Las primeras semanas del 2026 han sido testigo de las sacudidas provocadas por Estados Unidos en el orden mundial. En
Venezuela, Groenlandia e Irán, se ha usado un lenguaje agresivo y se ha amenazado con la intervención militar, o incluso recurrido a ella, para cambiar el orden mundial posterior a 1945. Una reacción habitual ha sido considerar que la nueva visión estadounidense del orden mundial, expuesta en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre del 2025, supone un regalo para
China y Rusia, que aprovecharán la nueva visión estadounidense según la cual la soberanía es un privilegio reservado principalmente a quienes poseen fuerza militar para llevar a cabo sus propios proyectos irredentistas en Taiwán y Ucrania.Sin embargo, en el caso de
China, esta interpretación pasa por alto una historia mucho más amplia y emergente. Existen reivindicaciones territoriales y marítimas en las que
China sí que quiere cambiar el orden existente, especialmente en Taiwán y en el mar de la
China Meridional. Sin embargo, también hay muchos otros casos en los que
China opta por aceptar el orden mundial existente, y trata de mantenerlo y redefinirlo de acuerdo con los valores chinos. Además,
China está pensando a largo plazo en términos de poder en la década de 2030. Cierto, el poder militar es importante, y
China ya cuenta con el segundo ejército más grande del mundo. No obstante, es en tecnología (incluidos el 5G, la IA y la energía verde) donde
China está apostando por su influencia global en la década del 2030 y más allá.La cuestión de TaiwánDebemos empezar por Taiwán, ya que la isla tiene el potencial de convertirse en un importante punto de fricción entre Estados Unidos y
China. Por supuesto, el destino de la isla es también crucial para los 26 millones de personas que la habitan; se trata de una de las democracias más dinámicas de Asia, pero no está reconocida oficialmente por las Naciones Unidas ni por la mayoría de las grandes potencias mundiales.Durante el último medio siglo, pese a trasladar de Taipéi a Beijing el reconocimiento de
China, Estados Unidos se ha mantenido firme en el compromiso de contribuir a la defensa de Taiwán. Durante el primer Gobierno de Trump, destacadas figuras como el secretario de Estado
Mike Pompeo dejaron claro que consideraban la defensa de Taiwán como una prioridad política máxima.
Joe Biden declaró en varias ocasiones durante su presidencia que Estados Unidos defendería Taiwán: fue tan enfático en esta afirmación que su equipo tuvo que retractarse varias veces para restablecer la “ambigüedad estratégica” que se suponía que definía la política estadounidense. Sin embargo, bajo el nuevo Gobierno de Trump, la posición sobre Taiwán parece más fluida. Por supuesto, Estados Unidos sigue prestando una gran ayuda militar a Taiwán en el marco de lo que se conoce como la estrategia “puercoespín” de autodefensa, según la cual la isla debe hacerse difícil de invadir. Ahora bien,
China parece ahora menos dispuesta a tolerar el statu quo de Taiwán, y muchos taiwaneses no están seguros de que Estados Unidos ofrezca protección a largo plazo si la situación cambia repentinamente.Imagen de la retransmisión en Beijing del discurso de Xi Jinping durante el centenario del Partido Comunista Chino NOEL CELIS / AFPLos orígenes de la cuestión de Taiwán se encuentran en la historia. En 1895, tras la guerra entre
China y Japón, la isla se convirtió en colonia japonesa. En 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno nacionalista de Chiang Kai Chek tomó posesión de Taiwán. Pero, de modo paradójico, tras recuperar la isla, Chiang perdió el continente cuatro años más tarde, en 1949, cuando fue derrotado por los comunistas de Mao Zedong en la guerra civil. Durante la guerra fría, el régimen de Chiang mantuvo que era la verdadera República de
China, pero en 1971 el gobierno de Taipéi perdió el puesto de
China en las Naciones Unidas. A partir de 1979, todas las relaciones oficiales entre
China y Estados Unidos se han establecido entre Beijing y Washington.Con todo, Taiwán no quedó a merced del continente. También en 1979 Estados Unidos aprobó la ley de Reconocimiento de Taiwán, que obligaba a Estados Unidos a ofrecer apoyo a Taiwán para su autodefensa en caso de ataque. Durante el siguiente cuarto de siglo,
