperanza. “Vosotros, los niños, sois como las flores y hojas de un mundo devastado”, les digo. Pese a la tristeza, la ruina y los estragos, la vida persevera