China se mostró descontenta con el continuo apoyo prestado por Estados Unidos, pero no convirtió en tema importante el estatus de la isla. Sin embargo, la llegada de Xi Jinping al poder en el 2012 estimuló en Beijing un nuevo sentido de urgencia con respecto a la cuestión taiwanesa.Desde 2016, la presidencia de Taiwán está en manos del Partido Progresista Democrático (PPD), un partido comprometido con la independencia de Taiwán, un resultado considerado por Beijing como una “línea roja” que llevaría a un ataque militar contra la isla. En la práctica, la presidenta de Taiwán entre el 2016 y el 2024, Tsai Ingwen, se mostró sutil en su afirmación de una creciente autonomía de Taiwán sin una declaración formal por la independencia. Su sucesor, Lai Chingte, también ha evitado la línea roja de
China, pero ha sido más audaz al señalar que Taiwán tiene derecho a buscar su propio destino separado de
China.La postura de Xi JinpingXi parece tener una confianza cada vez mayor en sus objetivos políticos y ha declarado que el problema de Taiwán no puede dejarse en manos de las “generaciones futuras”, aunque no ha fijado ningún plazo ni ningún plan sobre cómo pretende cambiar la situación. De todos modos, las amenazas militares contra Taiwán se han vuelto más frecuentes, con interminables incursiones de aviones de combate por el estrecho de Taiwán, lo que deja claro lo fácil que sería para
China atacar la isla desde el aire si así lo decidiera. Esas demostraciones de fuerza militar han llevado a la sensación generalizada de la proximidad de un enfrentamiento.Hay muchos analistas en Washington DC que están cada vez más preocupados por el destino de Taiwán. Los asesores estadounidenses han presionado a la isla para que aumente el período de servicio militar de sus jóvenes (que ahora ha pasado de cuatro meses a un año). Y Japón ha dejado cada vez más claro que considera que el mantenimiento del statu quo en Taiwán también redunda en su propio interés nacional.Los centros de estudios de Washington y Taiwán han realizado simulacros de guerra con el objetivo de trazar un plan de actuación en caso de una invasión
China a gran escala. Lo cierto es que cualquier invasión de ese tipo sería difícil de llevar a cabo. Incluso con la rápida mejora de la capacidad militar del Ejército Popular de Liberación (EPL), un asalto anfibio con transporte de miles de soldados es mucho más difícil que enviar aviones de combate. Dicho esto, muchos de los juegos de guerra terminan con una victoria
China y un enorme coste humano y económico para Estados Unidos, Asia en su conjunto y la economía mundial. Otro escenario es el bloqueo del estrecho, en vez de la invasión, pero es probable que Estados Unidos considere también ese acto como una confrontación, con reacciones similares.En este momento hay otro factor clave: los semiconductores. TSMC es la empresa de semiconductores más famosa del planeta y la única fuente de los chips de máximas prestaciones necesarios en todo el mundo. Un conflicto afectaría seriamente a las cadenas de suministro mundiales de casi todos los equipos electrónicos y técnicos, desde los automóviles hasta los sistemas informáticos.Las oficinas de TSMC en Taiwán
Taiwan SEMICONDUCTOR MANUFACTURING / Europa Press¿Cuál es el escenario más probable? Es posible, como señala el Pentágono, que Xi quiera que el EPL esté listo para lanzar un ataque contra Taiwán en el 2027. Sin embargo, eso no significa que el ataque vaya a producirse ese año. Hay muchos argumentos racionales en contra de esa posibilidad: un ataque provocaría, como mínimo, sanciones que hundirían la tambaleante economía
China, y también causaría un daño inconmensurable a la afirmación de
China de ser una fuerza pacífica para la estabilidad en Asia.A corto plazo, es más probable que se produzcan intentos de influir en la política interna de Taiwán. Los principales partidos ya están muy polarizados, con desacuerdos sobre la economía y las relaciones con Estados Unidos y
China. Ese ecosistema ha creado un terreno fértil para que la desinformación patrocinada por
China en las redes sociales moldee la política taiwanesa. Las elecciones presidenciales del 2028 serán un campo de pruebas para ver si la isla puede combinar la estabilidad interna con una respuesta coordinada a una
China cada vez más confrontativa.Después de
Venezuela y GroenlandiaAl mismo tiempo, el comienzo del 2026 ha estado marcado por turbulencias internacionales lejos de Asia: en
Venezuela y Groenlandia. La captura estadounidense de Nicolás Maduro se produce en el contexto de un importante cambio en el orden económico regional de Sudamérica:
China es hoy en día el principal socio comercial de la mayoría de los estados sudamericanos, lo que supone un cambio importante con respecto al siglo XX, cuando Estados Unidos dominaba el comercio bilateral con la región.Eso significa que la influencia de Beijing en la región, como en África y el Sudeste Asiático, no depende en realidad de que un dirigente concreto se mantenga en el poder.
China lleva mucho tiempo pensando que, en el siglo XXI, la tecnología, o más bien la infraestructura tecnológica, es la fuente que proporciona el poder clave.
Venezuela, bajo el mandato de Maduro, se comprometió en gran medida con los sistemas chinos Huawei para gestionar la tecnología 5G. En los últimos años, las empresas chinas se han introducido en la computación en la nube y han logrado una penetración considerable en gran parte de Sudamérica. Por supuesto, hay otros proveedores en funcionamiento, pero será difícil —y costoso— eliminar la infraestructura
China una vez instalada.La región también depende cada vez más de la infraestructura
China para los vehículos eléctricos y la energía verde: alrededor de un 65% de la energía de la región proviene de fuentes renovables, y
China es un importante proveedor de infraestructura eólica y solar. El dominio tecnológico a largo plazo le da mucha más influencia en Sudamérica, independientemente de quién ocupe la presidencia. La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) también ha incorporado las normas chinas en materia de energía, ciencia e infraestructura en todo el mundo.Ahora bien, otros aspectos de la influencia global de
China pueden tardar mucho más en materializarse. En Davos, Trump se retractó de su idea de tomar Groenlandia por la fuerza. Su argumentación para tomar la isla se basaba en gran medida en la idea de que Rusia o
China podrían hacerse con ella. Sin embargo, esa razón parte de la idea de que los planes chinos para el Ártico están más avanzados de lo que realmente están. En el 2018,
China se declaró “Estado casi ártico”. El interés de
China por el norte extremo no se debe tanto a la geografía como a un sentido histórico desarrollado a lo largo del último siglo y según el cual el país está rodeado de enemigos y una alianza de esos adversarios podría cortar importantes rutas marítimas hacia
China con el bloqueo del estrecho de Malaca. Beijing lleva años preocupado por la interrupción de una ruta clave. Las aguas cada vez más cálidas del Ártico ofrecen una vía posible.La lucha por dominar el Ártico es ya una realidad entre las principales potencias mundiales Archivo Esta política es la vigente para la década del 2030 y más allá, pero la idea comenzó hace años. A partir del 2018,
China introdujo el término “ruta de la seda polar” para describir su iniciativa ártica.
China se muestra parca en público acerca de sus intenciones en el Ártico, en parte porque podría ser un ámbito de posible fricción con Rusia, que considera el Ártico como algo fundamental para su identidad, y no apreciará una mayor presencia
China en la zona. El Ártico es una de las zonas en las que la mayor cooperación entre Rusia y
China, que sin duda es real en un sentido amplio, sigue siendo frágil.
China tiene poco interés en el dominio territorial sobre Groenlandia, si bien los derechos mineros son otra cuestión. En realidad, le interesa mucho un nuevo enfoque de la política mundial que le permita impulsar su causa en torno a las islas y rutas marítimas en disputa en Asia. Al mismo tiempo, a medida que Estados Unidos se retira de una serie de organismos de las Naciones Unidas, la influencia
China sigue creciendo en instituciones como la Unesco y la Organización Mundial de la Salud. Es muy posible que las organizaciones internacionales se orienten mucho más hacia
China en el paso de la década del 2020 a la del 2030, tanto por el vacío creado por Estados Unidos como por las acciones chinas.Rumbo a la cumbreEl próximo lugar en el que es probable que se confronten las visiones estadounidense y
China acerca del orden, seguramente en abril del 2026, es Beijing, donde Trump y Xi tienen previsto reunirse en una importante cumbre bilateral. La reunión se producirá en un momento en el que ambos países se encuentran en una tregua comercial incómoda.
China ha dejado claro que es capaz y está dispuesta a utilizar restricciones a la exportación de tierras raras y minerales críticos para presionar con fuerza a Estados Unidos y otras potencias occidentales en las partes más sensibles de sus cadenas de suministro. Estados Unidos también ha indicado que está dispuesto a asumir el impacto en los bolsillos de los consumidores que supone las restricciones a
China, aumentando los aranceles hasta niveles insoportables, aunque la presión política interna sobre la economía puede cambiar ese cálculo para Trump y su Gabinete.
China quiere acceder a la alta tecnología estadounidense: los responsables de seguridad de Estados Unidos se muestran escépticos sobre la conveniencia de permitir la exportación de chips de alto nivel, mientras que los magnates tecnológicos que ocupan un lugar central en el nuevo Gobierno están deseosos de expandir su mercado en
China. Ahora bien, más allá de las políticas específicas, ambos dirigentes se sopesarán mutuamente en Beijing, conscientes de que el mundo está entrando en un orden en el que las decisiones muy personales de dirigentes individuales pueden mover mercados o cambiar geografías.La relación entre Xi y Putin es estrecha Anadolu / GettyEse orden se verá afectado por la forma en que cada uno se relacione con su ecosistema político interno. Trump improvisa, es espontáneo e impredecible, lo que ha causado una gran turbulencia en un sistema estadounidense que, hasta ahora, se basaba en controles y equilibrios que suponían que un único hombre no podía marcar toda la pauta política. Xi, por el contrario, es muy calculador, lo que no es de extrañar en un sistema muy burocrático, pero también opaco y autoritario. De todos modos, Xi también ha sido capaz de doblegar gran parte del sistema a su voluntad. Todo esto ocurre entre bastidores, sin que se debatan públicamente los cambios repentinos, como la destitución masiva de generales del EPL en el 2025.Cada dirigente se define también en parte por su relación con Vladímir Putin. El líder ruso es claramente capaz de adaptarse a las fijaciones y preferencias de Trump; por ejemplo, le ha asegurado que no habría invadido Ucrania en el 2022 si hubiera seguido siendo presidente. Por el contrario, la relación entre Xi y Putin parece de modo genuino muy estrecha. Los dos dirigentes hablan por teléfono con frecuencia y se han reunido en diversos encuentros internacionales.ConclusiónChina, en particular, se mostrará cautelosa hasta que averigüe hasta qué punto es real y fundamental el actual cambio en el orden mundial. Es consciente del giro de Estados Unidos contra los aliados tradicionales en Europa, pero también del apoyo a figuras como Javier Milei en Argentina y Sanae Takaichi en Japón, ninguno de cuales es una figura amiga.
China ya es el proveedor preferido de telecomunicaciones, cibernética, inteligencia artificial y tecnología verde en países del Sur Global como Indonesia y Nigeria, cuyas poblaciones serán dominantes a nivel mundial en el 2050, y considera que ese dominio económico y tecnológico es una herramienta más útil a medio plazo que el simple armamento.La seguridad global y la economía global están más estrechamente vinculadas que en décadas. Los aranceles, la tecnología y Taiwán pueden marcar las condiciones de la relación entre Estados Unidos y
China durante mucho tiempo. Un ámbito que no parece tan importante es la vieja lucha por los valores (la democracia y los derechos humanos) que durante tanto tiempo animó la competencia entre Occidente y la Unión Soviética y, más tarde,
China. En una época de poder bruto, los valores son una consideración secundaria en el intento de las principales potencias mundiales de definir el nuevo orden.Rana Mitter es titular de la cátedra S.T. Lee de Relaciones Estados Unidos-Asia en la Escuela Harvard Kennedy. Su libro más reciente es ‘
China’s good war: How World War II is creating a new nationalism’ (Harvard, 2020)Cómo leer Vanguardia DossierVERSIÓN IMPRESA• Compra de ejemplar. La edición impresa de VANGUARDIA DOSSIER se puede adquirir en quioscos y librerías habituales al precio de 12 euros.• Suscripción. Solicita tu suscripción llamando al 933481482 y recibirás VANGUARDIA DOSSIER cómodamente en tu domicilio.VERSIÓN DIGITAL• Compra de ejemplar. La edición digital de VANGUARDIA DOSSIER está disponible de forma gratuita en la app “Vanguardia Dossier” para iOS (App Store) y Android (Google Play Store). Cada ejemplar tiene un coste de 8 euros.• Suscripción. Suscríbete a La Vanguardia Premium y accede sin límites a todos los contenidos de La Vanguardia y VANGUARDIA DOSSIER en su versión digital.